«Mis homilías son sencillas porque así llegan a todo el mundo»

Florencio Jesús González, en una zona de la Casa de la Iglesia. / LAYA
Florencio J. González / Pastoral del sordo

Volcarse con los fieles sordos le ha permitido contar con una mayor sensibilidad a la hora de trasmitir el mensaje del Evangelio

EVA CAÑAS / WORDSalamanca

Dentro de unos días, el 9 de julio, Florencio Jesús González recordará que hace 50 años se ordenó como sacerdote, lo que quiere decir que este año está celebrando sus bodas de Oro. Un momento adecuado para repasar su trayectoria desde que decidió volcar su vida a la Iglesia y a sus fieles. Su localidad natal es Vitigudino y creció en el seno de una familia numerosa, de diez hermanos.

Pero el rumbo de su vida en parte estuvo marcado por una de sus hermanas, sordomuda, que le llevó a ser responsable en la Diócesis de Salamanca de los fieles sordos. Esta dedicación no ha sido continua ya que en un periodo de tiempo tenía tantos pueblos que atender que le fue imposible seguir con la actividad. Pero nunca se desvinculó del todo de esa vocación por ayudar a transmitir la palabra de Dios a los que no pueden oír.

Para hablar de esta labor, González, actual párroco de Matilla de los Caños, recuerda el Evangelio, en concreto, a Lucas, 7, 22: «Y respondiendo Él, les dijo: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos reciben la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el Evangelio».

En el mismo año en el que se ordenó, en 1967, el por entonces obispo, Don Mauro Rubio Repullés, le encomendó la tarea de ocuparse de los fieles sordos, y eso hizo. Uno de sus primeros destinos fue la parroquia de Cristo Rey, en el barrio Vidal, donde estuvo ocho años.

Al tiempo se hizo cargo de la parroquia de Vega de Tirados y de Tirados de la Vega. «En esa época también trabajaba con los sordos, a los que atendía jueves y sábado, o domingo, según mis misas», recuerda. Durante esos primeros años con ellos su labor fue intensa. De hecho, les consiguió un local de reunión y encuentro en la calle Sorias, que era de las Úrsulas, y precisamente en la iglesia de esas religiosas era donde se celebraba la eucaristía para los sordos. En ese momento, acudían cerca de 70 personas sordas, que incluso llegaron a constituirse como Agrupación Salmantina de Sordomudos, «con sus carnés personalizados», evoca Florencio Jesús González.

Con el primer grupo de sordos llega a crear la Agrupación Salmantina de Sordomudos

Como responsable de la pastoral de sordos, este sacerdote salmantino recuerda con especial cariño su presencia en una reunión mundial y ecuménica, es decir, de todas las religiones existentes en ese momento, en Ginebra (Suiza), con todos los capellanes de sordos de diferentes países. Asimismo, en esa cita también acudieron los primeros sacerdotes sordos del mundo y de España, a los que pudo conocer en persona y tratar con ellos. «Conocí a capellanas de sordos de La India, Sudáfrica, entre otros países». Precisamente, con el primer sacerdote sordo de España, el padre Agustín Yanes, y junto a otro grupo de personas, iniciaron el grupo de pastoral de sordos por todo el país.

Florencio Jesús González detalla que para hacerse entender por las personas sordas en la eucaristía, utiliza un lenguaje sencillo, y no tan técnico como la lengua de signos oficial. De hecho, casi al hablar le sale gesticular cada palabra. De hecho, muestra como signa el Padrenuestro para que los fieles sordos sientan esta oración. «Hablo y gesticulo a la vez, de una forma sencilla, y de hecho así son mis homilías, para que las pueda entender todo el mundo», reconoce. Pero solo tiene palabras bonitas de su experiencia con las personas sordas: «Son muy solidarios y agradecidos», relata, aunque quizás, por añadir algo, piensa que en ocasiones desconfían, «porque no saben lo que dicen de ellos en ocasiones, o si se ríen pueden pensar que es de ellos, etc.». Este sacerdote si capta que agradecen de corazón que sea el transmisor de algo tan importante para ellos; que es el Evangelio, la Comunión. Sin olvidar otras tareas como el sacramento de la Confesión si así lo demandan, o la Unción. Asimismo, ha oficiado bodas y funerales para personas sordas. «Ellos tienen que seguir con mucha atención mis palabras y gestos para no perderse, y así lo hacen», subraya.

En su primera época con las personas sordas también viajó con ellos a diferentes ciudades, donde se reunían con otros sordos, o a modo de anéctoda, iba con ellos al cine,«y aunque parezca complicado, al final no necesitaban mi ayuda para entererse de la trama de la película», sentencia Florencio Jesús.

El pequeño parón que tuvo en la atención a las personas sordas, aunque nunca estuvo del todo desvinculado, se debió al incremento de zonas que tenía que cubrir en la provincia. Por ejemplo, a los que en ese momento tenía se sumaron municipios como San Pedro del Valle,Carrascal de Velambélez, Zarapicos, entro otros de esa misma zona. Pero su labor en la Iglesia no solo estaba en el medio rural. Durante estos cincuenta años de sacerdocio, también ha tenido responsabilidades como administrador del Seminario, que fue cuando dejó la parroquia de Cristo Rey, y mientras aún seguía atendiendo a los sordos, durante cinco años también fue capellán en la cárcel, que por entonces estaba en la capital, en el edificio del actual DA2. «Iba a decirles misa y alguna otra actuación en Cuaresma o Semana Santa, pero en aquella época había pocos presos», recuerda. De esos años vinculado a los presos, confirma que en alguna ocasión hacía de intermediario con sus familias, para transmitirles algún mensaje de ellos.

También ha sido ayudante del economista del Obispado, y durante 19 años vivió en el ya desaparecido Hospital Psiquiátrico (ubicado en el barrio de San José, junto a la actual Comandancia de la Guardia Civil de Salamanca). «Estuve de capellán con José Luis Vicente, porque consideraron que por el número de enfermos había que ampliar a dos personas», asegura.

De esa experiencia lamenta la sensación de abandono de la sociedad hacia esos enfermos mentales, «algunos trabajadores les trataban como a sacos de cementos, y les decíamos que se trataba de personas».

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