«Con la enfermedad se crece en confianza y en misericordia»

El sacerdote Antonio Matilla, en los tejados de la iglesia de SanMartín./Manuel Laya
El sacerdote Antonio Matilla, en los tejados de la iglesia de SanMartín. / Manuel Laya
Antonio Matilla - Párroco de la Unidad Pastoral del Centro Histórico

Desde niño ya tenía clara su vocación y se ordenó hace casi 42 años, con una intensa vida pastoral en el medio rural y la capital

EVA CAÑASSalamanca

Cuando Antonio Matilla tenía 14 años vivió un momento que la marcó para toda su vida. Fue en los scout, en un campamento en La Legoriza, en San Martín del Castañar, cuando tomó su promesa scout. «Nos dieron unos papelitos para escribir y una linterna. Cada uno nos íbamos a un lugar del bosque a reflexionar y a rezar. Y allí sellé mi compromiso de ingresar en el seminario, aunque no lo pude cumplir hasta dos años después», relata esta sacerdote responsable de la Unidad Pastoral del Centro Histórico.

Lo suyo fue vocación infantil, con unos padres muy volcados en la vida de la parroquia del barrio donde se crió: El Rollo, aunque nació en el pueblo materno de Zamora, en Malva, un 16 de diciembre de 1948. Ya con 10 años le dijo a su director espiritual que quería ser cura, pero que dijo que esperase a aprobar la reválida de cuarto, después, la de sexto, y más tarde, que terminase el Bachillerato. «Ya después no le di opción y fui al seminario llevado por un profesor de la Universidad Pontificia, Casiano Floristán, que puso en marcha en Salamanca el Centro Superior de Pastoral, que más tarde se trasladaría a Madrid, donde continúa», relata. Junto a otros cinco jóvenes, Matilla se fue a un seminario de Madrid llamado García Morente, donde durante dos años se formaban en latín, griego, filosofía, historia de la iglesia o liturgia, y a la vez, hacían práctica pastoral de catequesis. «Pasado ese tiempo, el obispo por entonces de Salamanca, DonMauro Rubio, me aconsejó volver a Salamanca, al Colegio Mayor El Salvador», y allí coincidió con gente de toda España y condición, los que ya tenían estudios con los que venían del campo o del mundo obrero. «Para ellos había un Bachillerato intensivo de tres años que lograba ponerles al día y entre ellos algunos han sido sacerdotes, otros no, y catedráticos de la universidad», afirma.

Después de esa etapa pasó al seminario mayor al mismo tiempo que iba a clase a la Universidad Pontificia, donde estudió Teología y Filosofía. «En 1969 vivimos la revolución, en diciembre, en primero de Teología, cuyo delegado de clase era el actual cardenal de Madrid, Carlos Osoro», recuerda. En ese momento eran 71 alumnos y decidieron ir a huelga general:«Para no entorpecer el ritmo de la clase hicieron un sorteo para que uno entrase y el resto se quedó fuera armando barullo», sentencia Antonio Matilla.

Acto seguido se animaron el resto de cursos y se paralizó la universidad:«Mandaron un responsable desde Roma para componer el diálogo, porque fueron años convulsos, no solo el que existía en la iglesia por el Concilio de Vaticano II, sino por la búsqueda de libertad que había en la sociedad y la apuesta democrática que teníamos los estudiantes».

El 30 de octubre de 1975 se ordenó como sacerdote, con 26 años, y su primer destino le condujo hasta la Sierra, a encargarse de Sotoserrano, Cepeda, Herguijuela de la Sierra, Madroñal y Rebollosa. «Mi compañero sacerdote y yo llegamos a Sotoserrano el 19 de noviembre y un día después, el día 20, empezaron a llegar los alcaldes para decirnos que acababa de fallece Francisco Franco y ver cómo hacíamos el funeral», precisa. Y su estreno en esa zona como sacerdote fue el 21 de noviembre dando una misa de funeral de estado en cada localidad, «no sabíamos muy bien a lo que nos enfrentábamos, ni qué decir por si la gente era franquista o no».

De sus años en la Sierra recuerda que la gente era «muy acogedora», de hecho, recuerda una anécdota con cariño. «En la huerta de la casa del cura teníamos un melocotonero y mi compañero decidió invitar a la gente del pueblo a melocotones con vino, pero cada uno de los vecinos trajo algo para comer y estuvimos tres días comiendo y cenando a cuenta de ellos», evoca.

En esa época, como párroco rural iba a las escuelas y además de catequesis hacía excursiones con los más pequeños. Hasta que un día, el maestro de Cepeda, Nicolás Arias, le dijo que se sacara las oposiciones de Magisterio ya que venía tan a menudo. «Lo pensé, me puse a ello y las saqué en 1977 con la idea de estar tres años para conservar el derecho a ejercer de maestro y luego ya dedicarme a una parroquia», relata. Pero su padre enfermó un año después, en 1978, y falleció en 1980, «con lo cual me vi obligado a continuar como maestro para apoyar a mi madre, yo soy el mayor, sobre todo con mis dos hermanos más pequeños que estaban en Bachillerato».

