El Norte de Castilla

«La gente quiere probar los productos del lugar que visita»

Cristina Bernardos, en la puerta del Museo Gastronómico de Segovia, en la calle Daoíz. R. de Rojas
Cristina Bernardos, en la puerta del Museo Gastronómico de Segovia, en la calle Daoíz. R. de Rojas
  • Emprender en el pueblo

  • Cristina Bernardos decidió hace tres años reunir en un solo negocio dos de los principales valores segovianos, la oferta turística y la alimentaria. Así nació el Museo Gastronómico de Segovia, donde venden con orgullo un postre inesperado: el bombón de torrezno

Cristina Bernardos se sentó con su marido, Félix, y sus hermanos Juan y Víctor a principios de 2013 para ver qué hacían con las crisis y con la situación laboral de esta segoviana de 39 años con formación musical (diplomada en Educación Musical, postgrado en Musicoterapia y master en Gestión y Dirección de Centros Educativos). Se decidieron por un brainstorming, una sesión en la que entre todos buscaron cómo fusionar dos de los ingredientes más rentables de la economía segoviana: el turismo y la gastronomía. El marido de Cristina, dejó caer la idea que cambiaría sus vidas en los próximos años: «¿y si hacemos un museo?».

Así comenzó la andadura del céntrico Museo Gastronómico de Segovia, situado en la calle Daoíz, la que sigue a la Calle Real y a la Plaza Mayor en el circuito más clásico del turismo de la capital: del Acueducto al Alcázar y viceversa. La idea era poner en marcha un museo en el que se exhibiera un compendio de los saberes y las tradiciones populares segovianas, especialmente las relacionadas con la producción y la elaboración de alimentos.

‘Descubre a qué sabe Segovia’, dice la frase con la que lo promocionan en la web, donde también se anuncia que se podrá degustar «lo artesanal hecho paciencia». Porque la segunda idea era establecer, junto al espacio expositivo, una tienda en la que se vendieran productos artesanales y curiosos, pero siempre de la tierra.

«Al principio me hablaban de vender productos de Castilla y León, pero yo creo que lo que la gente quiere probar son los productos de aquí mismo, del lugar que están visitando», afirma Cristina, que asegura que «abrimos camino». Al comienzo tuvieron que hacer todos los contactos «tratábamos con productores de aquí y había desconfianza sobre si esto iba a funcionar, pero cuando se vio que ya lo hacíamos en un sitio se hizo en más, ahora se ve mucho más», dice.

La idea fue previa al hallazgo del lugar en el que está enclavado el Museo, una vivienda popular de piedra, madera (en las vigas) y ladrillo, llena de recovecos, con arcos pétreos en el sótano. «Creemos que lo de abajo podría haber sido un aljibe romano, por la forma e incluso por alguna filtración que ha habido. La casa es muy indicativa de cómo era el Barrio de las Canonjías. Los túneles, que ya estaban antes, se usaban para que se pudiera entrar y salir del barrio», relata. El área de las Canonjías, donde vivían los sacerdotes segovianos, contaba con disposiciones peculiares, como su clausura nocturna (gracias a sus tres únicas puertas) y la prohibición de que entre los clérigos circularan mujeres guapas o animales sueltos.

Cristina cree que en el inmueble, antes de que llegaran, podría haber habido «un museo de la brujería» por las paredes oscuras y por algunos de los objetos que se encontraron. Ahora, el Museo no tiene nada que ver con eso. En sus salas luminosas se puede recorrer parte de la historia de las mesas segovianas: los vinos, las legumbres, la confitería o los digestivos. Además, existe la posibilidad de acompañarlo con una cata. «Al público le gusta sobre todo lo visual, mirar lo que está expuesto, pero también hice muchos carteles informativos para que se aproveche más la visita y se aprendan cosas», expone.

Si acaso, a la propietaria le hubiera gustado que la configuración fuera otra. «Ojalá que se pudiera salir por la tienda y tener el museo a la vista, pero no es posible», dice. La entrada se hace necesariamente por la tienda, que es lo primero que recibe al visitante. «En ella se pueden encontrar los productos artesanales más característicos de Segovia, como sus legumbres, chacinería típica, quesos artesanos de cabra y de oveja, crema de queso o yogures de oveja. Hay también vinos de calidad como los de Valtiendas, ecológicos, de Ribera del Duero o verdejos segovianos de la Denominación de Origen de Rueda -enumera- Tenemos sección de productos ecológicos como el pato asado, patés, escabeches, espirituosos, licores, cervezas artesanales y mieles. Y no solo hay productos de Segovia, sino también de Castilla y Léon y el resto de España».

Pero si de algo se sienten orgullosos en el Museo Gastronómico de Segovia es de su bombón Petit Salty Sweet, un curioso dulce de torrezno recubierto de chocolate amargo. «Es el producto más demandado y exclusivo del Museo y ya ha pisado varias ferias como Madrid Fusión, Fitur o Intur», asegura. Su elaboración estrella nació de escuchar directamente a los clientes «que es algo que le aconsejo a cualquier emprendedor». Un visitante relacionado con la gastronomía lanzó una propuesta similar. «Mi marido cazó la idea al vuelo y nos pusimos con ello. Detrás del Petit Salty Sweet hay un trabajo enorme en un obrador, probamos con muchas recetas hasta que se consiguió dar con el punto exacto», explica.

Uno de los fuertes de Cristina es su capacidad comercial. Mientras hablamos, entra en la tienda un grupo de visitantes internacionales de niqui azul y gorra roja, de esos grupos uniformados y casi sincronizados que a veces se ven por Segovia, con su inquietante aire de excursionistas de ‘Amanece que no es poco’ o de nativos de ‘El pueblo de los malditos’. Como buena vendedora, les sugiere con un amable parloteo que compren los bombones que son marca del Museo. Y se los llevan.

Durante estos tres años, Cristina ha perfeccionado estas habilidades y muchas más. «Aprendes mucho del trato con los productores y también de cómo llevar un negocio, es una experiencia con la que te quedas. Al que empieza le recomendaría que haga un buen estudio de mercado y le diría que lo importante es que lo siga intentando e intentando hasta que meta un gol. Y si no lo metes, al menos esa experiencia te la llevas para lo que venga después», dice.

«Ahora es más fácil empezar, solo hay que pagar 50 euros de Autónomos, pero hace años, no. Así que, no es todo bonito. Al principio estuvimos probando, al segundo año, afianzándolo y a los 3 años es hora de echar la vista atrás y revisarlo todo. Por el camino ya hemos cambiado muchas cosas en función de lo que funcionaba y de lo que no», explica. Uno de sus apoyos en estos momentos son las presentaciones y la participación en ferias. «La Diputación nos está teniendo en cuenta en los eventos y en la promoción de productos de Segovia y eso nos ayuda», dice.

También considera importante para emprender «el apoyo de tu familia». Cristina cuenta que en la creación del Museo y su marca colaboraron de forma desinteresada “amigos que son profesionales de distintos ámbitos: marketing, publicidad, imagen, traducción e interpretación, ingeniería técnica de la construcción, abogacía, empresarial, docencia. Espero que, a estas alturas, todos se sientan reconocidos en él».