El Norte de Castilla
Miembros de la corporación municipal llevan en andas al Niño de la Bola, en Cuéllar.
Miembros de la corporación municipal llevan en andas al Niño de la Bola, en Cuéllar. / Mónica Rico

El Niño de la Bola despierta la devoción de los cuellaranos

  • Como manda la tradición, la procesión estuvo acompañada por decenas de danzantes y los sones de la dulzaina y el tamboril

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Como cada primero de enero, la villa de Cuéllar abrió el nuevo año a ritmo de procesión. Decenas de vecinos se reunieron para participar en las celebraciones en honor al Niño de la Bola, una cita ancestral con la que se comienza el año en un rito procesional que, a pesar de recorrer apenas unos cientos de metros, se prolonga durante horas, acompañado del repicar de las campanas y el estallido de los cohetes.

Dentro de la cofradía del Niño de la Bola, uno de los hermanos es el encargado cada año ocupar el puesto de mayordomo. En esta ocasión, desde el grupo se decidió que este cargo fuera ocupado por la corporación municipal, situándose como mayordomo honorario, ofrecimiento que se realizó desde la cofradía y que fue aceptado por el alcalde, Jesús García quien, junto a varios concejales, participó en los actos.

Juan Carlos Llorente, miembro de la cofradía, el ofrecimiento del cargo vino motivado para agradecer todo el trabajo realizado por las diversas corporaciones para que la exposición Las Edades del Hombre llegaran a Cuéllar, lo que será una realidad en este 2017, amén de agradecer el apoyo del Ayuntamiento para conservar esta tradición centenaria.

Otra de las novedades de este año fue la utilización de las andas del Niño de la Bola tras su restauración, acometida el pasado verano, trabajos que fueron realizados por la propia cofradía con donativos de los miembros. Además, la agrupación tiene en mente continuar con los trabajos de recuperación de su patrimonio mediante la restauración de dos de sus estandartes.

Frente a la imagen

Tras la misa de la mañana, los actos en honor al Niño de la Bola se trasladaron a la tarde, cuando el repique de las campanas de la iglesia de San Esteban anunciaba el inicio de la procesión, que, como es habitual, parte de San Miguel acompañado del sonido de las dulzainas y tamboriles. Durante todo el recorrido resuenan con danzas procesionales típicas y se ven acompañados por los bailes de decenas de fieles que bailan como manda la tradición, mirando de frente la imagen.

Algunos de ellos también acompañaron la procesión con los sonidos de las tradicionales castañuelas cuellaranas, conocidas popularmente como tejoletas, otro de los ritmos que no falta en esta ancestral tradición. Casi una hora después de su inicio, el séquito llegó a las puertas de San Esteban, lugar donde habitualmente se guardaba la imagen del Niño. Allí, en el interior del templo, los asistentes unieron sus voces en el cántico del popular villancico 'Dime Niño', para seguir con la oración a la imagen y despedirse con la talla ya dirigiéndose hacia la salida del templo para proseguir la procesión al son de ‘Noche de paz’.

La talla regresó a la calle para continuar el cortejo que la conduce de nuevo a la iglesia de San Miguel. En este tramo tampoco faltaron las campanas, los cohetes y las danzas de los fieles, que, ya en mayor número, arroparon a la imagen hasta el templo en el que presidirá los actos que se realicen hasta el día 6, cuando nuevamente la cofradía repetirá la misa y la procesión con el Niño de la Bola portado en andas.

Larga y arraigada tradición

La imagen es una talla de madera de cuerpo entero y sexuada de un Niño Jesús. Se trata de una composición de estilo barroco, fechada a mediados del siglo XVII, con policromía en brazos y cabeza, que se cubre con una peluca de cabello natural, largo, rubio y con rizos, en la que porta una corona de rayos. La talla recibe su nombre por llevar en su mano izquierda un globo terráqueo rematado con una cruz, mientras que en la derecha porta una rama, a la vez que parece encontrarse en acto de bendición.

La cofradía del Niño de la Bola está formada por unos cien hermanos, que tratan de mantener viva la tradición dando testimonio de fe en las navidades cuellaranas, esfuerzo que ha logrado sus frutos, ya que los actos de cada 1 y 6 de enero logran atraer a decenas de vecinos, curiosos y visitantes.

A la cofradía puede pertenecer la persona que lo desee, así como ostentar el cargo de mayordomo. La historia de la misma parece ser que comenzó en el siglo XVII. El libro de actas que se conserva en el archivo parroquial inicia la andadura en el año 1679 y cierra en 1891.

Juan Carlos Llorente, que además de cofrade es historiador, detalla que se desconoce lo ocurrido desde entonces hasta 1912, año en el que se inicia otro libro que se prolonga hasta 1949. El último de ellos empezó en 1950 y dura hasta la actualidad. Es de destacar que no se conoce el libro fundacional, aquel en el que se señalarían los objetivos que pretende la cofradía, por lo que para Llorente es muy posible que la historia de la cofradía date de antes de la fecha conocida de 1679, aunque en año desconocido.