«Cada persona vale cien libros y cada enfermo vale una enciclopedia»

Fructuoso Mangas, en uno de los olivos ubicados en la Casa de la Iglesia, donde reside en la actualidad
Fructuoso Mangas, en uno de los olivos ubicados en la Casa de la Iglesia, donde reside en la actualidad / VÍCTOR ANTORAZ

Sus 54 años de labor en la Iglesia como sacerdote le han servido para volcarse en los demás de una manera «extraordinaria»

EVA CAÑAS / WORDSALAMANCA

No es fácil resumir una vida tan intensa y volcada en los demás como la de Fructuoso Mangas, que el pasado mes de abril celebró sus 54 años como sacerdote en la Diócesis de Salamanca. Sirvan estas líneas para dar a conocer su labor antes y después de su jubilación, hace ya dos años, que no ha frenado su inquietud hacia los más desfavorecidos, ni su intensa actividad, frente al ordenador, un libro o diseñando cada año el escaparate de Manos Unidas de la calle Toro, por poner algunos ejemplos.

En unos meses, el 19 de diciembre, cumplirá 80 años, en un momento de su vida lleno de vitalidad y con una rutina incansable y que abarca desde las horas que dedica a escribir un artículo, su labor como consiliario de Manos Unidas hasta sustituir a algún compañero sacerdote para dar una misa.

De regreso al origen de todo, su infancia, destaca orgulloso su pueblo natal, Yecla de Yeltes, de raíces vetonas y celtas, «con el castro vetón más completo de toda la costa Atlántica, desde Irlanda a Lisboa», presume. Fructuoso Mangas estudió Bachillerato en Salamanca capital, después, Filosofía y la llamada del sacerdocio no llegó en un momento concreto, «fue de una manera lenta, no tuve una iluminación». A los 24 años se ordenó como sacerdote en la Catedral Vieja, y amplió sus estudios universitarios, en concreto, con Teología y Lenguas Clásicas. Su primer parroquia fue la de San Pablo, donde estuvo cerca de nueve años, de 1964 a 1972. Pero sin duda, su máximo referente ha sido su labor en la iglesia de la Purísima durante 45 años, y de la mano de su compañero y amigo José Manuel Hernández. «Hemos estados los dos siempre, y es una situación que se da poco, tanto tiempo juntos y amigos desde la infancia», subraya Mangas.

En la parroquia de la Purísima estuvo trabajando por los demás durante 45 años

A esta parroquia del centro llegó con 36 años, en un tiempo de apertura que ha supuesto un trabajo que califica de «precioso». De su intenta etapa en la Purísima destaca tres cosas de las que se siente especialmente orgulloso, de menor a mayor. En primer lugar, resalta la creatividad, la originalidad de cada proyecto o idea. «En la parroquia hemos tenido desde un huerto de 1.000 metros cuadrados en lo que hoy es la Hacienda Zorita, donde plantábamos verduras, para dar trabajo a los desempleados de la parroquia, y que permaneció activo durante 15 años, hasta las publicaciones o proyecciones diseñadas con detalle para su labor pastoral, «que en determinadas épocas se salía de la normalidad».

Otro aspecto que destaca es el trabajo preciso y muy bien preparado con cada grupo con el que trataban, desde adultos a jóvenes, y como argumenta, durante 30 años se han reunido con cientos de personas cada semana. Entre otros, Fructuoso Mangas habla del grupo de Biblia o el de catequesis de adultos, entre muchos otros que componen la familia de feligreses de la Purísima. El tercer aspecto que resalta es el cuidado en todas las celebraciones, de contenido, formal, estético, dinámico, «ya sea una penitencia, una eucaristía, una oración o una fiesta cualquiera». Este sacerdote está convencido que con el cuidado exquisito y la dedicación «hemos llegado a la gente con calidad». Además, considera que para las celebraciones religiosas siempre han sido «muy libres», y no dudaban en emplear todo aquello que facilitaba la comunicación, como la imagen o el teatro. De esto último también se muestra especialmente orgulloso, porque considera que es el grupo estable de teatro que más años ha durado en Salamanca, compuesto de entre 10 a 15 personas, de 12 a 16 años,«elaborando un guión para cada domingo, con un trabajo enorme y apenas ensayos, teníamos que adaptarnos», y como reconoce, todo eso le ha enseñado a dominar el escenario, la palabra y el gesto, «una capacidad de maniobra y versatilidad en la vida para cualquier cosa».

Su parroquia no quiso dejar de lado a los que vivían en el antiguo barrio Chino

Durante su estancia en la parroquia de la Purísima también ha vivido sus desvelos, en especial, aquellos vinculados a su conservación. «Los feligreses han colaborado con muchos millones, antes de pesetas, ahora en euros, porque se trata de un edificio que es un saco sin fondo, pero lo hemos ido sacando adelante», asegura. A cambio de la restauración gratuita de una gran mayoría de los cuadros de la iglesia, el Museo del Prado albergó en Madrid durante seis meses el cuadro de la Purísima.

Cuando habla de su labor junto a los enfermos se emociona, no puede evitarlo. «Es muy importante ayudar a la gente enferma», subraya. Fructuoso Mangas cree que al final de tu vida uno está lleno de rostros, «de los que han estado cerca, en circunstancias extremas, cada persona vale cien libros, y cada enfermo vale por una enciclopedia». Con aquellos que están despidiéndose de la vida se convierte en lector, interpretador, acompañante, «servidor de gente enferma». Junto a José Manuel Hernández han atendido y atienden a muchísima gente enferma. Para este sacerdote, se trata de un servicio «humano y religioso». Con esta experiencia se crean unos lazos especiales, aunque también reconoce su dureza.

Otra labor que quiere resaltar es que durante su estancia en la Purísima, todos los días laborales, de 12:00 a 14:00 horas, tenían el despacho abierto para recibir a la gente, de lunes a viernes,«y nunca tuvimos un rato libre en ese espacio de tiempo». Para Mangas, se trataba de una dedicación mantenida de un fruto grande, «porque allí conocías a mucha gente, con una humanidad increíble».

Por otra parte, también tiene muy presente la labor realizada en el antiguo barrio Chino, antes de transformarse en lo que es en la actualidad. «Antes eran casas de planta baja, llenas de gente humilde, con bastante prostitución», describe. Al respecto, la parroquia invirtió dinero, esfuerzo personal y disgustos, «para mejorar la situación de toda aquella gente». De hecho, también lucharon con las instituciones para que mejoraran la situación del barrio. De aquella etapa recuerdan de forma muy especial la labor de lasHijas de la Caridad, que vivían en el barrio, y todo lo que fueron consiguiendo, como construir una escuela prefabricada para que los niños fueran a clase, así como apoyar a gente si apenas recursos, y lamente que la ciudad mirase para otro lado, «nadie dejaba que sus hijos fueran por allí, era un problema de soledad y abandono». Pero desde la parroquia nunca les abandonaron.

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