«Los jóvenes son siempre reto para la Iglesia en todos los espacios pastorales»

Esteban Díaz Merchán, en la puerta del Colegio Maestro Ávila, en Salamanca, esta semana. / Marjés
Esteban Díaz Merchán Sacerdote

MARÍA JESÚS GUTIÉRREZMogarraz

Esteban Díaz Merchán, de 51 años, es sacerdote desde hace 26 años, cuando fue «llamado por su inmensa gracia a servir a la gente a través de su Iglesia, y contando con mis debilidades», según él mismo afirma. En este tiempo mucho le ha dado tiempo a hacer y lugares a recorrer antes de llegar a la provincia de Salamanca, donde actualmente ejerce su ministerio en los municipios de Mogarraz, San Martín del Castañar, Cereceda de la Sierra y Las Casas del Conde, además de formar parte del equipo pastoral del colegio Maestro Ávila en la capital.

-¿Cuál es el trabajo que realiza en Salamanca?

- Soy miembro de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que me confió colaborar en el Colegio Maestro Ávila (Salamanca) en el equipo de Pastoral, junto a otros profesores. Mi trabajo en la Diócesis de Salamanca es acompañar desde octubre de 2014 las comunidades cristianas de las parroquias de Mogarraz, San Martín del Castañar, Las Casas del Conde y Cereceda de la Sierra.

- ¿Y antes de llegar a Salamanca?

- He sido encargado de tareas sacerdotales diversas en siete destinos. He trabajado en seminario menor, seminario mayor, parroquias de barrio en ciudad, parroquia de urbanizaciones, he impartido clases en instituto público y en seminario, y ahora vivo mi ser sacerdote en el colegio y en comunidades del mundo rural. He vivido en Toledo, Madrid capital, Guadix (Granada), Valladolid, Majadahonda (Madrid) y Salamanca.

- Mucho movimiento. ¿Cuáles son sus raíces?

- Soy toledano, pero “me nacieron” en Madrid. Mi pueblo de pacer es Val de Santo Domingo. Mi familia es de gente sencilla y buena. De ellos aprendí a poner oído a la vida y a Dios. Mi padre, agricultor y albañil, y mi madre siempre atareada en el hogar, nos mostraron en casa el camino de lo sencillo y profundo, intentando hacer las cosas bien. Mi hermana y su familia, y la familia más amplia vivimos dispersos, pero gracias al “guasap” contactamos con frecuencia, para las risas y las lágrimas… y para las migas familiares de cada invierno.

- ¿Los sacerdotes tienen una infancia y juventud normal?

- Habrá de todo… A mí me gustaba el fútbol y la música heavy. Los sacerdotes de mi entorno en el pueblo llamaron mi atención, porque no eran “poderosos”, sino entregados y generosos. Seguro que Dios se sirvió de ese virus vocacional en mi caso. Siendo yo un jovencito de 12 años, el cura de mi pueblo, con gran sentido práctico, nos ilusionó a un grupo de monaguillos y nos recibieron en el nutrido Seminario de Toledo. Allí ahondamos en nuestra formación humana y cristiana. Eran los años finales de los 70, con sus melenas incluidas. En este seminario conocí a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que desde entonces me acogió y es también mi familia de fe. De estos sacerdotes me impactaba su cercanía, su convivencia jovial y fraterna. Trataban con cariño a mi familia, a todas. Un operario macoterano me propuso continuar mis estudios en Salamanca con los operarios. Siempre agradeceré a mi familia los esfuerzos económicos de esos tiempos… y la esperada y tranquilizadora beca de estudios.

- ¿Y lo de ser sacerdote? ¿Una llamada al móvil de parte de Dios?

- Salamanca y el Aspirantado Maestro Ávila, en la calle Fonseca, fue otro descubrimiento. Tiempo duro de estudio, a la vez que mucha confianza en un real clima de familia, aliñado con oración, silencio, deporte, amistades, campamentos… La llamada de Dios en mí iba creciendo sin ruido. Jesucristo me ganó y aceptó mis cualidades y mis pobrezas. Años de búsqueda y respuesta a Cristo y su Iglesia… ¡Todos nos jugamos la única vida que tenemos! Después de los Estudios de Teología en la ‘Ponti’, me destinaron a Madrid, a la Parroquia de San Cristóbal y San Rafael, donde recibí la Ordenación Sacerdotal; era 1991.

