Ismael, el juglar rebelde

Ismael, con Gloria Fuertes.
Ismael, con Gloria Fuertes. / Archivo de Ismael
  • Folk Segovia rendirá homenaje al cantautor segoviano, que acaba de cumplir ochenta años

El próximo 30 de junio, en el marco del festival Folk, Segovia rendirá por fin un merecidísimo homenaje a Ismael Peña Poza, el mítico Ismael de ‘La banda del Mirlitón’, aquel programa de la televisión española que cautivó a los niños de los setenta. Folk Segovia considera a Ismael «un referente de la cultura popular» y prepara para ese día un gran concierto que reunirá en el teatro Juan Bravo a «los más relevantes artistas segovianos».

Ismael cumplió ochenta años el pasado 13 de enero. Sabe que Segovia está en deuda con él pero no lo quiere decir. Sí afirma, con humildad, que también es profeta en su tierra: «Lo mejor que me puede pasar es recibir el reconocimiento de mi gente y del mundo musical segoviano. Es una sensación muy bonita y muy íntima», dice.

Ochenta años son muchos, pero no parece que Ismael los tenga. Sus vivencias, su manera de ser, esa rebeldía que siempre ha caracterizado su personalidad, obran en él el milagro de la eterna juventud. Su verbo es cálido y cercano. Agradece la llamada y desmenuza su dilatada vida, una vida de cuento, llena de aventuras, de incertidumbres, de anhelos, de amistades fecundas, de amor por la música, por las artes, por la Cultura, así, con mayúsculas. «Nací en el 36, en la República, y he vivido el franquismo, la democracia, el escoñamiento de la democracia, y ahora... ¡la incertidumbre! El día del homenaje ya habrán pasado las elecciones y estaremos en plena discusión», dice con guasa.

Ismael nació, efectivamente, el 13 de enero de 1936, en Torreadrada, un pueblecito de la provincia de Segovia en el que su madre ejercía como maestra. Cuatro años después, terminada la guerra, la familia se trasladó a Labajos por mor del traslado forzoso de la progenitora: «Labajos era un pueblo maldito para el régimen porque en él habían matado a Onésimo Redondo; un pueblo marcado, sin luz eléctrica, sin agua corriente... Y allí pasé yo los años centrales de la infancia, en plena Edad Media, jugando en la calle como se jugaba en el siglo XV, escuchando los romances que iban cantando los ciegos... Con mi madre, una maestra de formación republicana, aprendí cientos de canciones, canciones que se cantaban en los pueblos, canciones de misa... Con una guitarra que le prestaron a mi padre empecé a tocar por pura intuición... Ya viviendo en Cuéllar, cuando iba al instituto, rompí la hucha y me compré un laúd que me ayudó mucho a relacionarme con la sociedad, pues como niño que nació con un problema en los pies, fui objeto de las burlas de los otros, que me llamaban por cincuenta apelativos despectivos, todos alusivos a ese problema. La música fue para mí una vía de escape. En Cuéllar, en el instituto, formé una rondalla que me trae muy buenos recuerdos», relata.

A Madrid marchó Ismael decidido a estudiar Leyes, pero en el primer curso lo suspendieron en Derecho Político y tuvo que volver a cursar esa asignatura el año siguiente, sin poder pasar a segundo: «Como tenía enfrente el conservatorio, compaginé el Derecho Político con tres años de solfeo y uno de guitarra, y me metí en la tuna del distrito. Después también me matriculé en Filosofía y Letras».

Francia

Madrid emergía ante los ojos del joven con todas sus tonalidades, con todos sus matices. Era pleno franquismo, pero la vida bullía bajo la epidermis de la capital. «Entré en contacto con asociaciones culturales, muchas medio prohibidas, agrupaciones de poetas... En ellas conocí a gente interesante, de talento: Camilo José Cela, García Nieto, Gloria Fuertes, Manuel Dicenta... Me encantaba ese ambiente clandestino, fuera de la ley».

