Mil utensilios de labranza en el Museo Etnográfico Eloy Rodero

  • Espacio para el recuerdo que atesora desde aperos para el cultivo de la tierra en miniatura hasta otros enseres de uso en la vida cotidiana

La forma de trabajar en el campo ha cambiado mucho en un siglo. Esa transición marcada principalmente por el paso de la tracción humana y animal a la mecánica en las labores del campo ha sido vivida por las generaciones más ancianas de este tiempo, y por quienes van pasando lentamente a la otra vida.

El señor Eloy Rodero de El Campo de Peñaranda vivió este tiempo de cambios y quiso dejar un recuerdo de los utensilios que se utilizaban para labrar las tierras de su pueblo. En total se conservan más de 250 arados y 200 yugos en pequeñas dimensiones, que fueron tallados por este vecino de El Campo de Peñaranda, según calcula Luis Pinto Rodero, alcalde del municipio.

El regidor municipal consideró que merecía la pena hacer una exposición permanente con este legado, pues «no se conoce ninguna colección igual», agrega. Por esa razón en el año 2010 se inauguró el Museo Etnográfico Eloy Rodero, con las reproducciones y piezas reales que este vecino de El Campo de Peñaranda conservaba en su domicilio. No obstante, él ya no estaba cuando se empezó a gestar esta exposición permanente pues había fallecido, pero su sobrina permitió que los empleados municipales llevaran los utensilios que quisieran para el nuevo edificio construido por el Ayuntamiento para este fin, pues era conocedora de la voluntad de su tío, que dejó dicho al alcalde que cedería su colección sólo si quedaba en custodia del Consistorio.

El Ayuntamiento de esta localidad supo poner en valor el humilde patrimonio de Eloy Rodero. Aperos, utensilios de labranza, herramientas del agro y elementos antiguos que este hombre del pueblo supo guardar, coleccionar y custodiar.

El recuerdo se aviva en la mente de las gentes de El Campo de Peñaranda cuando entran en el cuarto acondicionado como museo etnográfico y al encenderse las luces, que dejan ver los utensilios de labranza y de uso cotidiano en el hogar, comienzan a emerger anécdotas y vivencias que forman parte de un pasado que no volverá.

El alguacil Francisco Javier Bernal Rodero y Anastasia Pinto Cortés, una buena mujer encargada de la custodia de las llaves de la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción, de su limpieza y asimismo de ser guía para quienes deseen visitarla, son los encargados de aportar datos de su memoria en la visita a este pequeño espacio dedicado a herramientas esenciales de la vida en el campo antes de la mecanización agraria.

Sin olvidar la figura de Eloy Rodero, cada cual se acuerda de los suyos, de su propio hogar, así Francisco Javier recuerda a su padre Andrés Bernal, que también hacía miniaturas en su jubilación, como queriendo dejar constancia para las generaciones venideras de aquellos aperos a los que tantas horas dedicaban para poder llevar el pan a su casa y hacer producir el famoso trigo candeal que producía el terreno del lugar.

Francisco Javier va mostrando cada pieza, en una esquina hay situadas herramientas de taller, porque el trabajo en el campo implicaba saber de todo y hacer de todo, sobre todo continuas reparaciones y puestas a punto de los rústicos aperos de labranza. Antiguos taladros de mano, un utensilio para afilar hoces, un limpiador de arado, una sierra y otra serie de piezas que precisan ir acompañadas del testimonio de aquellas personas que las usaron para poder entender su utilidad.

En otro lugar hay una red para el carro, los costales, las medidas para medir el grano, el trillo, herraduras, yugos de mulas y de bueyes, el arado romano, el gario para la paja, el horcón para cargar los haces, la orca para dar la vuelta a la parva y otra serie de utensilios que aún pueden verse en los pueblos, aunque ya no se usan.

Otra curiosidad de esas que recuerda Francisco Javier Bernal se refiere a los útiles para medir el grano, la media y la cuarta, «dos medias hacen lo que llamamos la fanega», explica.

«El trillo tirado por la mula iba levantando la parva y luego está la cañiza, que es lo que lo recogía», señala Bernal.

Anastasia Pinto también alude a sus antepasados. Su padre, Marcelo Pinto, natural de Cantalpino, llevó a El Campo de Peñaranda su saber como hortelano y además de trabajar en el campo tenía un huerto familiar regado por un pozo que era la envidia del pueblo.

Eran otros tiempos, otros trabajos más duros, herramientas que ahora podemos pensar que mejor que no se usen, «pero también se empleaban más las manos», considera Anastasia Pinto.