El Norte de Castilla

El resurgir de una zona con solera

Fachada de la conocida popularmente como ‘Casa del Callista’ .Foto cedida por la familia de Andrés Soler, propietaria del inmueble.
Fachada de la conocida popularmente como ‘Casa del Callista’ .Foto cedida por la familia de Andrés Soler, propietaria del inmueble.
  • La vía El Roble, muy transitada por vehículos y peatones, está jalonada por comercios

La calle El Roble es una de estas vías que, debido a su configuración longitudinal y transversal, pertenece a varios barrios de la ciudad: Santa Eulalia, Santo Tomás y San Millán, ya que se accede a ella desde la calle Puente Muerte y Vida y finaliza en el Paseo Nuevo. Una circunstancia que hace que hoy tenga un tránsito importante de coches y de peatones, que pasan a diario por sus aceras para dirigirse a otras zonas de la ciudad. Uno de los cambios más recientes que ha sufrido esta calle fue a raíz de la peatonalización de la Avenida del Acueducto, en el año 1992. Este hecho provocó que se derribaran viejos edificios, se construyeran otros nuevos y se ensancharan las aceras en el tramo comprendido entre la glorieta de Santo Tomás y el Paseo Nuevo.

De esta manera, los bloques de viviendas se levantan prácticamente a lo largo de todo su recorrido, albergando en sus bajos todo tipo de establecimientos. Tiendas de alimentación, empresas donde realizar todo tipo de serigrafías y rotulación como Arte Studio Creative Solutions, locales donde comprar todo tipo de telas como en La Tonelada’ o tiendas de niños, como Boutique Helena, donde encontrar ropa elegante y exclusiva, para diario y para ocasiones especiales como bautizos y comuniones, son algunos de los negocios que jalonan la calle. La propietaria de esta boutique infantil, Helena Pecharromán, que lleva en esta calle desde el año 2000, tras trasladarse desde el centro Mahonías, asegura que es una vía tranquila pero muy visible, porque «es un lugar de mucho paso, vayas donde vayas casi tienes que pasar por aquí», apunta. Los segovianos ubican muchas calles por tiendas que, como dicen algunos viandantes, «llevan toda la vida». Es el caso de Bartolomé, donde se pueden encontrar numerosos productos para el hogar, como persianas, alfombras, hules, estores, venecianas, felpudos o zapatillas de estar en casa. Estas tiendas comparten espacio con otras que se han implantado hace menos tiempo, como Cuplé, que permite ir a la moda en cuanto a zapatos, bolsos y bisutería; o agencias como Celián Viajes, que confeccionan todo tipo de recorridos con un trato personalizado a gusto del cliente.

Una variedad de comercios que la hacen ser hoy en día moderna y vital. Y sin embargo, es una de las que más solera tiene de Segovia, fuera del casco histórico. Una claro exponente de ello es la casa situada a la altura del número 10 de la vía, conocida popularmente como ‘Casa del Callista’. El motivo del nombre se debe a que «mi padre era podólogo y puso un cartel de propaganda, por eso, la gente la identificaba así», explica Luis De Andrés.

La casa, protegida en la actualidad debido a su estructura, conserva una preciosa fachada de ladrillo y vigas de madera, propias de otra época, ya que De Andrés cree que data del siglo XVI.

En sus orígenes, la casa pudo ser «una fábrica de paños o de sombreros», por la estructura que presentaba, ya que «tenía una especie de zona de oficinas y en la parte de arriba, en el sobrao, estaba abierto, para que quizás se secaran», apunta. La casa pertenece a la familia Andrés Soler desde hace varias generaciones, ya que la adquirió el tatarabuelo de Luis de Andrés. Sin embargo, en momentos como la postguerra, la vivienda se abrió a otras muchas familias porque «mi abuela habilitó los bajos como viviendas y los alquiló», recuerda.

Eran tiempos duros, de miseria y raciocinio, pero también cuando los vínculos entre las personas eran más cercanos, lo que hizo que estas familias compartieran espacio y patio con la familia de Andrés Soler, lo que hacía que «hubiera una gran unión familiar, guardo gratos recuerdos».

Buenos momentos también vivían los niños y chavales que residían en la zona, donde jugaban libremente en la calle. De vez en cuando, pasaba algún que otro carro. La calle no estaba adoquinada, era de arena, y allí «nos soltaban con toda tranquilidad». Es más, las madres de todos aquellos niños siempre repetían la misma retahíla: «Vamos, a jugar a la calle». Carreras, escondites o jugar a bote, eran algunos de los juegos que los niños de aquella época practicaban porque «éramos una pandilla, lo pasábamos bien», recuerda De Andrés.

Los comercios de la época también eran diferentes a los actuales. Hace medio siglo, en la zona había una lechería, un almacén, un garaje y varias fábricas: una de caramelos y otra de curtidos de pieles. Casas de tan sólo un par de alturas, huertas, el colegio de Los Marianistas, así como El Clamores, cuyo rugir se sentía cerca de esta vía, para terminar en el molino que se ubicaba cerca de la calle de Los Coches, completaban el paisaje urbano de esta vía.