El Norte de Castilla

El cielo estrellado de Akilia y Villena

Un momento de la cena-cata de restaurante Villena.
Un momento de la cena-cata de restaurante Villena. / Diego Gómez
  • Sorprendentes vinos de la joven bodega del Bierzo que armonizaron con las propuestas del restaurante segoviano

Cuando uno va a comer al restaurante Villena, una estrella Michelín y un espacio apoteósico para degustar las alucinantes propuestas de su chef, Rubén Arnanz, sabe que se encuentra ante uno de los templos gastronómicos de Castilla y León, pero lo que no se espera nadie es que desde ese púlpito culinario un atrevido viticultor, joven hasta la saciedad, acompañado por la inteligencia social de la madre, conquiste a todas las narices allí presentes con unos vinos complejos y delicados por un lado; explosivos y minerales por otro; o lo que es lo mismo: elaboraciones divertidas y con un desparpajo tal que, incluso en el grado alcohólico, (ninguno pasaba de 12,5 grados), no dejaron a nadie indiferente; a mi, al menos, me cautivaron y me trasladaron a un estadio organoléptico donde las águilas sobrevuelan un ‘terroir’ reservado para hacer grandes cosas: Los vinos Akilia (águila, en latín).

Cepas, todas en vaso, de 70 años de edad; uva mencía porque lo dice Mario Rovira, pero en realidad nada tienen que ver con el clasicismo del Bierzo, o por si fuera poco, depósitos de hormigón, con temperatura controlada, eso sí, que recuperan las antiguas usanzas de los viejos viticultores, aportando a los vinos una crianza diferente (solo uno pasa por madera), equilibrada, larga y sedosa, muy larga en boca que constantemente te recuerda que te encuentras ante uno de los grandes.

Todo estaba preparado, a la sazón, para asistir a un gran espectáculo de aromas y sabores; de texturas y visionados que no defraudaron a ningún comensal. Desde la cierva marinada, acompañada por el tinto sin madera Chano Villar (yo sigo pensando que había pasado por barrica, pero Mario asegura que no), atravesando por un espectacular royal de hongos con yema de huevo, armonizado por un no menos rimbombante palomino y doña blanca, al carré de cordero con enebro , regado con el Lombano, este sí con crianza en barrica francesa, fue todo ensamblándose con la exactitud de un reloj suizo, menos con el papillote que iba acompañado de anguila, tupinambo (parecido al moniato) y unas potentes mollejas que se zamparon al vino. Además, yo habría comenzado con el palomino y el royal de hongos para que la armonía hubiese alcanzado el clímax que se merecen tanto la cocina como los vinos de la bodega Akilia.

Quédense con este nombre, porque estoy convencido de que estos vinos darán mucho de qué hablar, y no será muy tarde.