«No hay que mirar con cara de pena por tener cáncer, sino normalizar todo lo posible»

Andrea, con uno de sus cuadernos.
Andrea, con uno de sus cuadernos. / Word
  • Andrea Ruano / Artista becada por la fundación Villalar y exenferma de cáncer

  • Esta licenciada en Bellas Artes de 24 años llevará a gran formato los dibujos que realiza desde hace una década con reflexiones sobre su vida

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Su obra refleja su vida, en general, sin centrarse en nada específico, mucho menos en la enfermedad que la atacó hace diez años y de la que hoy en día, ya curada, arrastra consecuencias. Andrea Ruano, 24 años, ha visto como su proyecto ‘Piel y huesos’ ha sido becado por la fundación Villalar-Castilla y León con 12.000 euros para, a lo largo de un año, desarrollarlo y exponerlo.

Un proyecto que ampliará y profundizará en lo que para Andrea constituye una actividad habitual desde pequeña: reflejar a través de dibujos lo que sucede en su día a día. Incluida, pero no sólo, esa década de visitas a hospitales. «Siempre he pintado sobre mi vida en general, y en los cuadernos hay de todo, desde canciones, a frases motivadoras y también, claro, mucha parte médica porque los médicos forman parte de mi vida a día de hoy», relata Andrea, que sufrió a los 15 años un sarcoma de Ewing en una pierna.

Un cáncer de tratamiento corto, ya curado, pero que ha dejado largas consecuencias, como la propia Andrea explica con naturalidad. «Ahora mismo mis problemas son de ‘chapa y pintura’», afirma con la convicción de la paciente que rechaza cualquier tipo de victimismo o autocompasión. «La enfermedad no protagoniza mi vida, y de hecho, mi respuesta estándar cuando me preguntan es que me he lesionado haciendo deporte porque he visto demasiadas veces el cambio en la cara de la gente cuando menciono la palabra ‘cáncer’».

Y es que, añade esta joven artista, lo esencial es interiorizar lo ocurrido y aprender a vivir con ello. «El cáncer es una mierda, me pasó cuando tenía 15 años, aprendí mucho, conocí a mucha gente, pero no lo tengo a diario presente, aunque me haya dejado efectos colaterales», insiste, antes de recordar que en este tiempo, en el que las entradas y salidas al hospital han sido más que frecuentes, ha terminado Bellas Artes y se ha adentrado en el mundo de la expresión artística.

Al principio, cuenta, la propusieron que escribiera su experiencia, pero «aquello era revivir todo el rato lo mismo». Por eso pasó a los cuadernos, un «diario visual» en el que ha ido contando todo lo que la sucedía, relacionado con la medicina o no. «Hay épocas de dibujos de hospital y hay épocas de dibujos de bares o de conciertos», explica. Unos cuadernos, 14 en concreto, que han sido «una fuerte de fortaleza» en este tiempo de «muchas horas de sala de espera».

«Mi relación con el hospital no ha sido lejana, el año pasado fui hasta tres veces a la semana a revisión a Madrid y la rodilla me duele horrores porque me lesionaron el nervio al retirar el tumor y tengo movilidad reducida, pero es lo que hay», reitera, con esa naturalidad que considera esencial en estas cuestiones. «No hay que mirar con cara de pena, hay que normalizar todo lo posible», remarca incansable.

En lo que se refiere a sus cuadernos señala que «hay cosas que no son buenas o especialmente llamativas, porque son dibujos rápidos, que no pienso previamente». Otros, en cambio, sí que tienen más entidad y son los que presentó a la convocatoria de la fundación Villalar. «He planteado un calendario de trabajo más amplio, con lienzos más grandes, e incluso con fotografía o vídeo». Una oportunidad, añade Andrea, para transmitir su mensaje: hacer ver «cómo se puede rehacer la vida» tras una enfermedad como la suya. «Cada persona encuentra un punto de apoyo, para mí eran mis libros, mis películas y mis cuadernos», explica. Eso sí, el trabajo no comenzará más en serio hasta la primavera, porque tiene pendiente otra operación que la tendrá «cuatro o seis semanas» inactiva.

Además, Andrea colabora con varias asociaciones, como Pyfano, la fundación Aladina o la AAA, Asociación de Adolescentes y Adultos Jóvenes con Cáncer. Su tratamiento y cuidados de traumatología los ha recibido en hospitales de Madrid, primero el Niño Jesús y ahora el Gregorio Marañón, mientras que las revisiones anuales de Oncología se las hace en Salamanca. Esto le ha permitido entrar en contacto con esas organizaciones, con las que trabaja sobre todo en ‘emparejamientos’, esto es, charlar con pacientes que pasan por la misma enfermedad que ella tuvo para hacer ver que hay curación, futuro y esperanza. «Intenté el trabajo como voluntaria en el hospital, pero creo que ya tengo demasiadas horas de hospital a mi espalda y no me apetecía revivir siempre lo mismo», reconoce.