«Las parroquias hoy en día tienen que tener sus puertas hacia fuera»

Juan Andrés Martín y Tomás Gil, en el interior de la parroquia del Nombre de María./Laya
Juan Andrés Martín y Tomás Gil, en el interior de la parroquia del Nombre de María. / Laya
Tomás Gil y Juan Andrés Martín Unidad - Pastoral ‘Cristo, Luz de los Pueblos’

Durante más de dos décadas, estos dos sacerdotes han compartido su labor pastoral, en especial, en la provincia

EVA CAÑASSalamanca

. Su paso por el seminario de Villamayor les marcó de cara a emprender su labor pastoral. Tomás Gil, a escasos meses de cumplir sus bodas de plata como sacerdote, y Juan Andrés Martín, un año menos, siempre han compartido su dedicación a la Iglesia en las mismas misiones, con el planteamiento de fraternidad apostólica. Desde hace dos años están al frente de la Unidad Pastoral que han denominado ‘Cristo, Luz de los Pueblos’, y que ahora conforman un total de cuatro parroquias: Nombre de María, Nuestra Señora de la Asunción (Puente Ladrillo), San Isidro y San Francisco y Santa Clara.

Como precisa Tomás Gil, su labor pastoral la realizan al estilo de Jesús, «que enviaba a su apóstoles de dos en dos», y que según detalla, es una manera de vivir el ministerio, «tal y como se vivió en aquel momento, donde el envío en solitario ni tenía sentido».

Entre las cuatro parroquias que llevan en la actualidad suman más de 22.000 habitantes, ante una realidad que va cambiando.

Juan Andrés y Tomás repasan los inicios de las primeras parroquias de esta zona de la capital, de origen muy humilde, cuya matriz era la iglesia de Sancti Spiritus. «Los párrocos que había entonces, entre ellos Heliodoro Morales, tuvo el atrevimiento de decir que había que salir de allí, a la periferia, donde empezaba a llegar mucha gente», subrayan.

El barrio nada tiene que ver con lo que es ahora. Con casas bajas, sin agua ni alumbrado público y unas calles sin asfaltar. Mucha población llegó a esta zona atraída por la industria que allí se estableció, como Tejisa, de calzado o una de plásticos, años más tarde. Estos dos sacerdotes repasan unas décadas marcadas por el movimiento social que nació del seno de las parroquias, desde donde reivindicaban el asfaltado de su calles, «o la creación de una guardería en la de Puente Ladrido y el Nombre de María, o una pastelería en esta última», precisa Gil.

En la historia de las parroquias del barrio tuvieron una presencia importante el IMS(Instituto de Misioneras Seculares), como apuntan, así como al sacerdote salesiano Jesús Arambarri o los sacerdotes pioneros como Heliodoro Morales y después, Antonio Romo, en Puente Ladrillo. «Y la infinidad de personas que de una manera desapercibida han trabajado muchísimo por el tema del barrio y de la Iglesia», sentencia Tomás Gil.

Antes de la Democracia, «la Iglesia ayudó a la gente a pensar», subrayan, a tener un espíritu crítico de la realidad, «todo unido desde la fe». Y ambos reflexionan sobre el momento actual:«Estamos en un momento más apasionante porque ahora es un diálogo con la gente desde la libertad no desde la necesidad». Estos sacerdotes creen que el bienestar material ha hecho que cada persona se encierre en su mundo, «el individualismo», aunque en el barrio donde ahora desarrollan su labor «hay un conocimiento de la realidad».

En esa zona sí reconocen que hay problemas sociales, pero se pueden abordar. Una vez al mes se reúnen con los trabajadores sociales de los CEAS y Cáritas para analizar la situación del barrio. «Es una zona tranquila y en parte gracias a ese trabajo conjunto», afirma Gil.

Respecto a su labor actual, comparten lo que le pasa hoy a la Iglesia, y el compromiso, según describen, de avivar la vida de comunidad parroquial, «poner más fuego en el hogar, como se dijo en la Asamblea Diocesana». Su apuesta es por un proyecto de fraternidad, «en el que nos conozcamos más, a la gente de la parroquia, y hagamos más vida en común unos con otros, siguiendo a Jesús».

Tomás Gil insiste en que la gran novedad y el desafío ya no es la necesidad del hombre, lo material, «sino de la libertad». Como aclara Juan Andrés Martín, antes la gente venía a la parroquia porque no tenía nada para comer o su hijo no estaba escolarizado, etc., «y una manera de agradecerlo era estar en ella, pero hoy en día, si va a la parroquia es porque lo necesita, lo quiere y lo busca».

Los dos también coinciden en una frase: «Las parroquias no tienen que tener las puertas hacia dentro, tienen que abrirse hacia fuera, y tienen que ser al revés que antes, la parroquia tiene que estar donde está la gente», confirman.

Y también se cuestionan:«¿Qué ha pasado con esa gente que ha ido enfriando la fe? ¿Cómo ofrecer el Evangelio?», a lo que ellos mismos se responden que a través de experiencias pequeñas, sencillas, no espectaculares, «del día a día», y dar pie a que los otros carismas de la Iglesia tengan su importancia, como los religiosos y los laicos. Asimismo, aseguran que la salida ahora mismo es difícil, «pero toda la comunidad tiene que estar implicada».

Otra de sus propuestas es que desde la Iglesia, «se ponga a Jesús en el centro de nuestra vida, saber desde quién lo hacemos, desde Él, y tenemos que poner ese fuego en la vida de la Iglesia, que nace del encuentro con el Señor y de los hermanos», argumenta Gil. Esta sacerdote también detalla que vivimos tiempos nuevos, y un cambio de época histórica, «donde lo único que va a resistir es lo pequeño».

Juan Andrés y Tomás quieren que la Iglesia sea más familia de Dios, «y que seamos misioneros en ese sentido, porque al mundo no hay que echarle ningún pulso, no somos una alternativa para el mundo».

Dentro del repaso a la situación actual, ambos sacerdotes aseguran que se vive un momento en la Iglesia que les acerca a los primeros tiempos de la misma, «por esa manera de ofrecer el Evangelio, de salir, y lo que hacían los apóstoles era dejar prendidos pequeños fuegos de luz en cada lugar de aquel imperio Romano, con sus cosas buenas y malas, y quedaban prendidas en ciudades y pueblos, pequeñas luces que eran las comunidades que ardían en medio de la oscuridad y prendían en el corazón de la humanidad.

En cuanto a sus orígenes, Juan Andrés procede de las entrañas de La Armuña, de Pajares de la Laguna, de una familia humilde volcada en las labores del campo. Se ordenó hace 23 años, en 1994, y su vocación nació cuando acudía a catequesis, de niño, y a la hora de leer el Evangelio, «cómo me lo contaban». Con 14 años entró en el seminario menor.

Por su parte, Tomás Gil es de Peñaranda de Bracamonte, nacido en el año 1965 y ordenado como sacerdote en 1993, 24 años, por lo que en 2018 celebrará sus bodas de plata. E su caso vivió de cerca la vocación católica, por parte de su abuela y tía especialmente, porque sus padres tenían un negocio y era más complicado para ellos. En su adolescencia desconectó un poco de esa realidad pero su encuentro definitivo con Jesús fue a través del Evangelio, «de leerlo, donde yo sentía que las palabras que decía Jesús, sobre todo las que estaban más ligadas a los apóstoles, me las dirigía también a mí».

Los dos sacerdotes son capellanes de la Hermandad Franciscana de Salamanca.

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