El Norte de Castilla

Trabajadores de pieles

Vista de la calle.
Vista de la calle. / A. de Torre
  • La calle Curtidores recuerda a una fábrica de curtidos que existió en esta zona durante cincuenta años

aEl barrio de Santo Tomás es una de las zonas de la ciudad con más solera, atendiendo a la construcción de su iglesia en el siglo XIII. Sin embargo, la zona se ha ido transformando en las últimas décadas, hasta conocer esta parte de Segovia, tal y como se encuentra en la actualidad.

Los segovianos recuerdan como la expansión de la capital alcanzó rapidamente esta parte de Segovia, lo que provocó que surgieran espacios nuevos donde durante años hubo un simple terreno de tierra.

Esto es lo que ha sucedido con la calle Curtidores, una vía completamente moderna cuya construcción se remonta a hace apenas tres décadas, cuando las máquinas abrieron paso entre el espacio de tierra que había a su alrededor.

Con la calle construida a principios de los años ochenta del siglo XX, los edificios que hoy se contemplan no tardaron en llegar. Poco a poco, la calle fue poblándose de bloques de viviendas de ladrillo, modernos, con garajes en sus bajos y con numerosos espacios para locales comerciales.

Es decir, que en tan sólo treinta años, el espacio pasó de ser un pedazo de tierra, a un lugar residencial ubicado muy cerca del corazón de la ciudad. La calle es hoy un espacio tranquilo, por el que a diario transitan por sus anchas aceras las personas que van a comprar a esta calle donde existen comercios de estética, de juguetes o tiendas de ropa, entre otros, pero muy lejos del ajetreo que pueden tener la cercana calle Santo Tomás o José Zorrilla. Lo que sí es frecuente encontrar son numerosos coches aparcados a ambos lados, a pesar de ser un espacio de zona azul, debido a la proximidad con calles más bulliciosas.

Fábrica de pieles

¿Por qué entonces un espacio de tierra lleva el nombre de un oficio tan arraigado en Segovia durante siglos? Sencillo. En este lugar estuvo durante cincuenta años una fábrica de curtidos, de ahí que el nombre de Curtidores rinda homenaje a esta empresa y a todos los que trabajaron en esta fábrica.

En concreto, la empresa se denominaba Jarsa, las iniciales de los dos hermanos propietarios: Julián y Andrés Rueda, Sociedad Anónima. Fundada en los años treinta del siglo XX, la empresa ubicaba una importante extensión ocupando lo que hoy es la calle Curtidores y parte de la Calle El Roble. La fábrica estuvo en funcionamiento durante cincuenta años, donde muchos segovianos trabajaron en sus instalaciones en época de postguerra y en los años de recuperación, cuando en aquel entonces, la ciudad contaba con fábricas dedicadas a diferentes sectores.

En esta fábrica, «se curtían las pieles y se hacía todo el proceso», recuerda aún el nieto del fundador, Pedro Rueda. Tras realizar todo el proceso, luego las pieles se vendían para desarrollar diferentes productos con este material.

Sin embargo, la llegada de los años ochenta supuso un cambio radical para esta empresa segoviana. La apertura de mercados exteriores y la llegada de nuevos productos, como pieles sintéticas, provocaron que la empresa poco a poco fuera perdiendo su actividad, hasta que finalmente echó el cierre por no poder competir contra estas circunstancias.

El olor al curtido era muy característico de la zona, incluso podía llegar a ser desagradable en algunas ocasiones, ya que «se usaban productos químicos», comenta el nieto del fundador.

De hecho, esta zona era un espacio donde se ubicaban distintas fábricas y por la zona solía existir «mucho humo». Frente a la fabrica Jarsa, se encontraba otra empresa, la denominada Hijos de Valentín Rueda, que era un lavadero de lanas y pieles. Eran empresas de distintos miembros de la familia Rueda, de ahí, que la calle popularmente se conocía entre los segovianos como ‘la calle de los Rueda’.

Estas industrias y oficios fueron extremadamente representativas en Segovia durante siglos, como recoge el libro ‘Las calles y Plazas de Segovia y sus barrios incorporados’, de Juan Antonio Folgado. «La industria de curtidos fue seguramente la segunda en orden de importancia por número en el siglo XVI, tras la industria textil, llegando a contar con cuarenta tenerías y fábricas distribuidas a lo largo de la corriente del Clamores. A finales del siglo XVIII, sólo quedaban tres tenerías en Segovia capital, otra en el Sexmo de Posaderas otra en el de la Trinidad, seis en Fuentepelayo, tres en Cuéllar, una en Pedraza, seis en Sepúlveda y una en Riaza».

Pedro Rueda, que también ha vivido en esta zona de la ciudad desde que ha nacido, recuerda también que junto a la fábrica de su abuelo, estaba el Colegio de los Marianistas, de primaria y secundaria, cuyos pabellones y clases se encontraban por donde está ahora el jardín botánico. Posteriormente, se transformó en un colegio femenino.

La zona también era un buen espacio de cultivo, por eso había «numerosas huertas», donde se cultivaba una variedad de hortalizas y verduras. Además, de ser un lugar por donde transita el ganado porque «por aquí había trashumancia». Este espacio de la ciudad, como muchos otros, era el lugar de recreo de muchos chiquillos que se entretenían jugando en unas calles de tierra, que con lluvias se llenaban de barros y tenía poca luz. Era otra época, donde no había coches ni grandes bloques, donde en las fiestas de San Juan y San Pedro se realizaban circuitos de motos, y donde los niños de este arrabal disfrutaban y se entretenían durante horas «jugando en la calle».