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Con ese lenguaje, esta tienda podría estar en Salamanca o en una calle comercial de Londres. / MANUEL LAYA

Salamanca, políglota

  • Notable presencia de extranjerismos en rótulos comerciales, letreros de tiendas, anuncios de marcas y carteles publicitarios en la ciudad

«¿Idiomas?». Es lo primero que te preguntan si optas a un puesto en el paro. Da más nivel, seguro, y parece que, con el don de lenguas, aunque chapurreadas, te permite dominar cualquier situación. Hay que saber eso. Te presenta, al menos, como más cosmopolita. Sales a la calle, cabizbaja. Por lo del nivel. Después levantas la mirada, y observas la rutinaria actividad en las rúas salmantinas y ves, también, que al menos andamos bien abastecidos de esas palabras que llaman extranjerismos, incrustados en rótulos y letreros de la ciudad. Da la impresión de que cada día se incrementan. ¿Será que esos vocablos suenan de otra manera, más culta, al oído? Y, como impulsada por esa duda, y es fin de semana, resuelvo dar un paseo urbano-idiomático.

Podría partir, qué mejor, de la calle Trilingüe, para ir a dar con el latinajo: ahí están la cuesta y el paisaje de Sancti Spiritus. O la Ronda del Corpus. Porque Salamanca es ciudad de clerecías y de estudios eclesiásticos. Y desde ahí pueden elegirse muchas rutas. Elijo, quizá, lo fácil. Y aparecen, a mi tranquilo paso, calle Zamora adelante ('just eat' y 'sub way', sandwiches y 'cookies', además de facilidades para quienes piden su comida on-line), variados anuncios y carteles comerciales, yes, en inglés. En una tienda muy 'fashion', una chica con jeans y piercing en el labio, despacha pantis, leguis y 'shorts'. Un amplio surtido. Kleenes, no. «Qué cool». Un músico callejero ambienta la cosa: interpreta algo parecido a jazz. En la plaza del Corrillo, se anuncian apartamentos y 'short and long term'. En la Rúa Mayor, 'exchanges', 'multicopys' y nosequé express, junto a edificios apuntalados y algún grafiti que no tiene traducción. Y en Prior, 'fast food' por aquí y 'shopping' por allá... Un poco más rezagado, lingüísticamente, el francés de Voltaire y Hollande. (El catalán –caixas para las pelas, lo saben los charnegos– y el vasco, es de agradecer, no se andan con inmersiones publicitarias)… No cabe duda de que todo esto aumenta el interés por la cultura.

Decididamente, me dejo llevar, a veces es lo más cómodo, por la corriente humana: un grupo de jóvenes se dirige –es un día de febrero, según el calendario gregoriano-feminista-granadino– a un burger porque, según dicen, «sirven unas hamburguesas que te c…». Otra cuadrilla, cuestión de gustos, elige una pizzería. Cosas de la pasta. Unas señoras de edad y paladar más exquisito empujan animosas la puerta de la 'croissanterie'. Sus maridos, según comentan, son buenos gourmet. No comen cualquier cosa. Y cuando salen por ahí, nada de self-service y demás basurillas. Ellos, sibaritas, viajan sin despegarse de su alto standing. Por la noche hacen zapping, entre realitys y spots. O hablan del invierno del baby boom. Los hijos, sin embargo, pues que no: hacen footing y aerobic, visten mucho de sport…y no se marchan de casa. No hay manera. Unos cracks. Su hobby es el ocio. Como mucho, ejercer de coach o manager. Por lo visto, por lo oído, no hay mucho feellings entre ellos. En cambio, unos hombres con pasado de tratantes –se deduce de sus palabras fuertes, sin recovecos, pero amistosas– quedan en el coffee de toda la vida: el restaurante de siempre, en la Plaza, con buena relación calidad-precio. Ellos nunca dirán «bacon» (léase: «beicon») porque les sabe peor. Porque lo de «restorán» siempre les sonó raro, afrancesado. No traducía bien el espíritu de la letra.

Hasta las tradicionales, aunque también modernas, tiendas de chuches recurren a los anglicismos.