- ¿Siempre ha desarrollado su labor sacerdotal conviviendo con otros sacerdotes?

- Sí. Esto es lo peculiar de nuestra vida como sacerdotes operarios. La vida en equipo, en grupo, en colaboración. Los otros te llevan adonde tú nunca llegarías solo. Es alentador trabajar junto a otros y vivir lo excepcional y también lo aburrido; los triunfos y también las decepciones. Si como sacerdotes no somos personas enteras, no habrá mensaje creíble sobre Cristo que podamos anunciar. Vivir en comunidad es un regalo, una oportunidad, pero también una tremenda exigencia, llena de tropezones. La Hermandad a la que pertenezco es una Asociación Sacerdotal fundada en Tortosa (Tarragona) en 1883 por el sacerdote Manuel Domingo y Sol que se desvivió por los seminaristas pobres e incrementó la formación sacerdotal en España y otros países. Su intuición fundamental es vocacional: Dios llama a todos porque nos ama y nos salva. Y después comprobó que la tarea, en la asociación sacerdotal que él inició, era fundamental realizarla en equipo, ayudándose y corrigiéndose como hermanos.

- ¿Qué ha encontrado en su vida en los pueblos de la Sierra de Francia a los que ahora está unido?

- Fue un notable contraste con mi realidad sacerdotal anterior. Venía de un ambiente urbanita, de una querida comunidad amplia con muchas familias, jóvenes y niños durante todo el año. Y aquí, en medio de los pueblos de esta exuberante y mágica Sierra, encontré el regalo de familias acogedoras y la sabiduría y paciencia y saber estar de la gente mayor. Y sigo aprendiendo… En los tiempos que convivo en las comunidades siempre hay sorpresas personales; remarco algunas positivas: charlar un buen rato con quien te encuentras, visitar y confortar a personas enfermas o impedidas, hablar con quien tiene alguna necesidad, orientar hacia servicios sociales o de orden institucional, felicitar por acontecimientos alegres, acoger las lágrimas del duelo o las enfermedades, compartir alimento y refresco en los hogares, o si se tercia en las bodegas o bares… En definitiva, vivir ese momento como único, irrepetible. Y vivirlo en Cristo; los clásicos decían “vivir en presencia de Cristo”. Muchos pretextos son buenos para hacer de la vida el arte del encuentro. Con frecuencia pienso ¿Qué haría Jesús, y cómo? También hay situaciones generales muy dolorosas; serían numerosas de citar; subrayo la falta de expectativa laboral para quienes quieren mantener su familia, especialmente los jóvenes, y el abandono del mundo rural por las instancias públicas.

- ¿La eucaristía del domingo os tiene muy ajetreados a los sacerdotes del mundo rural?

- Sí. Quisiéramos llegar a todos los pueblos y comunidades. Pero las cuentas no salen y eso de “un cura, un pueblo” es ya del siglo pasado. Debemos hacer kilómetros de carretera, pero, sobre todo, hemos de relanzar el rostro renovado de una Iglesia Conciliar y Evangélica que nos anima a compartir misión con los seglares, a crear cimientos de comunidad, a estar cercanos a los más débiles, a celebrar la vida, en definitiva, a confiar más en Dios y menos en nuestros programas. Si la eucaristía no nos lleva a ese estilo de vida, es que lo estamos viviendo mal, y poco importa si el templo está lleno por ser las fiestas del pueblo. La eucaristía del domingo es el culmen de la semana que hemos vivido y quiere ser la fuente que alimente la semana por venir. Cada eucaristía es recibir alimento y cobijo de Dios, un tomarnos el pulso sobre nuestra vida y afrontar retos.

- ¿Cómo llegar a todos los municipios, sobre todo, en días en los que la actividad se triplica?

- Efectivamente. Soy de un pueblo, pero hasta ahora no había sido sacerdote para varios pueblos. Lo primero que agradeces es la vida de sacerdotes anteriores, que desde hace décadas, inviernos duros y veranos agobiantes, han sacrificado su ministerio para llevar a estas comunidades la Buena Noticia de Jesús. Experimento caminar por un cauce ya roturado. También agradecemos los sacerdotes la vida de personas que en cada Comunidad cuidan la vida parroquial con todo interés, desde las cosas de sacristía, hasta los importantes detalles sobre personas o situaciones de cada pueblo. Estas personas merecen agradecimiento pues están enraizados en el Evangelio, sin reclamar ningún reconocimiento. Mencionaré lo importante que es, en nuestra Diócesis y en este Arciprestazgo de la Virgen de la Peña, trabajar y orar por vivir en verdadera comunión, interesados ahora en el aterrizaje de la Asamblea Diocesana 2014-6. Y luego, en el día a día, sigue lo importante cuando estás con cada persona, con cada familia, con cada grupo. La tarea del sacerdote es una labor a fuego lento, al modo artesanal, dando importancia a los detalles, y sin esperar recompensas. Ojalá tuviéramos tiempo abundante para poder darlo y menos kilómetros que recorrer.