El espíritu rebelde –y también un poco ‘maudit’– de Ismael lo llevó a Francia. Aprovechando una invitación de la tuna de Veterinaria para actuar en el carnaval de Niza, el intrépido segoviano no se lo pensó dos veces y se embarcó en la aventura más decisiva. «Supe que iba a descubrir la vida la misma noche en que crucé la frontera, el 1 de marzo de 1960: a través de las ventanillas del autobús vi a una pareja besándose. Me impresionó, porque eso, solo unos kilómetros atrás, estaba prohibido. En ese momento comprendí que la vida empezaba ahí, y era lo que me daba fuerza. Jamás me arrepentí de haberme ido, y hubo noches en que dormí en la calle, sobre las hojas de los periódicos que encontraba en la basura. Sin embargo, nunca sentí pena de mí. Era aventura, cosas que tenían que pasar. Lo mío era vivir en contra de, y eso me hacía fuerte, aunque también es verdad que veinte años son veinte años... En esa época, o ibas en contra de todo o te morías. No soportaba la rutina, la monotonía, el aburrimiento, y el placer de la aventura frenaba todos mis miedos, mis inseguridades, mis problemas. Hay algo curioso: tienes miedo cuando tienes algo; pero cuando no tienes nada, no tienes miedo de nada. Tener un periódico para amortiguar el frío del suelo era un lujo. Y no dudaba en compartirlo si llegaba otro que no lo tenía».

Pero salió adelante. En París conoció a los cantautores franceses y en París saboreó las mieles del éxito. Su primer disco, ‘Canciones del pueblo, Canciones del rey’, obtuvo el Grand Prix Charles Cros du Disque. «Empezaron a interesarme los cancioneros renacentistas, los vihuelistas del siglo XVI. Conseguí partituras... Mis conocimientos musicales eran muy limitados, pero trabajaba duro hasta que lograba encajar la música y la letra. Cantaba esas canciones en los cabarets de París y gustaban. Creo que yo mismo atraía: era un español que no cantaba flamenco, sino unas cosas muy raras. Cuando tuve cinco canciones de ese tipo y otras cinco populares, me lancé a hacer el disco. Lo grabé en una casa –La boîte à musique se llamaba– que regentaban unos judíos sefardíes. Como buenos judíos, me advirtieron de que la grabación era cara y tendría que hacerla de un tirón. Con un micrófono para voz y guitarra grabé aquel disco, sin equivocarme una sola vez, lo cual le dio una frescura tremenda».

El éxito le abrió las puertas de toda Francia y de otros países. «Tuve una prensa estupenda, salí en la televisión, se hablaba de mí... Por aquel entonces, en plenos años sesenta, había una asociación, Jeunesses Musicales de la France –es decir, las Juventudes Musicales de Francia–, que llevaba por muchos circuitos sus espectáculos de música popular y antigua. Bueno, pues me contrataron. Monté un espectáculo a base de música de los vihuelistas del XVI y canciones españolas, y metí una bailarina y un guitarrista flamenco. Cuatro años estuve con las Jeunesses. ¡Había meses en que hacíamos hasta treinta y dos recitales! Me recorrí Francia entera». También le encomendó el Gobierno galo un espectáculo español para interpretar en los países francófonos del norte de África: Marruecos, Argelia, Túnez...

Regreso a España

Integrado como estaba el segoviano en la vida del país vecino, nunca tuvo la tentación de nacionalizarse francés: «¡Cómo! ¡Si yo era español, castellano, segoviano de Torreadrada! Tenía residencia privilegiada y casa en París, pero seguía siendo y sintiéndome español. Y a España regresé, con mi premio Charles Cros du Disque bajo el brazo, que eran palabras mayores, dispuesto a entrevistarme con el director general de Música, que me recibió y me dijo: Bueno, mira, esto que traes aquí no es música. Si fuera Beethoven, Mozart... Pero esto no es música. Y con esa respuesta me quedé. Era el año 66 o así. En Segovia me dijeron algo parecido, pero tuve la suerte de dar con gente como Ángel Serrano, de La Casa del Siglo XV, el arquitecto Alberto García Gil, el vidriero Carlos Muñoz de Pablos o el propio Juan de Contreras, el marqués de Lozoya. Ellos movieron todo lo necesario y en el Alcázar di mi primer concierto segoviano».

