El Norte de Castilla

En honor del salvador de la peste

Vista de la calle, con la plataforma de los jardines a la izquierda y al fondo, sobre los edificios de la avenida del Acueducto, la torre de la Catedral.
Vista de la calle, con la plataforma de los jardines a la izquierda y al fondo, sobre los edificios de la avenida del Acueducto, la torre de la Catedral. / Antonio Tanarro
  • En los Jardinillos de San Roque existía una ermita dedicada a este santo, que libró a la ciudad de esta terrible enfermedad al final del siglo XVI

La calle de los Jardinillos de San Roque es una vía transversal que va desde la avenida del Acueducto hasta la calle de El Roble, en el barrio de San Millán. No tiene salida para los coches, un bolardo lo impide, por lo que aquellos que entran con sus vehículos sólo pueden aparcar en sus lados o dar la vuelta por la travesía que tiene el mismo nombre que la calle principal, hacia la calle Escultor Marinas. A pesar de esto, es una calle transitada por muchos coches que buscan aparcamiento en el corazón de la ciudad, así como por los peatones que la utilizan para acortar distancias y dirigirse por ella hacia Santo Tomás o dirección a Santa Eulalia. En uno de sus laterales se levantan bloques de viviendas que llevan años construidos y que alojan en sus plantas bajas algunos comercios de zapatos, viajes o, durante años, una ferretería donde hoy hay una clínica dental.

Pero el nombre de esta calle procede del jardín que está situado en el otro lado de la calle, los ‘Jardinillos de San Roque’, denominados de esta manera por la ermita que allí se encontraba dedicada al santo, que salvó a la ciudad de la peste de 1599. Hoy nada queda de aquel templo, incluso la imagen está en la iglesia de San Millán, aunque desde hace un par de años unos azulejos del ceramista Juan Daniel Zuloaga recuerdan este lugar religioso y a este santo. Se pueden ver en la fachada del espacio de la Junta de Castilla y León destinado a la formación en nuevas tecnologías.

Los jardines fueron construidos en 1872 con diferentes calles, una fuente de piedra redonda en el centro y bancos para el descanso. Son muchos los segovianos que están allí a diario, y sobre todo, los fines de semana, debido a la tranquilidad que ofrece este lugar con las calles de arena y sus pequeños jardines a la inglesa. En uno de sus laterales se encuentra el busto en honor al escultor segoviano Aniceto Marinas, realizado por el también artista Mariano Benlluire. El Domingo de Resurrección es el momento que más protagonismo cobra esta espacio ya que los segovianos se reúnen junto al busto para rendir homenaje al escultor con la lectura de un panegírico dedicado al artista, en el marco del homenaje que la Cofradía de Nuestra Señora la Soledad al pie de la Cruz y el Santísimo Cristo en su Última Palabra le rinden. Siguen recordando que Aniceto Marinas fue el autor de las imágenes con las que participan en los actos de la Semana Santa.

Quitando este momento, el lugar de los Jardinillos de San Roque que más bullicio tiene está justo al otro lado, donde existe una heladería que en los meses estivales, como ahora, cuenta con bastante afluencia de público. Padres y niños se dan allí cita, porque los padres están tranquilos mientras los más pequeños disfrutan con el parque infantil que allí se ubica.

Juegan entusiasmados en sus toboganes, sus balancines, o absortos con sus cubos de arena. Sin embargo, pocos son los que sospechan que junto a ellos, y tapado con una lona verde, se encuentra uno de los lugares que durante décadas hizo disfrutar a cientos de generaciones de pequeños segovianos.

Era la única atracción de feria que había en la ciudad a lo largo del año y que llenaba de color y ruido sobre todo las tardes de los fines de semana para cientos de niños que empujaban hasta allí a sus padres para que les subieran en alguno de sus aparatos. Era el ‘Baby Pilarín’. Pocos pequeños conocían su nombre real, pero sí les sabían explicar a sus padres lo que querían, «ir a los caballitos», como popularmente se conocían.

Un platillo volante, cochecitos pequeños, un autobús o un avión eran sólo algunos de los artilugios, muchos de chapa, donde los niños podían hacer volar su imaginación, rodeados de música y pequeñas luces de colores, que adornaban tanto los diferentes vehículos como la parte superior del techo.

Hasta su juilación

Al frente del negocio estuvo hasta su jubilación Francisco Cabezas, un cordobés que dedicó toda su vida a esta atracción de feria, que vio como se cerraba a fianales del 2013 por falta de continuidad familiar y porque nadie la adquirió para evitar que siguiera en movimiento. El precio del billete durante los últimos años era de un euro con cincuenta, y casi no le daba ni para pagar la luz de la atracción. Pero el tiovivo era su vida y también la de su familia. Las fichas las vendió durante años en la taquilla la señora Pilar, una anciana de pelo blanco que siempre estaba mirando el carrusel.

Era la tía de Cabezas, que inició su relación con Segovia tras el estallido de la Guerra Civil. El periodista Carlos Álvaro, en el artículo ‘Venden el Pilarín’, recogía cómo sucedieron los acontecimientos: «El matrimonio, que era de Madrid, llegaba a Segovia en el mes de mayo, participaba de las ferias de junio y se marchaba en agosto, hacia otro destino, porque los feriantes llevan una vida itinerante, nómada. Precisamente, la contienda sorprendió a Pilar y Tomás en Segovia, en pleno mes de julio. Dejaron entonces los coches en un local de unos amigos y se marcharon a Madrid. Ya no regresaron hasta el final de la guerra, en 1939».

Tras la guerra, su unión con la ciudad fue ya para siempre. La vinculación de la familia de Cabezas fue tal con Segovia que su tía, Doña Pilar, recibió en septiembre de 1991 un homenaje de la ciudad, por su actividad con el carrusel, dentro de las fiestas dedicadas a la Virgen de la Fuencisla.

Este espacio fue uno de los lugares iniciales de las ferias de la ciudad, que durante años se situaron en torno a los Jardinillos de San Roque, la calle Coches, el paseo de Ezequiel González y el final de la Avenida del Acueducto. En lo que entonces eran las afueras de la ciudad se instalaban las atracciones, las casetas y tómbolas y la pista de coches eléctricos estaba en el solar que hoy ocupa la Comisaría.

Ahora el carrusel de Baby Pilarín, o ‘Los Caballitos’, sigue cerrado a la espera de que alguien vuelva a reabrirlo, para seguir llevando las risas e ilusión a cientos de niños.