Hasta las tradicionales, aunque también modernas, tiendas de chuches recurren a los anglicismos. / Manuel Laya

Vuelvo al principio. A los jóvenes, carpe diem (nadie podría reclamar con más derechos que ellos el copyright de la fiesta), que son los que más saben del idioma, o de la jerga, comercial-gramatical. Dominan ese campo. El de las marcas internacionales: de ropa, calzado y complementos. Si puede ser de joyería, también, no se descarte esa posibilidad (a veces olvidan mirar la etiqueta). En sus sms lo explican muy bien, y con gran economía de medios... Como aquí se promociona el turismo idiomático-cultural, ahora sigo a un grupo de extranjeros que quieren empaparse de historia y arte en tres minutos. Nada. Escuchan con interés, miran mucho y se piensan mucho más comprar un souvenir, sonríen…y saben decir «hola» y «adiós» con simpático acento. Qué regusto. Vienen de las Catedrales y van a la Casa de las Conchas (entre medias, expresiones de spray). Después, míralos, el selfie que no falte. La posteridad cada vez dura menos. Algunos, Erasmus y demás, andan en otros rollos, pero también se aprende idiomas en los bares lingüísticos o pubs irlandeses, entre pintas y confidencias.

Me despisto de grupos. No llevan lejos. Voy a mi aire. Con la vista puesta, como al principio, en letreros y escaparates, anuncios y rótulos, paneles y carteles: boutique, 'look', 'bungalow', 'stand', 'holding'. Práctico diccionario de uso, a la vista y al alcance de cualquiera. Y un poco más allá, un kiosco. Y un vistazo: 'sparring', cross, ranking, 'hooligan', 'dribling', 'goal average', 'pressing', 'hat trick', sparring, 'doping'… y 'fair play'. Eso en páginas interiores. Un 'collage'. Y en contraportada o por ahí: shows variados. En el couché, cuores, aromas de sex-appeals y photoshop. Y en el aire están otros palabros… ¿Por qué? Me escuecen los ojos. El templado José Antonio Pascual, al que un día saludé en la Estación de Atocha, tal vez se sobresaltaría. Y la gente habla, con tono de gran propiedad, del leitmotiv de la (des)política de Trump Business, del dossier que esconde un affaire erótico-nosequé, del lobby que todo lo puede, de la troupe farandulera, del marketing diseñado por un famosísimo freelance. Qué es esto. ¿'Boutades'? No te creas, me explican, esta vida nuestra, sin estas cosas, sería muy light… Y sí: más. No pasamos hoja: mass media, ay... Que hay sinónimos en español, que algunos hablan de su existencia. En ese caso, parece innecesaria la utilización de aquellos términos, pues resulta, de alguna manera, empobrecedora del idioma de Cervantes. Ah, ya. Es cosa de las nuevas tecnologías y su determinante influencia. Nada, nada, que nadie hable de pobrezas. La Lengua evoluciona, ¿o no?

Paso frente a la Facultad de Traducción, y sigo adelante. El callejero salmantino ofrece muchas estampas y una gran antología de escritores y personajes literarios (de Calixto y Melibea a la panda de afamados pícaros, con el Lazarillo a la cabeza de Alfaraches y Vidrieras), que solo hablaban en cristiano. La nómina de doctores, profesores, maestros, licenciados y bachilleres tampoco es pequeña. El censo de antiguos oficios, con evocadores términos, aparece bien representado. Lo mismo sucede con el santoral (estamos salvados) y la hidrografía (símbolo de vida). Ahí, en esas zonas urbanas, no se encuentra el idioma tan afectado por ¿la corrosión?… Podría acabar el recorrido, se me ocurre, please, en la calle del Consuelo. ¿Quién se resiste, en los malos momentos –una desgracia o una nota así-así–, a nombre tan sonoro? Pero termino en los hospitales, con los pies doloridos. Acabo, no sé por qué, en los hospitales. Y no veo «Morgue» por ningún sitio, como en otros lugares de la región. Y salgo tan contenta. Qué alivio. O qué descanso. ¡Tanatorio!

Está visto. El que no aprende idiomas, con extranjerismos por aquí y por allá, es porque no quiere. En Salamanca, con tantas facilidades públicas, al menos, podría ser así. ¿Que no…? Pues 'sorry'… Perdón, perdón.