En la España gris marengo de finales de los sesenta, Ismael Peña era un auténtico desconocido. En 1966, un sello secundario le editó ‘La Tarara’, en formato EP, y en 1968, Movieplay sacó adelante su primer LP en España, bajo el título ‘Florilegio de España’. Su repertorio derivó entonces hacia temas de fuerte contenido social, a la llamada canción protesta (‘Últimas noticias/Después del silencio’). Fue el único cantante solista que apareció en la película ‘1, 2, 3, al escondite inglés’, de Iván Zulueta (1969), cantando, precisamente, ‘La Tarara’, y ‘¿Dónde vas, carpintero?’ (1971) lo aupó a los primeros puestos.

Por entonces ya había musicado Ismael a los poetas españoles que tanto incomodaban al régimen, pero, con la dictadura agonizando, dio el salto a la pequeña pantalla. «Había cantado en un programa de Televisión Española en 1957, antes de irme a Francia, y, al regresar, envié a la tele un proyecto de programa de folclore que debieron de dejar olvidado en un cajón hasta que, en 1974, para llenar un vacío, decidieron rescatarlo. Me dieron de plazo una semana y, como tantas veces había hecho, volví a tirarme a la piscina. Me comunicaron que sería los sábados por la mañana y pensé en niños y formé una pandilla... Empezamos con esa idea: un grupo de chicos que iba por los pueblos en busca de canciones. Y cantamos polifonía del siglo XV, de los vihuelistas, canciones de Segovia, de Asturias, de toda España. El programa entusiasmó tanto que lo pasaron a la sobremesa del domingo. Cinco años estuvimos haciendo ‘La banda del Mirlitón’, una experiencia maravillosa».

«Me llamo barro, aunque Ismael me llame»

«Conocí al poeta Miguel Hernández por un libro suyo que me enviaron desde Argentina, y me cautivó. Durante un viaje que hice a España visité Orihuela y comprobé que nadie quería oír su nombre. Salté las tapias de su casa, pisé su huerto, ‘robé’ una ramita de su higuera... También me interesé por Alberti, me relacioné mucho con Gerardo Diego, con los hijos de Salinas, con las familias de Unamuno, de Juan Ramón...» El resultado fue ‘Ismael en España’ (1969).

Un verso de Miguel Hernández que hizo suyo le granjeó la amistad de otro genio: Salvador Dalí. «Actué en Cadaqués y gusté mucho. Al día siguiente recibí el aviso: Dalí quería conocerme. Y fui a su casa, con los pies descalzos y envueltos en el barro de la playa. Cuando bajó a la puerta, me presenté: «Me llamo barro, aunque Ismael me llame». Me apropié del verso de Miguel porque en ese momento se me pasó por la cabeza, y Dalí, que tenía un culturón de puta madre, celebró la ocurrencia entusiasmado. Nos hicimos muy amigos. Era un ser alucinante. Tuve el privilegio de entrar en su estudio y verlo pintar. Pocos pudieron hacerlo». Dalí dijo de Ismael: «Es el cantante místico vertical más elevado de la tierra».

En 1976, en pleno éxito televisivo, el segoviano participó en la grabación de un LP fetiche para el folk castellano, ‘Segovia viva’, junto a Agapito Marazuela, ya muy anciano, el dulzainero Joaquín González, Hadit y el Nuevo Mester de Juglaría. «Del Pito el de la flautilla ya había oído hablar de niño, en mi casa. Después, estando en Francia llegó a mis manos su cancionero y me empapé de Agapito. Sé que me apreciaba y yo a él también. Me encantó poder participar en aquel disco. Ahora todo el mundo habla de Agapito, pero entonces no, seamos claros», sentencia Ismael, que desde los ochenta vive entregado al cuidado de sus colecciones. Ismael Peña posee una de las mejores colecciones etnográficas del mundo, como ha quedado demostrado en las decenas de exposiciones que ha organizado. Su legado, pues, será grande, como grande será su memoria.