Oposiciones de Magisterio

Su primera plaza como maestro fue en Miranda del Castañar a donde se desplazaba desde Sotoserrano. Aún recuerda el número de curvas de la carretera entre ambos municipios: «65 de ida y otras tantas de vuelta». Antonio Matilla aprobó las oposiciones de Magisterio en Lengua y Francés, y daba clase a 6º, 7º y 8º, y de Religión a todos los cursos.

La enfermedad de su padre le obligó a volver a Salamanca capital y su siguiente destino como maestro fue en Escuelas Hogar, en concreto, en las de Fabrés y Santa Marta. «A la Escuela Hogar venían los niños de familias que trabajaban en las fincas de los toros bravos o en el campo charro», detalla. Y allí estuvo otros cuatro años.

Pasado ese periodo se pidió una excedencia, aunque siguió dando clases de Religión, en este caso en institutos: Fray Luis de León, La Vaguada, Lucía de Medrano, Venancio Blanco o en El Encinar, entre otros.

Sus años como profesor se extendieron desde 1977 hasta 2013. «De mi etapa docente me quedo con que la clase es una mediación para la relación personal, con multitud de alumnos y sus familias, he llegado a tener hasta 250 nuevos cada año», precisa.

Otra de las tareas que le han encomendado en estos casi 42 años como sacerdote es la de ser administrador del seminario menor, donde estuvo 11 años y un día. «De esa época me quedo con el trabajo en equipo, fue interesante, y la preocupación por las vocaciones, que iban a menos, de capa caída», advierte.

Pero si algo destaca con fuerza en su nexo con los scout a lo largo de toda su vida:«Siempre he estado en contacto con ellos». Para Antonio Matilla, los scout están para vivir la fe en la sociedad y en la vida. De hecho, gran parte de su tiempo libre lo dedicaba a este movimiento. «Empecé como monitor de los rovers, jóvenes de entre 17 y 20 años, y me propusieron como consiliario nacional del escultismo católico, y más tarde, consiliario europeo, donde se incluye la región Árabe y países como Egipto, Jordania, Israel o Siria», a donde ha viajado este sacerdote.

De toda su etapa scout se queda con el trabajo de los últimos años, de 2010 a 2014, «en el que hubo un proceso de redefinición del movimiento, con una apuesta clara por la identidad católica y la dimensión eclesial». Matilla asegura que fue una tarea dura pero finalmente se recuperó la esencia. «De los scout destacar la unión que se produce en los niños entre la fe y la vida, no es una catequesis, es la vida en grupo, la personal, que se pone en contacto con la Palabra de Dios, con el grupo y la comunidad de creyentes que se desarrolla de manera natural», enumera. Antonio Matilla asegura que toda la vida del grupo scout «es un entrenamiento para vivir la fe, y el origen del escultismo es cristiano y bíblico».

Y la suma de retos personales y profesionales dentro de la Iglesia se suma el de la enfermedad que le diagnosticaron en el año 2014:«Un cáncer en el sistema linfático». En concreto, recibió el diagnóstico en el mes de julio, que tardaron en poner un apellido, «un linfoma de células del manto». Es no hodgkin y según le comentaron los médicos, propio de gente mayor,«pero no exclusivo». Este tipo de linfoma es poco frecuente y Matilla recuerda el momento en el que una doctora de la UCAI(Unidad y Consulta de AtenciónInmediata) del Complejo Asistencial de Salamanca le comentó que tenía dos noticias para él, una buena y una mala, «¿por cuál quieres que empiece?, me dijo». Y este sacerdote quiso saber primero la mala, que lo que tenía era grave, y después, la parte buena, que tenía tratamiento. «Y me quedé con esa», confiesa.

En todas las fases de su enfermedad asegura que ha estado en las mejores manos, en relación al servicio de Hematología del hospital de Salamanca, «el equipo es magnífico». Tras recibir el diagnóstico de su enfermedad, reconoce que pasó un día y medio malos, «pero pensé que el que yo me angustie no me soluciona nada, así que fui a rezar al Sagrario de San Martín y allí duré tres minutos, porque a me gusta rezar como aprendí en los scout, caminando, y acabé junto a la orilla del río con el ánimo de tranquilizarme, y lo conseguí».

En ese momento, Antonio Matilla hizo un acto de confianza y se dijo:«Mi familia y mis amigos me quieren, los feligreses estarán preocupados, los médicos son los mejores y estoy en manos de Dios, conclusión: estoy en las mejores manos», añade. De todo este proceso ha aprendido que con la enfermedad se crece en confianza y en misericordia, «porque uno pasa a ser un niño, dependiente de los demás, y es una ocasión para dejarse querer, que es lo más difícil del mundo, sobre todo para los que hemos sido hiperactivos, mandones y con responsabilidades de todo tipo». A Antonio Matilla sus feligreses le dicen que desde la enfermedad ha cambiado su manera de predicar, «ahora ya predico lo mío». La enfermedad aunque grave le permite llevar una vida prácticamente normal, con sus cuidados. Esta párroco pasó por seis ciclos de tratamiento, y al tercero ya estaba la enfermedad en remisión completa.

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