Imponente Perera, imponentes montalvos

Los tres toreros, a hombros al finalizar la corrida en la plaza de toros de La Glorieta en Salamanca.
Los tres toreros, a hombros al finalizar la corrida en la plaza de toros de La Glorieta en Salamanca. / EFE

Un quinto toro de notable calidad y una faena de soberano dominio del torero de la Tierra de Barros. Corrida de formidable seriedad de Montalvo. Un palco facilón, los tres espadas a hombros -Ponce y Marín junto a Perera- y vuelta al toro de la tarde

BARQUERITO / COLPISASalamanca

La corrida de Montalvo, de tremendo cuajo y bien hecha por corta de manos, fue muy ofensiva. Cuatro toros -los dos de Ponce, los dos de Perera y el sexto y último- habrían pasado en la plaza que fuera. Madrid, Pamplona, Sevilla o Bilbao. Después del desenjaule, preceptivo en Salamanca, se había ponderado su seriedad. Al ir asomando por turnos para la función final, la impresión primera quedó multiplicada.

De distinta condición, los seis toros salieron briosos. Galoparon casi todos. Y a todos, salvo al tercero, se les aplaudió de salida. Rematadas las dos primeras corridas de la feria, la de Matilla del miércoles y la de garcigrandes del jueves. La de Montalvo se salió por la tangente. No solo por cumplir los 570 kilos de promedio, sino por eso que llaman expresión los ganaderos que hilan fino.

Los seis se emplearon en puyazo único y severo. Primero, cuarto y sexto pelearon con bravura en el caballo. Corrida encastada, pero no hubo dos toros iguales. Ni el escaparate ni la conducta. Dos toros cinqueños: el cuarto iba a cumplir el tope reglamentario de los seis años dentro de mes y medio, el quinto era tan solo tres meses menor. Fueron los dos de más cara. El cuarto, percha monumental, astifino, abierto, algo bizco y un punto cornipaso; el quinto, apaisado, tan abierto como el cuarto pero más armónica armadura. El que partió plaza, muy descarado y bizco, lucía un garfio izquierdo de atragantarse. Solo que dos de esos toros tan respetables, los dos de Ponce, descolgaron y humillaron en cuanto tomaron engaño, y por eso mismo, por no ser agresivos ni el uno ni el otro, las puntas y la cara impusieron lo que debe imponer un toro de primera. No más.

El sexto fue el único de expresión fiera, nervioso, una punta de genio. Ningún otro peleó en varas con tanto estilo antiguo, pero no pudo con el caballo. Agustín Navarro se agarró con él en un puyazo memorable. La cuadrilla de Ponce pasó un quinario para banderillear al primero; la de Perera dejó probado que es ahora mismo, y con diferencia, la mejor del escalafón. El espectáculo, en fin, fue de una llamativa seriedad. Con dos lunares: al rey mago del palco se le fue la mano con una ligereza excesiva y el contrapunto de la música, una auténtica tabarra, restó y no sumó en los momentos mayores.

El mayor de ellos fue una faena de esas tremendas tan de la firma de Perera, que se enganchó con el quinto desde el primer muletazo y donde estaba el toro, en una querencia de rayas de sol que iba a acusar más tarde, y sin echar ni cuenta del viento, que lo descubrió dos o tres veces, ya solo en la segunda tanda se había estirado con un compás y un ajuste espléndidos. Y su firmeza propia, irrenunciable, manifiesta en la ligazón, que fue, junto al temple de largo trazo, la nota de fondo de esa faena de soberbio encaje y abundancia casi apabullante.

Pareció que Perera buscaba provocar el indulto al cabo de no menos de siete u ocho tandas más que cumplidas, de cinco y seis muletazos ligados o cosidos, siempre bien abrochada la serie que fuera. Un delirio cuando Perera firmó dos tandas enroscadas sin ceder un milímetro y gobernando el viaje del toro por las dos manos y en las dos suertes. En la distancia que mejor convino al toro, variando terrenos y midiendo las pausas, Perera no dejó a la gente tiempo ni de aplaudir. Estaba todo el mundo con la boca abierta. No el toro, que, fiel a su primea querencia, se abrió dos o tres veces y hasta estuvo a punto de largarse. No consintió Perera. Una estocada trasera. Vuelta al toro. Se lo pensó el palco un rato.

Buenas estocadas de Ginés

Con el son de ese quinto no hubo ningún otro. Empezando por el segundo de la tarde -las manos por delante, un batacazo, aplomado- con el que Perera se pasó de metraje. Y siguiendo con el temperamental sexto, el más agresivo de todos, que puso en jaque y a prueba más el carácter de Ginés Marín que su sentido del toreo, ajeno de momento a esa clase de toros. Haciendo honor a su fama de estoqueador a lo Camino, Ginés cobró las dos mejores estocada de la tarde. La del sexto, excepcional. El tercero de corrida, rebrincadito, algo distraído y escarbador pero manejable, también rodó de gran estocada. Con cuajarones de vomito. Antes, una faena sencilla y airosa, breve.

Para Ponce fueron los toros de las perchas mayúsculas. Hizo de tripas corazón. El primero salió desbaratado de un puyazo de Manolo Quinta, enterró pitones y se apagó. Ponce abrevió. Con el cuarto, que metió a modo los riñones en otra dura vara, se acopló en cuatro lances de saludo bien tirados. Lo vio claro Ponce. Con toda su artillería, el toro fue el más sumiso de la corrida. O el único que de verdad lo fue. Una faena adecuada, de sello poncista por la colocación, la intuición, la elección y acortamiento de terrenos -dar adentros al toro fue la solución-, paseos de refresco y, aunque el toro había pedido la cuenta a los veinte viajes, larga faena con sus dosis de humo, sus molinetes de entrada, sus estudiados gestos, su abanico y aquí no pasa nada. Una estocada desprendida después de haber sonado un aviso. Y otro aviso más antes de animarse Ponce a descabellar. Acertó a la primera.

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