El Norte de Castilla

Los últimos arcos del Acueducto

Plaza de Avendaño.
Plaza de Avendaño. / A. de Torre
  • La calle Arquitecto Odriozola y la plaza de Avendaño son los guardianes del final del monumento

Segovianos y turistas ven imponente el Acueducto de Segovia desde la plaza del Azoguejo. Sus grandes arcadas, dejan atónitos a propios y extraños que contemplan esta obra maestra de la ingeniería. Los hay que buscan tener buenas vistas para conseguir una buena foto y por eso deciden subir las escaleras del Postigo del Consuelo. Allí, el monumento pierde altura, pero todavía se pueden contemplar sus últimas arcadas. A uno de sus lados, se abre una plazuela que hace apenas cinco años fue renovada para dar un aspecto mejorado al Acueducto.

Es la Plazuela de Avendaño, situada entre las calles del Licenciado Peralta, Joaquín Pérez Villanueva y Arquitecto Odriozola, desde donde se puede contemplar el adarve de la muralla, disfrutar de una fantástica panorámica de la ciudad y ver el canal que corona el Acueducto.

La escalera central que existía se demolió para colocar otra en uno de los laterales, por donde es habitual que suban muchos turistas para conseguir la mejor instantánea. Una subida de personas que con el paso de los años ha ido cambiando, ya que hace un siglo por ella «frecuentaban mucho los fontaneros municipales, que recorrían lo largo del monumento para la vigilancia de la conducción de aguas, ya desaparecida», según explica Mariano Sáez y Romero en su ejemplar, ‘Las calles de Segovia’ de 1918.

De suelo empedrado y con el Acueducto siempre presente, la plaza recuerda el linaje de los Avendaño, en cuyo espacio tenía esta familia una casa.

«Fernando de Avendaño fue uno de los regidores de la ciudad de Segovia que recibieron a la reina Isabel I ‘debajo de un paño de brocados’ para coronarla Reina de Castilla, en el atrio de San Miguel, el día 13 de diciembre de 1474», recoge Juan Antonio Folgado en su libro ‘Las calles y Plazas de Segovia y sus barrios incorporados’. La fachada de esta casa, según Folgado, se encuentra «en la huerta del convento de las Concepcionistas franciscanas, conocido popularmente como ‘de las Peraltas’…Dos de los tres escudos heráldicos con que contaba dicha fachada, se pueden contemplar en la puerta del mencionado convento». Por esta plazuela se entraba también antaño al Corralillo de San Sebastián, del que no queda nada, «sustituido por unas construcciones residenciales con jardines al adarve de la muralla. En las proximidades de dicho corralillo estaba la ceca que mandó construir Enrique IV», puntualiza Folgado.

Lo que sí se puede contemplar en esta plaza es la casa de los señores de La Lama, procedente del siglo XV. Sin duda, uno de los atractivos de la plaza es que en uno de sus laterales están los últimos arcos del monumento romano. Pero el Acueducto que hoy se puede contemplar continuaba más allá de lo que hoy se ve ya que existía un arco y su castillo de agua con lo que hoy forma parte de la parte posterior de la Subdelegación del Gobierno y el Seminario. Ambas edificaciones fueron destruidas para «hermosear la calle y admitir el paso de carruajes», según reflejó el arquitecto municipal de la época, Joaquín Odriozola en su informe.

Eran los tiempos de ampliación de la ciudad y las necesidades por hacerla moderna primaban por encima de los monumentos. Joaquín Odriozola y Grimaud (1844-1913), era el responsable de arquitectura desde que obtuviera la plaza en 1870. La destrucción de la zona del Acueducto pudo ser peor «si la falta de dinero del Ayuntamiento para acometer las costosas expropiaciones necesarias, no hubiese impedido la demolición de todas las casas cercanas al Acueducto, en la plaza del Azoguejo, incluido el edificio que luego sería el Mesón Cándido», explica Juan Antonio Folgado en su libro ‘Las calles y Plazas de Segovia y sus Barrios Incorporados’.

Hoy la calle junto a los últimos arcos del Acueducto recuerda a la persona que marcó «una etapa enormemente importante y significativa del urbanismo y la arquitectura de los segovianos, sentando las bases de la ciudad actual», según recoge Miguel Ángel Chaves en su libro ‘Arquitectura y Urbanismo en la ciudad de Segovia (1750-1950’).

Es una calle estrecha, empedrada, y por donde muchos segovianos y turistas pasean sin conocer qué hizo Joaquín Odriozola. Odriozola «cambiará, o al menos lo intentará, una vieja ciudad medieval por otra decimonónica mucho más parecida a la que hoy conocemos, ensanchando calles, derribando edificios y abriendo nuevos caminos que mejoren las comunicaciones entre el recinto amurallado y la estación de ferrocarril». Odriozola ansiaba que la ciudad contara con calles anchas y modernas, para afrontar el siglo XX con los aires de modernidad que se respiraban durante su estancia en el Ayuntamiento, desde 1870 a 1913. Decisiones que, en algunos casos, se llevarían por delante monumentos que habían existido durante siglos en la ciudad. Junto a los últimos arcos del monumento romano, también se perdieron para siempre las iglesias de San Pablo en 1881, que estaba ubicada en la actual plaza del Conde Cheste, San Antón y la de San Facundo en 1884. A estos monumentos religiosos se deben de sumar los conventos de la Merced, de San Agustín y el de Los Huertos. Los postigos de La Luna en 1885, así como las Puertas de San Martín en 1883 y San Juan en 1888.