Gabriel Moreno.
Gabriel Moreno. / El Norte

Todo bondad

  • Gabriel Moreno de Pedro fue conserje del colegio de los hermanos maristas. Él y su esposa son las dos víctimas de la explosión de la calle Coca

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Su nombre y el de su mujer permanecían ocultos detrás de las frías iniciales que los periodistas empleamos en la crónica de sucesos, pero la llamada de un antiguo compañero del colegio me dejó de piedra: la segunda persona fallecida a consecuencia de la explosión de la calle Coca era Gabriel, el conserje de los Maristas.

Gabriel habita en la memoria de muchas generaciones de segovianos que pasamos la infancia al regazo del Pinarillo. Siempre estaba ahí, detrás del mostrador de la portería, sonriente y dispuesto a ayudar. Recuerdo que me llamaba Juan Carlos, pero –quizá por vergüenza– nunca me atreví a decirle que estaba equivocado, que yo solo me llamaba Carlos, o Carlitos, hipocorístico que me iba como un guante.

El conserje de los Maristas era todo bondad. Lo llevaba en la cara.

–Gabriel, danos un balón, que este se ha ‘pinchao’.

Y Gabriel se agachaba y sacaba otro balón que nos permitía seguir jugando.

–Gabriel, que me sale sangre.

Y Gabriel abría el botiquín. Más de una vez me curó con mercromina las rodillas, lastimadas durante la batalla diaria del patio. Cuando acababa el curso, Gabriel te preguntaba por las notas; sí ponías mala cara, no insistía y te daba una palmadita en la espalda.

Gabriel Moreno de Pedro entró en los Maristas en 1967, en el viejo colegio de San Agustín. Y en los Maristas trabajó hasta su jubilación. Ayer, después del funeral, lo evocaba con el hermano Severo Gago, director de EGB entre los setenta y los ochenta: «Era un hombre sencillo, atento y prudente, un hombre bueno. No es fácil la función del conserje porque hay informaciones de la dirección que conoce y debe saber guardar. Y Gabriel tenía una prudencia exquisita», me dijo. Familiar y cercano con los niños y sus padres, aprovechaba los días libres para hacer ‘extras’ en la hostelería. «Vivía entregado a los suyos y luchaba por sacarlos adelante».

Tenía 82 años. Su esposa murió aquella aciaga madrugada de agosto. Él ha pasado el mes de septiembre en el hospital, luchando por vivir. Y pensaba visitar los Maristas, en cuanto le dieran el alta. Los chiquillos del colegio lo llevaremos siempre con nosotros, en nuestros recuerdos más queridos.