- ¿Qué claves encuentra en su trabajo con los jóvenes del colegio y los de la Sierra?

- Los jóvenes son inquietos y buscadores en todos sitios. Los educadores intentamos ofrecer a los niños y jóvenes valores que brotan del Evangelio de Jesús para que sean personas y ciudadanos íntegros: una clave esencial es la inclusión, valorando a todos, especialmente a los más débiles, pues todos valemos, tenemos valor por “ser” hijos de Dios y no por lo que podamos hacer o lograr. También fortaleciendo la idea de grupo, de comunidad, generando cauces de trabajo cooperativo. A la vez intentamos desarrollar actitudes para que los jóvenes sean personas libres, críticas, sanas afectivamente. En el Colegio Maestro Ávila esta oferta educativa está organizada; somos un Centro Educativo Privado Concertado, con Educación Infantil, Primaria, Secundaria, Bachillerato y Ciclo Formativo en Artes Gráficas, y nuestro Departamento de Pastoral trabaja desde hace muchos años para ser un cauce que favorezca estos valores evangélicos; además explícita el mensaje cristiano celebrándolo. En los pueblos es más complejo para todos los sacerdotes, pues los jóvenes tienen su propio espacio educativo y participar en los actos religiosos o vincularse a la parroquia pasa por la decisión libre. Los jóvenes son siempre reto para la Iglesia en todos los espacios pastorales.

- ¿Cuál es la situación más difícil que le ha tocado vivir cómo párroco? ¿Y la qué más satisfacción le ha dado?

- Dice un cantautor moderno algo así: «Puedes olvidar con quien has reído, pero nunca olvidarás con quién has llorado». Las situaciones difíciles tienen que ver con la vida y la muerte. En cada entierro, en las visitas hospitalarias, intento calzarme las zapatillas de quienes sufren su enorme pesar. Todas estas realidades son duras. Experiencias necesitadas de vida auténtica. Y Cristo lo es.

Y en lo positivo, insisto en la realidad cotidiana del momento a momento. Cada encuentro con alguien es un mundo abierto al misterio de la otra persona y del Otro (Dios mismo en él). Y es que la vida es el arte del encuentro. Me gusta recordar esta frase del Talmud: «Quien salva una vida salva al mundo entero». En cada persona están todos. En cada minuto actual está toda tu vida.

Con especial alegría recuerdo las veces que puedo caminar un día o unas horas con alguna persona o grupo, por los caminos de la Sierra de Francia. Sigo aprendiendo senderos que me enseñáis los serranos. A veces voy con jóvenes, otras con adultos. Me encanta aprender especialmente de los más mayores, que trabajaron estas tierras… me impresionan los ‘paredones’ serranos, arquitectura laboral civil de años y generaciones.

- ¿Qué diferencias existen en ser párroco en el ámbito rural y en el ámbito urbano?

- He sido sacerdote en un barrio trabajador, en la Parroquia de Santa Teresa, en La Rondilla de Valladolid. Y durante estos últimos años estuve en la Parroquia Beato Manuel, en Majadahonda. Y puedo afirmar que las personas somos ‘una a una’. Hay virtudes y fallos en todos nosotros. Las generalizaciones no ayudan, aunque siempre los más pobres nos enriquecen, y los más sencillos son más avezados en encontrar lo importante de la existencia humana. Hay gente buena en todos sitios.

- ¿Hacia dónde cree que camina la Iglesia?

- No tengo nada de profeta. Sé que siempre hace falta confianza para dar el siguiente paso. En la vida religiosa y eclesial sucede igual: Si confiamos en Jesucristo todo marchará. Si nos descentramos crece enseguida la desesperanza. Para los cristianos es esencial vivir de Jesucristo; y desde él para todos. Si Cristo está, todo marcha, aunque aparentemente arrecie en la vida privada o en el plano social y público.

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