El Norte de Castilla

La zarpa de los nazis que arañó Segovia

a zarpa de los nazis que arañó Segovia
  • Mientras expoliaba piezas de incalculable valor, el Tercer Reich buscó en los restos de la necrópolis de época visigoda hallada en el nordeste segoviano pruebas de la pureza de la raza aria

En Castiltierra, un ‘despoblado’ perteneciente al Ayuntamiento de Fresno de Cantespino, en el nordeste de la provincia, nada hay que indique la existencia, junto a la venerada ermita del Corporario, de una de las necrópolis de la época visigoda más importantes de la península ibérica. No hay carteles. Ni señales. En las faldas del llamado Cerro Moro, solo campos de cereal y tierra yerma pintan el entorno de un pueblecito que atesora más pasado que futuro, aunque sus calles revivieron, hace ahora algo más de dos años, con la llegada de Rafael y Ana, dos andaluces que, huyendo de los rigores de la crisis, decidieron asentarse en Castiltierra e iniciar una vida nueva en el corazón de la Castilla más honda. Seis o siete son los vecinos que este barrio de Fresno tiene ahora censados, aunque la mayoría solo se deja ver muy de cuando en cuando, casi siempre coincidiendo con fiestas, fines de semana y periodos vacacionales.

Verdaderamente, Castiltierra es un lugar poderoso, mágico; uno de esos lugares donde el vínculo con la tierra puede percibirse con estremecedora nitidez. A un kilómetro hacia el este del pueblo, se hallan los terrenos donde hace casi noventa años emergió una necrópolis que la Historia ha dejado asociada a uno de sus pasajes más oscuros y dramáticos, el dominio nazi. Saqueada primero y estudiada a fondo después, durante las excavaciones dirigidas en los años treinta del siglo pasado por los conservadores del Museo Arqueológico Nacional Emilio Camps y Joaquín María de Navascués, la necrópolis de Castiltierra, fechada entre los siglos V y VIII después de Cristo, fue oscuro objeto de deseo de Heinrich Himmler, ‘reichsführer’ de las SS y patrono de la Ahnenerbe (Herencia Ancestral Alemana), siniestra organización pseudocientífica del Tercer Reich que investigaba, excavaba y expoliaba para probar y justificar una de las teorías más delirantes del nazismo, la de la superioridad de la raza aria.

Santa-Olalla

Una reciente monografía de Isabel Arias Sánchez y Javier Balmaseda Muncharaz para el Museo Arqueológico Nacional desvela que en la historia del yacimiento de Castiltierra se han sucedido tres etapas bien diferenciadas: la primera abarca los años del expolio y la dispersión de los hallazgos; la segunda está marcada por las excavaciones oficiales que Camps y Navascués realizaron entre 1932 y 1935; y la tercera, terminada la guerra civil, tiene que ver con las campañas de recuperación de restos impulsadas por la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas en 1940 y 1941, ya bajo la dictadura de Franco, guiadas por el arqueólogo Julio Martínez Santa-Olalla.

Burgalés de nacimiento, germanófilo, falangista e hijo de un general amigo del dictador, Martínez Santa-Olalla (1905-1972) había estudiado en la Universidad de Bonn, donde estuvo expuesto a la influencia de las teorías indoeuropeas de Gustaf Kossinna, fue testigo del imparable ascenso del nazismo y consiguió especializarse en la expansión de los pueblos germánicos visigodos en la península ibérica en la época del Bajo Imperio Romano. Durante la contienda civil, Santa-Olalla militó en la Falange y, en marzo de 1939, fue nombrado comisario general de Excavaciones, puesto desde el que procuró intensificar los contactos con las instituciones arqueológicas de la Alemania de Hitler y controló todas las excavaciones que se realizaron en España hasta finales de la década de los cincuenta.

Ya en la posguerra, el arqueólogo falangista fue, según Gonzalo Ruiz Zapatero, uno de los máximos representantes de una reinterpretación panceltista de la prehistoria de la península muy acorde con el régimen de Franco. Su idea de la arianización de España, que privilegiaba lo céltico frente a lo íbero, estaba muy influida por la Ahnenerbe y la arqueología fascista alemana. De hecho, trabó amistad con Wolfram Sievers, director de la organización nazi, pero sobre todo con uno de sus patronos, Heinrich Himmler, a quien admiraba. La Ahnenerbe sentía especial interés por el arte rupestre español, los visigodos y la cultura de las Islas Canarias, donde los nazis esperaban encontrar algún día testimonios de la ancestral raza aria pura.

Una visita «de alto nivel»

En el otoño de 1940, cinco años después de la última excavación de Camps y Navascués, Santa-Olalla encargó la realización «urgente» de una breve campaña en el yacimiento segoviano de Castiltierra. La excavación debía dejar visibles varias decenas de sepulturas, con el fin de poder mostrárselas a una delegación alemana «de alto nivel» que iba a visitar España. Era el mismísimo Himmler, el jefe de una de las más grandes y poderosas organizaciones del Tercer Reich, la SS, quien llegaría al frente de la delegación germana.

