«Uno no es cura rural o urbano, ni de jóvenes o de mayores, es cura sin más»

Policarpo Díaz, junto a la iglesia de la Purísima y la pancarta del proyecto Luz para Benín que han impulsado desde esta parroquia. / Laya
Policarpo Díaz - Sacerdote de la Unidad Pastoral del Centro Histórico

Allá donde ha sido destinado, este sacerdote ha vivido su labor pastoral con intensidad y cercanía a las necesidades

EVA CAÑAS / WORDSalamanca

Con 11 años, Policarpo Díaz llegó desde su Guijuelo natal al Seminario Menor de Calatrava. Su madre, Teresa, pedía a Dios para que alguno de sus cinco hijos fuese sacerdote. Y ese fue el destino del más pequeño de todos.

Su ocupación actual es ser responsable de la Unidad Pastoral del Centro Histórico, junto a Antonio Matilla, que conforman las iglesias de San Martín, San Julián, San Sebastián y La Purísima.

Para él, en su biografía, su madre ha sido un puntal:«Una mujer llena de ternura, de profundidad, de oración, de espiritualidad, de sencillez, de ingenuidad, que nunca ha dicho una palabra más alta que otra, moderada, equilibrada, humilde, que siempre se cogía lo peor para ella, sufriendo en silencio...», enumera con orgullo. Policarpo, o como le llaman de forma más coloquial, ‘Poli’, también habla de su padre, comerciante, «un hombre buenísimo, generoso, pero distinto, yo soy una mezcla de los dos».

De sus primeros años en el SeminarioMenor guarda un gran recuerdo, «un ambiente de alegría, de fraternidad», cuyos responsables eran Domingo Martín, Antonio Romo y Joaquín Tapia, en su plena juventud, «disfruté muchísimo durante los siete años que allí estuve».

Después llegó el momento de tomar la decisión, y entró junto a muchos de sus compañeros a Teología, y a la preparación previa para ordenarse como sacerdote:«Fue una etapa de aprendizaje de la vida apostólica, con gente muy distinta y a la vez centrada en lo principal, en Jesucristo y los pobres», subraya.

Su preparación se desarrolló en el seminario que existió en Villamayor, que se convirtió, según sus propia definición, «en una escuela apostólica», un ensayo, al que segúnDíaz, le deben mucho, aunque tuvo poca repercusión y eco en el clero, «porque lo entendieron como un paso atrás al irse a un pueblo a vivir».

Al respecto, recuerda que un porcentaje alto de los que pasaron por allí hoy en día son sacerdotes diocesanos, como por ejemplo, Tomás Durán, José Vicente Gómez o Gonzalo Escamilla, entre otros.

Su ordenación se produjo tan solo dos días después de cumplir 27 años, el 6 de febrero de 1994, en la iglesia de los Dominicos, ya que en la Catedral se encontraba la exposición de Las Edades del Hombre. Previo a este momento, Policarpo Díaz había trabajado ya tanto en la Pastoral Universitaria como en la parroquia de San JuanBautista, y el obispo que le ordenó, Don Mauro, «quiso que siguiera en la Pastoral Universitaria», y a mayores, le dio dos pueblos en la zona de Vitigudino: Moronta y Escuernavacas, durante dos años, en los que vivía en la capital.

«Fue una experiencia increíble que no la cambio por nada», detalla, y de hecho, se define a él mismo como un cura rural, «en comisión de servicio en la ciudad». En cuanto a su labor en la Pastoral Universitaria desde 1994 a 2002, insiste en que la idea era generar discípulos de Jesucristo que a la vez fueran apóstoles en el Campus. En aquella época, hasta la Pastoral llegaban universitarios muy bien formados en la fe, como argumenta Díaz, de diferentes puntos de España pero sobre todo de Extremadura, «se notaba que no había venido esta ola de secularización tan grande, y venían de sus parroquias en busca de una continuidad a su vida cristiana que encontraban en la PastoralUniversitaria».

Y en aquella época nació la asociación de universitarios cristianos (ADUX), «desde donde se trabajó una dimensión apostólica, política y social muy fuerte en aquellos años». En ese momento contaban con numerosos grupos y más de 200 personas.

Diez años después de dejar la Pastoral Universitaria volvió a encargarse de ella en 2012, pero con un escenario muy diferente al de hace una década, como él mismo confirma. «En lugar de chicos de España eran extranjeros, desde latinoamericanos, franceses, belgas o ingleses, en mucho menor número, unos 60. Esta segunda etapa finalizó en 2016, para tener una mayor disponibilidad en la Unidad Pastoral del Centro Histórico.

Pero volviendo a sus pasos iniciales como sacerdote, tras dos años en los pueblos de la zona de Vitigudino, el obispo DonBraulio le encomendó una nueva tarea en el Seminario Menor, durante ocho años, que como describe Policarpo,«fue un trabajo bonito», con chicos que iban a estudiar a la ciudad desde primero de la ESO a segundo de Bachillerato, «sin intenciones claras vocacionales, a diferencia de mi época».

Después, hizo las maletas para irse a un destino que le marcaría para siempre por diversos motivos: la Sierra de Francia. En una primera etapa junto a Pablo Lamamie y después, conLeo Ramos. A la Sierra llegó en el año 2004, a cargo de ocho pueblos, y a las cuatro meses de llegar tuvo un grave accidente de coche, que como relata, «casi me cuesta la vida, me caí por un puente de 12 metros, y eso fue un antes y un después». Y en esos años en esta zona, este sacerdote reconoce que le marcó muchísimo. «Uno no es cura rural o urbano, ni de jóvenes o de mayores, uno es cura sin más, y el obispo te envía y vas contento y feliz, te entregas, pero si me dieran a elegir, me quedo con el mundo rural».

Para Policarpo, en los pueblos se respira la pastoral de la cercanía, de la implicación, «del seguimiento del día a día, es mucho más viva, más piel con piel, más intensa». Para este sacerdote, el mundo rural es «de marginación y de olvido institucional e incluso eclesial». Él elegiría el mundo rural porque realmente «casi nadie quiere ir», pero allí se pude vivir, bajo su prisma, «una pastoral de calidad de vida, de misionero, de salida, de rigor, exactamente igual que en el mundo universitario o en el urbano». De aquella época recuerda con especial cariño una iniciativa que pusieron en marcha que llamaban ‘el pateo’, y que consistía en esta un día en uno de los ocho pueblos que tenían. «Allí dábamos juntos una eucaristía y después, íbamos a jugar la partida al bar, a visitar varias casas, a la escuela o la tienda, lo que era patear la localidad, cada martes», evoca con especial cariño.

A la gente de la Sierra la define con un corazón «gigantesco», con un espíritu de acogida admirable, «generosidad ilimitada, unas raíces religiosas y valores evangélicos impresionantes».

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