«Soy peregrino, hasta que se acabe, y vayamos a nuestra propia patria que está en otro sitio»

Manuel junto al delegado de Misiones, José María, en el patio del obispado de Ciudad Rodrigo. / S. G.
Manuel Fraile Calvo - Misionero salesiano en Timor

Natural de Lumbrales, regresa cada tres años a pasar unos días con su familia y aprovecha para saludar a sus compañeros de diócesis

Silvia G. Rojo
SILVIA G. ROJOCiudad Rodrigo

De pequeño hubo un tiempo en el que quiso ser torero. Atravesó la época en la que como tantos, los suyo era el fútbol pero finalmente pudo más la vocación y el deseo de ser cura.

Manuel Fraile Calvo nació en Lumbrales hace 73 años aunque los últimos 50 años los ha pasado entre Filipinas y Timor, su último destino y donde vive desde hace 31 años. Donde, en definitiva, es uno más, a pesar de que todos los misioneros, sobre todo los que llevan mucho tiempo fuera, tienen que asumir ese problema de adaptación: ni de aquí, ni de allí. Vuelve al lugar que le vio crecer cada tres años, pues allí le esperan sus hermanos y aunque los cambios son muchos, los más mayores le siguen recordando, cuando le ven en la parroquia, como «el hijo de Nati y don José».

–¿Cómo es su día a día?

-Con 73 años yo ya estoy en la tercera edad y pedí que me relevaran de los puestos de responsabilidad porque de fuera ya quedamos poquísimos y es justo que los nativos asuman responsabilidades. Tenemos vocaciones, este año tenemos siete curas nuevos y religiosos nuevos, novicios, cada año hay entre 12 y 14 novicios, este año tenemos 15 y luego 8, 10 ó 12 profesan y después vienen a la filosofía, continúan en el seminario y yo estoy con los estudiantes de Filosofía, estoy de padre espiritual, les enseño latín y para eso me tuve que ir un mes a Roma para repasar, también les imparto inglés, introducción a la Teología. El párroco me pidió que le echara una mano, hago confesiones, así que estoy lo suficientemente ocupado. Los ratitos libres que tengo, ha surgido un proyecto que yo creo que ha sido inspiración del Señor, hacer una cosa que la iglesia local necesita, que todos lo piden pero nadie les echa una mano y es traducir la Biblia a la lengua franca, el Tétum. Ya hemos publicado este año el Pentateuco, ahora estoy acabando el segundo libro de crónicas, poco a poco. Esperando que el señor me dé otros 10 ó 20 años, no sé cuándo acabaré.

-¿Cada cuánto vuelve a Lumbrales y allí, a quien se encuentra?

-Vengo cada tres años y aquí tengo un hermano y una hermana. También voy a Barcelona donde tengo otros dos hermanos, aunque esta vez no sabía lo del uno de octubre (sonríe).

-¿Cómo se siente cuando uno vuelve a su pueblo?

-Es ya una rutina cada tres años, llevo 50 años fuera y la gente mayor del pueblo me conoce, yo conozco a alguien, a los jóvenes ya no les conozco. Cuando me ven en la iglesia dicen: éste el hijo de Nati y don José.

-¿Encuentra muchos cambios en Lumbrales cada vez que regresa?

-Físicamente ha cambiado en el color y en la forma. Hay mucha obra y está todo asfaltado, muy bien iluminado, mucha casa nueva. La realidad es que crece físicamente pero en humanidad, la gente está muriéndose, uno detrás de otro, nacimientos poquitos. Poquitos niños y muchos viejos y ahí están las dos residencias y están terminando otra con un montón de gente esperando para entrar.

-¿Dónde se plantea acabar sus días?

-Me gustaría llegar, por lo menos hasta que acabe la Biblia (bromea), pero allí. Todos los misioneros, por los menos los que llevamos bastantes años tenemos un pequeño problema de adaptación. Cuando llegamos caemos en otro ambiente, otro contexto cultural, hasta el lenguaje está cambiando y las formas, las costumbres y el comportamiento de la gente es otra cosa, sobre todo en estos tiempos el cambio es mucho más fuerte desde una zona tan religioso y cristiana como es allí, venir a una zona que está en proceso de secularización. Hasta las comidas de aquí las encuentro raras.

-¿Cuáles han sido los momentos más duros que ha vivido?

-Siempre hay desafíos y desilusiones y dificultades. Pones toda tu ilusión, el cariño, pero luego la gente o incluso nuestros propios hermanos lo ven de otra manera. Algo que sí nos produce una pequeña herida que hay que acostumbrase a llevarla es el hecho de ser, por mucho que te integres, el misionero siempre es un extranjero. Llevo 30 años, me han dado la ciudadanía, pero los niños cuando pasan ven el tipo blanco y dicen: ‘malai’, extranjero, no es insulto pero a los niños les parece raro, un tipo especial que viene de otro mundo.

-Al final, ¿ni de allí ni de aquí?

-Eso hay que asumirlo y sacar inspiración del Evangelio y ver que en la palabra de Dios todos somos peregrinos. Cuando vengo también soy peregrino y allí estoy en plan peregrino hasta que se acabe y al final vamos todos a nuestra propia patria que está en otro sitio.

-¿Hay algo de lo que se sienta especialmente orgulloso?

-Hay tantas cosas... El ejercicio de pastoral con la gente, de ser correspondido, de ver cómo agradecen y cómo te piden la bendición. Para un sacerdote los más gratificante será, probablemente, el sacramento de la reconciliación, porque la gente viene y con qué sentimiento te echan allí sus pecaditos, sus pecadotes, las confesiones son parte ya de la cultura, algo que aquí es raro pero allí la religión es parte de la cultura y un sacramento que humanamente es necesidad, es sacarse lo que más pesa, tirar lo que nos duele y la gente que viene sobre todo esperan a los grandes tiempos de reconciliación cerca de la Navidad y Cuaresma. Se organizan confesiones y vienen durante horas y horas la gente.

-¿Se ha sentido alguna vez amenazado?

-Por lo menos una vez cuando los del referéndum famoso. Fue diferente del que están organizando ahora, con más garantías. De una parte estaba la gente que protegía al pueblo, la ONU, y de otra el ejército de Indonesia que dieron fusiles a los locales para cubrir la retirada porque sabían que se tenían que ir y destruyeron todo. Llegó un momento que tirotearon donde estábamos, el comedor y al final les tuvimos que entregar las llaves de un coche que nunca más vimos, me enteré que lo que metieron en el barco y lo llevaron para su tierra. Ahí sí que tuvimos un poquito de miedo pero por lo demás no, con la gente local ningún problema, al contrario, hay muchísimo respeto al clero, es un respeto sagrado.

-¿Si no hubiera sido misionero que hubiera sido?

-Yo de chico ya empecé a decir que quería ser torero cuando mi padre me preguntaba. Al año siguiente cambié de opinión cuando empecé en el instituto en Salamanca y los amigos hicimos un equipo y quería ser futbolista. Pero al final, siendo monaguillo y eso, me entró la cosa de ser cura.

-¿Se ha arrepentido en algún momento de tomar esa decisión, de dar ese paso?

-Absolutamente no. La experiencia personal propia es que este camino que he hecho ha sido acompañado delicadamente, amorosamente, por el Señor y ha ido ‘in crecendo’. Ha habido un crecimiento, de parte del Señor ayuda y he aprendido y sigo aprendiendo, y sigo descubriendo y sigo con sorpresas continuas, como este recibimiento.

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