Santa-Olalla, que hablaba alemán, fue asignado al séquito del dirigente nazi, al que acompañó durante sus visitas a El Escorial, Toledo, el Museo del Prado y el Museo Arqueológico Nacional. Pero el mal tiempo impidió a los germanos desplazarse a Castiltierra. En su primera página del 21 de octubre, ‘El Adelantado de Segovia’ insertó la siguiente nota:«El excelentísimo gobernador civil de la provincia nos ha manifestado que esta mañana ha recibido un aviso mediante el cual se le comunica que, por la incertidumbre del tiempo, ha quedado suspendida la visita que, en el día de mañana, había de hacer a nuestra ciudad el jefe de la Policía alemana, Heinrich Himmler».

Aquella campaña «urgente» de excavaciones en Castiltierra, realizada con dinero del conde de Mayalde, fue muy breve, de apenas tres días, y se desconoce el número de sepulturas que los treinta obreros contratados abrieron para que el agasajo a Himmler fuera completo. Sí se sabe que se procuró buscar en la zona a trabajadores altos y rubios, para que los ‘ilustres’ invitados constataran la vinculación de esta tierra con la raza aria.

A pesar de no haber podido conocer Castiltierra (en la suspensión de la visita también influyó la apretada agenda del jefe de la policía nazi), Himmler quedó muy contento y el arqueólogo falangista recibió una invitación personal para desplazarse a Alemania y estudiar con los jefes de la Ahnenerbe futuros planes de colaboración. Según el catedrático de Prehistoria de la Universidad de Barcelona, Francisco Gracia, los alemanes estaban encantados de haber encontrado un interlocutor como Santa-Olalla, y por orden del propio Himmler, empezaron a suministrar a la Comisaría General de Excavaciones material técnico imposible de encontrar en la depauperada España del momento: película, placas AGFA, papel de revelado de alta calidad...

Precisamente, la primera gran colaboración entre la Comisaría de Excavaciones y la Ahnenerbe fue la intervención en la necrópolis de Castiltierra, y, en esta ocasión, los trabajos no iban a contar con la dirección de Camps y Navascués, sino del propio Santa-Olalla. La «importancia», el «interés político» y la «conveniencia» de imprimir a las excavaciones «un ritmo acelerado» así lo ‘aconsejaban’. Evidentemente, el «interés político» radicaba en la intención de Martínez Santa-Olalla de implicar en la campaña a la Falange y la Ahnenerbe nazi.

Ante la falta de fondos estatales, el ambicioso arqueólogo buscó la financiación de la Falange a través de un buen amigo, el ministro José Luis Arrese. El mecenazgo le permitió emprender una gran excavación que se desarrolló durante los meses de agosto y septiembre de 1941. Desvela Gracia que Arrese cursó una invitación especial a Himmler para que en la intervención participara de lleno la SS, pero bastante tenía Alemania con atender la guerra. Himmler agradeció el gesto a Arrese y le prometió ayuda para cuando terminaran en Rusia «las operaciones militares en curso». No obstante, sí hubo presencia de la SS en las excavaciones segovianas. Ernst Schäfer, protagonista de una expedición al Tíbet organizada por la Ahnenerbe en 1938, estuvo en Castiltierra.

El expolio nazi

Según Arias Sánchez y Balmaseda Muncharaz, los hombres de Santa-Olalla excavaron un terreno de unos 1.700 metros cuadrados, donde exhumaron 401 sepulturas. En los trabajos intervino el profesor de la Universidad de Estrasburgo Joachim Werner, que elaboró una relación de los principales objetos exhumados: «De las fíbulas, 6 pares eran trilaminares, 16 pares de bronce fundido, 6 ‘de arco con decoración incisa’ y 3 pares de aquiliformes; las ‘grandes placas de cinturón con incrustaciones vítreas en celdillas’ sumaban 25, y 2 eran broches de cinturón de bronce ‘con decoración bizantina de roleos y zarcillos’; se recogieron también pendientes de bronce y alguno aislado de plata, brazaletes de bronce, collares de cuentas de ámbar y pasta vítrea y pocas vasijas cerámicas». Concluida la intervención, y ante el ingente número de objetos conseguidos, la mayoría en mal estado, el director de la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas envió los ajuares a Berlín, a la sede de la Ahnenerbe. Explica Gracia que ahí empezó una dispersión «que continúa en la actualidad», pues algunas piezas se remitieron después a Viena y otras fueron tratadas en diversos laboratorios alemanes. Solo una pequeña parte de los hallazgos, la de menor importancia, le fue devuelta a Santa-Olalla, cuyas reiteradas peticiones y gestiones a través de la Embajada de España apenas dieron resultado.

Hoy, muchas de las piezas que Santa-Olalla mandó a Alemania se encuentran en el Germanisches Nationalmuseum de Núremberg y un número más reducido en Viena. Francisco Gracia cree que el problema es que el material no se inventarió debidamente. «No es posible saber qué es lo que falta».