El Norte de Castilla

«En el pueblo, a los niños les puede enseñar la maestra, los padres y cualquier persona»

«En el pueblo, a los niños les puede enseñar la maestra, los padres y cualquier persona»
/ Los chavales se divierten durante una actividad. El Norte
  • Elena y Lorena, amigas desde
    que veraneaban, de niñas, en Valle
    de San Pedro, decidieron enlazar su carrera profesional con el servicio a la comunidad
    en las villas despobladas del Guadarrama.
    En Echando raíces crean actividades infantiles con las que educan en valores

Elena García y Lorena Fernández tienen muy claros cuáles son los valores que van a conseguir que las localidades más despoblados de Segovia tengan futuro: el sentimiento de comunidad, la recuperación de las raíces, el aprecio de las enseñanzas de los mayores y la integración de los niños entre ellos y con los demás. Sobre esas bases, estas dos vecinas de Valle de San Pedro han creado una empresa, Echando raíces, de «educación y animación en la Segovia rural», como explica su web.

Lo primero que sorprende de este proyecto ambicioso e idealista es la edad de las promotoras: Lorena tiene 25 años y Elena, 26. «Nos conocíamos de allí, del pueblo, de toda la vida, desde que sales a relacionarte a la plaza –cuenta Lorena–. Hace un par de años fuimos a hacer juntas un curso de monitor de tiempo libre, coincidimos en la misma aula y con las mismas motivaciones, así que eso nos hizo saltar la chispa. Salimos dándole vueltas a la falta que hacía en nuestro pueblo, a lo bien que vendría».

Lorena se ha formado como técnico de emergencias sanitarias y ha trabajado en empresas de eventos segovianas, además de estudiar Conducción de actividades en el medio natural, que es un grado medio de Capacitación Agrícola. Por su parte, Elena es maestra de primaria, con titulación en Inglés, ha trabajado en diferentes colegios y en actividades de ocio organizadas por la Diputación de Segovia y nunca había considerado la idea de emprender hasta ahora. «Era todo lo opuesto, siempre he pensado que conllevaba mucho esfuerzo y dedicación y te quitaba mucho de tu vida privada, pero nos vimos con mucha fuerza y muchas ganas, La gente nos apoyó y acabamos lanzándonos», explica Elena.

Echando raíces surgió en la mente de ambas emprendedoras en enero de este año y en julio ya estaba funcionando. «Al principio te analizas a ti mismo, piensas en qué podrías aportar, qué objetivos quieres cumplir y qué capacidades tienes. Todo sobre el papel, claro. Lo primero que hicimos fue decidir un nombre, porque creíamos que nos iba a ayudar a tomárnoslo en serio», relata Lorena que destaca el papel de los dinamizadores rurales. «El CEAS (Centro Agrupado de Acción Social) de Prádena nos abrió muchas puertas, ha permitido que la gente nos conozca, nos ha orientado y ha confiado en nosotras», dice.

El menú de actividades inicial de Echando raíces se ha decantado por talleres educativos, animación, talleres de cocina, actividades de ocio en familia y campamentos de verano. La primera experiencia ha sido precisamente la de los campamentos. «Este verano hemos hecho un campamento itinerante, cada semana estábamos en un pueblo. Son localidades chiquititas, con poca población y queríamos que todos los niños se conocieran y crearan amistades, así que decidimos movernos nosotras. Y que los niños se movieran con nosotras, claro. Los vecinos le daban muy buena acogida a ese esfuerzo que hacías por ir a su pueblo», cuenta Elena.

Otras de sus actividades veraniegas han sido las acampadas: «Nos quedamos con los chicos a dormir en medio de la naturaleza y les enseñamos como se vive sin lujos, sin servicios ni comodidades. Eso se une a la experiencia de estar en la naturaleza, oír a los búhos, cantar por las noches y jugar libremente por los prados», enumera Elena. Este invierno van a apostar más por las actividades bajo techo en los colegios y las bibliotecas de la zona de la falda del Guadarrama.

Sus propuestas no suponen solo un ratito en el que ‘soltar’ a los niños. Ambas socias creen en la educación en valores ligados a la comunidad. «Lo que queríamos no eran las típicas actividades al uso, queríamos que hubiese un por qué, un fin social. Estos pueblos están muy azotados por la despoblación, el nuestro tiene 15 habitantes en invierno. Por eso pensamos en un formato en el que no tenemos local para favorecer que la gente en núcleos cercanos se mueva, para crear redes e intentar hacer piña entre niños de todas las edades, para que se conozcan. Hay que tener en cuenta que suele haber cinco niños en cada pueblo», resalta Lorena.

Echando raíces tiene como filosofía un aprendizaje activo, nunca competitivo. «Fomentamos también la autonomía, el ser independiente. Les decimos: vamos a montar la tienda, pero la vas a montar tú con mi ayuda, para que veas que puedes conseguir lo que te propongas. Es una manera de dejarles ser y de dejarles crecer», expone Elena.

Además de aprovechar el entorno que les rodea para organizar excursiones en las que conocer la naturaleza, utilizan lo que consideran un recurso muy valioso: las personas mayores. «Llevamos a los niños con los abuelos, que les enseñan cantares, les hablan de oficios y de lo que hacen. Ahí surgen preguntas de todo tipo y no hay temas tabú. Hace poco, haciendo la actividad de escribir un periódico, un señor les contaba a los niños que antiguamente no se podían bañar, que tenían que llevar la ropa al rio, que solo había un coche para todo el pueblo...», dice Lorena. Elena añade que «en estos pueblos tan envejecidos no queremos que se pierda el respeto a las personas mayores y a lo que pueden enseñar. En el pueblo, a los niños les puede enseñar la maestra, los padres y cualquier persona que te encuentres. Y eso se lo intentamos inculcar».

Ambas resaltan que lo mejor de la experiencia ha sido el aprendizaje y el poder relacionarse con personas comprometidas. «Estamos estableciendo un montón de redes y estamos conociendo a gente muy solidaria, muy inquieta y preocupada por la educación de los hijos», explica Lorena. Elena coincide en que están conociendo a muchas personas que quieren vivir en el pueblo: «Les gusta la vida rural y si no tienen un puesto de trabajo lo tienen que crear. Es gente que se dedica a la informática o, como unos amigos, que crean una empresa de juguetes de madera».

Las dos socias coinciden en que ahora son más felices. «Soy más yo desde que empecé –dice Elena–. Puedo trabajar a mi manera, ponerme mis objetivos y decidir. Ahora soy más libre. Trabajas en la naturaleza, con animales y con niños, les puedes enseñar lo que tú sabes y ellos te enseñan a ti. Los niños son auténticos, no tienen miedo a fracasar y a mostrarse como son. Te fijas en ellos y es admirable, porque ellos se respetan». Lorena añade que «lo que te hace sentir bien es el cooperar con la comunidad, no competir. ¿Por qué vas a ser más feliz pisando a la gente? Unirte en grupo y tratarse bien te va a aportar mucho más».