Botín regaloso de tres orejas para Juan del Álamo y dos para El Juli

El Juli y Juan del Álamo salen a hombros de La Glorieta./MANUEL LAYA
El Juli y Juan del Álamo salen a hombros de La Glorieta. / MANUEL LAYA

Ambos diestros salieron por la puerta grande de La Glorieta tras una tarde magnífica y el torero peruano Roca Rey gustó al público por su aire elegante

BARQUERITO / COLPISASALAMANCA

El toro de la corrida fue el quinto, Ingrato, del hierro de Garcigrande. Colorado ojo de perdiz, 550 kilos bien puestos y repartidos. Las hechuras de los juampedros de pata negra, que no engañan ni suelen fallar. Fue el caso. Codicioso y alegre de salida, bravo sin mácula en un serio puyazo que tomó de largo y empleándose -dejó probada su categoría de picador Juan Francisco Peña- y el mismo aire de bravo en banderillas, en los lances de brega y en los ataques abiertos. Toro de galopar de largo desde la barrera -cite en los medios de Juan del Álamo-, de descolgar y humillar a las primeras de cambio, y de repetir pronto. Un par de escarbaduras. Solo ese pecado.

A todo quiso. Entregado por la mano diestra, más picante por la siniestra. Una larga, desigual y a ratos tormentosa, acelerada y turbulenta faena del torero de Ciudad Rodrigo, que no llegó a acoplarse propiamente. No porque el motor tan engrasado del toro lo desbordara, sino porque costaba tenerlo en la mano y encontrar el momento de pensar. Los terrenos los puso y dispuso el toro, y a Del Álamo le tocó torear abriéndose y sobre las piernas más de la cuenta. Una tanda de tres molinetes de última hora y, al cabo, una tanda, pero solo una, de gobernar por abajo y ligar en redondo. Para que vieran el toro los que todavía no lo hubieran visto.

Largo el trajín. Dos vueltas y media le pegó la banda de Alba de Tormes a un pasodoble que en Salamanca tiene resonancia sentimental: «El Viti». Un grupito de una andanada cantó a coro el estribillo de la melodía central. Letra sencilla en apenas siete compases: Santiago Martín.¡El Viti!» y tralará. Una estocada trasera, tardó en echarse un mundo el toro en paralelo a tablas pero sin recostarse en ellas. Aunque se dejaron sentir a partir de mitad de faena silbidos y censuras, llegó a reclamarse una segunda oreja. El palco abrió el grifo generosamente. Se pidió la vuelta para el toro. Ni caso. Se aplaudió el arrastre. La vuelta al ruedo de Juan del Álamo -botín de tres orejas en esta tarde- fue de las de cinco minutos. La corrida, de dos horas y media, entró por eso en el cupo de las interminables, que son cada día más y más.

No sería por tratarse de toros parados, porque la corrida se movió. Los seis. Y de manera particular el segundo de la tarde, protestado de salida por supuesta cojera o por desparramar demasiado la mirada, de mutante condición y variable temperamento, incluso incierto, brusco en los primeros viajes de muleta, pero estirado de repente con estilo mayor. Ni sencillo ni imposible, a ratos descompuesto, pero atento al toque de engaño como si embistiera a resorte. Un toro para hacer meditar al ganadero. Con él le sirvieron a Del Álamo sus recursos de torero campero, y también su desgarro populista. Había en la plaza mucha gente de Ciudad Rodrigo.

El coso taurino registró la mejor entrada de esta feria con los tendidos casi llenos

No solo el quinto fue de nota. El cuarto, también. Y el primero, cinqueño, corto de manos, hondo, una hermosura. El cuarto trajo de cabeza a la cuadrilla de El Juli. Al primero le pegó un puyazo excesivamente duro Oscar Bernal. Tal vez por evitar el derribo. El toro metió entonces los riñones como solo los de bandera lo hacen o hacían, pero lo pagó caro, pues, después de haber incluso planeado, se derrumbó una vez y, aunque pronto y claro, embistió arrastrando cuartos traseros. El Juli, toda la tarde inspirado, diligente y creativo con el capote de brega y con el de pintar, se empeñó en una faena muy larga pero reiterativa, de seguridad creciente pero sin mayor emoción.

Al cuarto -una soberbia media verónica genuflexa en el remate del recibo- le ajustó las tuercas en cuanto lo tuvo delante y muleta en mano. Crudo el toro -Barroso picó lo imprescindible- pero fijado, templado y dominado en solo cinco viajes. A partir de los cuales El Juli puso en liza su renovado repertorio, de muchas variantes y soluciones intercaladas, algo teatral también y pensado para las mayorías: lazos, trenzas, cambios de mano, quietud, desmayo aparente. Y, en fin, lo de toda la vida: el natural por abajo y calmado ligado con el de pecho obligado. La música banalizó el contenido, no las formas. Una estocada desprendida. Y un mal disimulado enfado con la cuadrilla.

Roca Rey no había toreado nunca en Salamanca. Expectación notoria. Ninguno de los toros de nota le llegó a las manos. Sí un tercero que, como tantos de los que resienten los efectos del desenjaule en plaza, se soltó en busca de la querencia de corrales. Una faena caótica del torero limeño, pero, dentro del caos, detalles caros en el toreo a pies juntos y una firmeza conmovedora. Muy distinguido el saludo de capa con el sexto, que encendió a la gente. No terminó de entenderse Roca con el toro, que fue de teclas tocar y se aplomó antes de lo previsto. El aire elegante del torero peruano gustó. Y su distinguida manera de componer.

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