«Conocer a Jesús y ser cristiano no es algo que te reste sino que te suma»

Antonio Carreras, en la sala de Pastoral Juvenil de la Diócesis de Salamanca./Antoraz
Antonio Carreras, en la sala de Pastoral Juvenil de la Diócesis de Salamanca. / Antoraz
Antonio Carreras - Seminarista diocesano

Hace unos días fue ordenado como diácono en Alba de Tormes, un paso previo al sacerdocio de este joven salmantino de 36 años

EVA CAÑAS / WORDSalamanca

El camino vocacional de Antonio Carreras Sánchez-Granjel comenzó en su infancia, en el colegio Marista, donde recibió su iniciación cristiana. Para conocer a una persona nada mejor que descubrir su biografía, sus pasos, en este casos vinculados a la figura de Dios y de Jesucristo.

«En el colegio siempre he tenido referentes muy fuertes cristianos, tanto de los hermanos Maristas como de bastantes profesores y de padres y madres que colaboraban como catequistas o animadores», recuerda este joven seminarista que acaba de ordenarse como diácono en Alba de Tormes, en la parroquia donde realiza su etapa pastoral previa al sacerdocio.

Hasta los 18 años, su centro principal de fe estaba en el centro educativo, donde como confirma, «incluso teníamos celebración de domingo el sábado por la tarde durante el periodo lectivo». Durante esos años de infancia y adolescencia vivió en una comunidad muy participativa, «marcada por el acento escolar y el carisma Marista, propio del centro, pero que consiguió enganchar a los de mi generación durante esos años para participar de una manera más viva en los sacramentos».

Para Antonio, fue una manera de profundizar en la fe cristiana, una fidelización, que según admite, «hoy en día es muy difícil, es un reto». Y dentro de ese reto están los más jóvenes, con quienes hay que crear experiencias de fe y de ocio, «de tiempo libre, de verano, de vivencias». En el año 1999 se confirmó y comenzó su etapa universitaria, dentro del seno de una familia muy creyente y practicante, «mis padres habían sido catequistas». Y en la universidad se decantó por la carrera de Derecho, a la vez que comenzó su vinculación con la parroquia de su barrio, La Purísima. Desde ese momento, uno de sus párrocos, José Manuel, será una figura esencial en su camino vocacional hacia la Iglesia como futuro sacerdote diocesano. Allí se integró en el grupo de Biblia, y compartiendo motivaciones con José Manuel, le ofreció la oportunidad de ayudar como voluntario de Cáritas de Salamanca en el centro de acogida Padre Damián, donde colaboró durante tres años: «La experiencia allí fue una conversión interior que sientes, a juzgar y a ver la realidad con otros ojos, mucho más misericordiosos, más cercanos, a no juzgar por apariencias y a participar en actitud de servicio que te va convirtiendo poco a poco», relata. A este recurso de Cáritas acudía dos noches por semana, durante las cenas. Para él, el contacto con los sin techo era de conversaciones desde la sencillez, «sin hacer grandes preguntas ni indagaciones, es la convivencia diaria, y yo veía que aquello era saneante para los dos, tanto para ellos como para mí».

Su labor en Padre Damián consistía en realizar tareas sencillas, como servir la comida, fregar los platos, jugar una partida a las cartas con ellos, pasear, «acciones sencillas, algunas más de trabajo, y otras propias del acompañamiento». Pero cuando terminó la carrera de Derecho fue a completar sus estudios a Madrid, un posgrado deMBA, y después, inició su etapa laboral en una consultoría, y más tarde, en una multinacional de telecomunicaciones. «Todavía no tenía vocación, aunque había algo dentro, no lo tenía muy claro», confiesa. Y se decantó por el Derecho porque le gustaba, el estudio de las Leyes, «y era una carrera que tenía salidas desde un punto de vista más pragmático, más fácil encontrar trabajo, y además, siempre había estudiado Letras y tenía más inquietudes por las Humanidades».

Aunque finalmente, Antonio Carreras nunca ejerció como abogado, «cuando hice el MBA me especialicé en marketing, y en eso trabajé durante cinco o seis años».

Y con 29 años sintió que su camino iba por otra dirección. «Hablé con mi párroco de La Purísima sobre mi vocación a la Iglesia, y siempre me animó», evoca. Para este joven, su experiencia vital en Madrid fue muy importante, «fueron años de descubrir la vocación, vivir fuera de mi casa, de mi familia, de iniciar proyectos de un adulto, como la carrera, la profesión...pero iba viendo que no era feliz del todo, que aquello no me llenaba».

