Quintín García, Luis Martín y Pedro Díez.
Quintín García, Luis Martín y Pedro Díez. / J.H.

«Vinimos al medio rural para ponernos al servicio de la gente»

  • Luis Martín, Quintín García y Pedro Díez, mantienen viva la comunidad de dominicos que reactivó la vida de Las Villas desde la parroquia

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Babilafuente, Moríñigo, Villoria, Villoruela y las religiosas trinitarias de Villoruela son lugares privilegiados en cuanto a doctrina religiosa se refiere en el medio rural. Gran parte de la culpa de esta ventaja con respecto a otras localidades de la provincia, la tienen Luis Martín Figuero, Quintín García García y Pedro Díez de Ulzurrum, más conocidos como los dominicos de Babilafuente. Los tres son miembros de la orden de los Predicadores, religiosos, sacerdotes y responsables de las parroquias previamente mencionadas y capellanes del monasterio también relacionado.

Este sábado se cumplen 36 años de la fundación de la comunidad de dominicos de Babilafuente (3 de diciembre de 1980), que fue activada por los dominicos: Juan Huarte, Ramiro Castro, Roberto Ábalos, Francisco González, Bernardo Cuesta, Quintín García, y Pedro Díez, estos dos últimos empezaron como estudiantes. Desde entonces el enriquecimiento de Las Villas sería constante. Los religiosos empezarían una labor pastoral ejercida desde su condición de dominicos, nunca como curas, lo que quiere decir que aparte de la labor de atender las parroquias y el monasterio encomendado como sacerdotes, han mantenido en todo momento su vida en comunidad, porque según explica Quintín García, «nuestra idea desde un principio era venir como dominicos, no como curas de pueblo», por ello argumenta que «hemos mantenido ese nivel de estudio, de reflexión teológica, de reflexión pastoral». Además viven en comunidad tal y como relata Luis Martín «hacemos la comida, nos hacemos presentes en las tiendas del pueblo cuando vamos a hacer la compra, es decir todas esas tareas como si fuéramos una familia del pueblo».

La presencia de esta comunidad de dominicos en el medio rural empezó un poco antes, allá por 1977, en La Armuña, donde comenzaron a ir para apoyar en las celebraciones religiosas, en parte porque se lo solicitó el obispo, pero también por esa vocación especial, la que les llevó a preocuparse de «los más pobres, el mundo rural, por eso empezamos en aquella Armuña necesitada», recuerda Díez. Ellos querían permanecer allí, pero el obispo les destinó a una zona con más población, porque iban siete personas. Además tenían que estar cerca de Salamanca, porque tenían que ir todos los días a dar clase, los profesores; y a estudiar, los alumnos. Además «coincidió que los sacerdotes de la zona se jubilaban», explica Martín. García anota que «por talante nuestro habíamos preferido una zona económicamente más empobrecida pero había que jugar con esos factores».

La comunidad de Babilafuente fue pionera también para los dominicos pues se erigió como «otra casa de formación alternativa a la tradicional a la que también pertenecíamos pero con una dimensión distinta, donde desde el primer día éramos corresponsables de todo: la cocina, la toma de decisiones...», relata Pedro Díez, a lo que Quintín García añade que «desde dentro de los dominicos intentamos una experiencia de comunidad nueva, pequeña, elegida, formativa, al servicio de las necesidades de la Diócesis y de la gente».

Precisamente una de las principales motivaciones que acercaron a los dominicos al medio rural fue la atención al hombre y la mujer del pueblo. «Uno de los motivos que nos empujó a venir fue el ponernos al servicio de la gente en todas las dimensiones: cultural, social, educación, religiosa, intervención social...». Precisamente de esa cercanía a las personas, y con ello a sus problemas, inquietudes, necesidades, a la forma de ver el mundo de la gente de esta zona, comenzó a aflorar una forma de vivir más social en esta zona de Salamanca.

Algunas de las múltiples iniciativas que pusieron en marcha los dominicos fueron la escuela de adultos, el periódico o las catequesis. En esta hazaña implicaron a todos los agentes sociales de las localidades, es decir, trabajadores sociales, médicos, enfermeros y todo tipo de personas que trabajan con la gente, esos profesionales que con su sabiduría y preparación pueden ayudar a hacer que la vida en los pueblos sea mucho más agradable.

La tarea de estos religiosos fue imparable y es abundante en frutos: comenzaron labrando aquel terreno prácticamente baldío y hoy la zona es un vergel, donde se cosechan grandes productos, como por ejemplo la gran campaña de solidaridad que cada año se crece más o, de forma más o menos indirecta, ese movimiento ciudadano de Villoruela que está dejando perplejo a todo el que lo conoce. También hoy siguen siendo un modelo ejemplar las escuelas de verano, que en sus días de actividad están repletas de niños y niñas pero también de jóvenes monitores que voluntariamente organizan las dinámicas para los vecinos más pequeños de su pueblo. Esta es una breve reseña de las muchas labores emprendidas por esta comunidad y que han marcado las vidas de las gentes de Villoria, Villoruela, Babilafuente y Moríñigo, y por ello siempre tienen unas palabras de gratitud para sus dominicos.