El Cristo de la Agonía Redentora abrió la noche del Jueves Santo

El Cristo de la Agonía Redentora a su paso ante la Clerecía./LAYA
El Cristo de la Agonía Redentora a su paso ante la Clerecía. / LAYA

Por primera vez en 30 años no hizo parada en el convento de Las Isabeles, su primera morada antes de reposar en el Crucero de la Catedral

EVA CAÑAS / WORD

Cuando se inician los primeros minutos delJueves Santo, en la plaza de Anaya sonó una marcha: ‘Llorando a mares’, tocada como nadie por la Agrupación Musical del Cristo Yacente. Su Crucificado, bajo la advocación de la Agonía Redentora, cruzaba en ese momento el dintel de la Puerta de Ramos.

Un momento solemne, de un desfile penitencial con altos capirotes blancos (de 90 centímetros), donde destaca el fajín rojo de sus cofrades y sus sandalias blancas de esparto. La melena del Cristo de la Agonía Redentora se mece al mismo ritmo que marcan al paso sus hermanos de carga.

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Un monte de claveles rojos sobresalía bajo sus pies, junto a dos ánforas de plata y cuatro hachones. El Cristo de la Agonía Redentora iniciaba sus primeros pasos por la noche del Jueves Santo, camino de la calle Tostado, su calle. Por su estrechez y recogimiento.

Detrás, con marchas fúnebres, ganaba terreno en la plaza de Anaya el Cristo Yacente de la Misericordia. Un paso sobrio, sin apenas adorno floral. Este año pasaría a la historia por ser el primero en 30 años que la cofradía no hiciese parada en la calle de Las Isabeles, para que su Crucificado regrese por unos instantes a la que fue su primera morada, hace siglos. Las religiosas del convento ya no pudieron cantar ‘Perdona a tu pueblo Señor...’ cuando se ponían de nuevo en marcha.

Con este cambio de recorrido evitaron la conflictiva calle Bordadores y llegaron a su templo una hora antes de lo habitual. Diez minutos antes de las dos y media de la madrugada, el Cristo de laAgonía redentora ya avanzaba por la calle Libreros, y detrás, un hermano penitente caminaba descalzo con una cruz de madera a sus hombros, cubierta de placas con los nombres de los cofrades que antes la habían cargado.

Frente a la fachada principal de la Universidad de Salamanca la nube de incienso era evidente, el Cristo Yacente volvía al templo bajo los sones de ‘La muerte no es el final’.

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