En su etapa profesional llegó a cambiar de trabajo para buscar mejores condiciones y salario, «pero no era un vida que sentía que me llenaba, tenía todo, una vida satisfecha, pero no tenía la plenitud o todo lo que yo aspiraba». Su vida cristiana en Madrid nunca la descuidó, e iba a misa todos los domingos, «aunque no tenía un grupo referente como en el colegio o en la Purísima, pero la práctica sacramental, de fe y de oración, era algo constante en mi vida», admite.

Y en ese tiempo fue discerniendo que lo que él elegía y estaba haciendo, «estaba bien pero no era para lo que a mi Dios me llamaba». Antonio Carreras cree que tuvo que esperar a madurar más, «como persona y en la fe, con una estabilidad profesional y con los estudios acabados, para dar ese paso». Y a los que primero pidió acompañamiento en su vocación a Dios fue a una congregación religiosa de Madrid, los misioneros Claretianos, «porque en ese momento de mi vida había discernido que lo que Dios quería en mi vida era entrar en una congregación, y durante un año estuve con ellos, conociendo la vida de la congregación, colaborando como catequista en su parroquia, en el colegio Claret, en la avenida de América, y después de ese año entré en el seminario (casa de formación) claretiano de Colmenar Viejo».

Allí estuvo tres años, desde los 30 a los 33 años. Y mientras estudiaba Teología en la Universidad de Comillas de Madrid seguía con su discernimiento sobre la vocación que Dios quería para él.«En ese tiempo me di cuenta que lo que el Señor me estaba pidiendo era entrar en la Diócesis, y me vine a Salamanca». De repente se dio cuenta que la espiritualidad y realidad del sacerdote secular (dicocesano), que atiende a una parroquia, acompaña a la gente en los pueblos, predica el Evangelio, lleva los Sacramentos, «era para mí una realidad en la que yo me sentía que el señor me llamaba más porque me sentía mucho más realizado y pleno».

Pero Carreras asegura que su paso por la congregación claretiana fue un regalo y una bendición de Dios:«He ido madurando, perseverando y creciendo en la fe, gracias a que el Señor me ha ido poniendo en distintos lugares. Yo no puedo entender mi vocación ni la respuesta que he dado al Señor sin haber conocido lo que eran y lo que significa la vida de los claretianos», admite este seminarista. Este joven pidió entrar con ellos porque siempre había sentido una inquietud misionera muy grande, «y ese testimonio me interpeló y me cambió mucho».

Y fue descubriendo que esa misión, «es la que igual hay que hacer hoy en día en nuestras tierras de Castilla, de Salamanca, que están ya muy tibias y muy frías en la cuestión de la fe. La esencia claretiana todavía le acompaña, su carisma: «Una vida en salida, también es lo que el Papa Francisco nos dice, apostar por una Iglesia misionera, en salida, que no se quede de puertas para adentro».

A llegar a Salamanca lo primero que hizo fue presentarse ante el obispo, Carlos López, y al entonces rector del Seminario, José Vicente. «Me acogieron, y para mí fue un regalo porque fue redescubrir un montón de riquezas que yo desconocía de la Diócesis, la vocación de salida, el espíritu misionero», subraya. En su ciudad natal, terminó de formarse en el Teologado de Ávila, junto al cementerio, «y allí vivíamos seminaristas de seis diócesis, un total de 17». Después, fue enviado a Alba de Tormes para realizar su etapa pastoral junto a los dos sacerdotes de la parroquia, que también son responsables de 10 parroquias rurales más. Y desde el pasado domingo ya es diácono tras su ordenación presidida por el obispo. «¿Qué es diácono? Significa ser servidor de los más necesitados, de los más pobres, los que están solos, porque la soledad es una de las peores enfermedades que tenemos en nuestra sociedad industrial, hay mucha soledad y mucho vacío existencial», añade.

Y a los jóvenes les lanza un mensaje:«Decirles que conocer a Jesús y ser cristiano no es algo que te reste sino que te suma y enriquece tu vida en una dimensión que es la espiritual y que se contagia al resto de tus dimensiones, la personal y la familiar», concluye.

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