El Norte de Castilla

Segovia también sabe hacer Ribera del Duero

Iñaki Sanz y José Félix Sanz, en la barra del Restaurante Casares. Ramiro Doldán
Iñaki Sanz y José Félix Sanz, en la barra del Restaurante Casares. Ramiro Doldán
  • otoño enológico 2016

  • La bodega Severino Sanz, un ‘Quijote’ segoviano en la mejor DO del mundo, presentó tres grandes vinos en Casares

Desde Quintanilla (Valladolid), pasando por Aranda (Burgos) y llegando a San Esteban de Gormaz (Soria), la bodega que no sea capaz de hacer un vino tinto aceptable es que, entonces, tiene un grave problema de elaboración, ya que en este trayecto bañado por las aguas el río Duero se dan las condiciones perfectas para el cultivo de la viña y la crianza del vino, de ahí que Ribera del Duero fuera designada en 2012 mejor Denominación de Origen del Mundo. A nadie nos extraña, entonces, que determinados tramos de la Ribera sean conocidos con el sobrenombre de la ‘Milla de oro del vino’, un triángulo mágico que une los pueblos vallisoletanos de Peñafiel, Pesquera y Valbuena (Pago de Carrovejas, Vega Sicilia, Emilio Moro, Alejandro Fernández…).

¿Y en Segovia, se puede hacer también un buen Ribera? La respuesta es afirmativa, a pesar de que la provincia solo cuenta con cuatro pueblos adscritos a esta DO y dos bodegas (Aldehorno, Honrubia de la Cuesta, Montejo de la Vega y Villaverde de Montejo). Pocos pero provistos de la sabiduría necesaria para elaborar vinos más que aceptables, como quedó patente en el siempre abarrotado restaurante Casares, que dirige Santiago Ortiz, y donde José Félix Sanz, de Bodegas Severino Sanz, de Montejo de la Vega de la Serrezuela, ofreció una cata de tres grandes vinos elaborados en esta pequeña explotación, con apenas 100.000 kilos de uva, que busca la excelencia por encima de la producción. Y en verdad que la consigue.

La cata arrancó con un blanco verdejo, acogido a la DO Rueda, pero a la Rueda segoviana; ¡ojo!, no confundir con la vallisoletana, donde los ruedas suelen saber a maracuyá, mango y otras frivolidades tropicales fruto de la utilización de levaduras ajenas al ‘terroir’. No, este verdejo era auténtico, predominando aromas de hinojo e hierba recién cortada, con un final amargo que cualquier verdejo que se precie como tal debe tener. Aceptable.

Luego llegó un rosado de lágrima de tempranillo, que más bien parecía un tinto, y que lejos de ajustarse a los cánones frikis de los aromas a chuches, ofrecía un potente olor a fresa y floral y una boca untuosa y larga. Algo frío en su servicio, pero atractivo en la cata, que finalizó con el tinto Murón Edición Limitada, criado durante 16 meses en barricas de roble de francés. Es una pena que José Félix Sanz haya sacado al mercado tan pronto este gran vino, que a buen seguro ofrecerá todo su potencial dentro de un par de años, tiempo suficiente para limar sus aristas en botella y ofrecer unos aromas más perfilados a frutas negras maduras y un equilibrio más ajustado, menos brioso y más suave. Cuando sea mayor este vino dará de qué hablar, como la fantástica tapa ofrecida por Casares, un solomillo con cebolla caramelizada y salsa de vino tinto que estaba para chuparse los dedos, o para reírse con el ‘monólogo de taninos’ ofrecido por Juanete del Toboso.