El Norte de Castilla

«La vida es un poema»

Antonio Colinas, junto a la puerta de la Clerecía.
Antonio Colinas, junto a la puerta de la Clerecía. / Quico García
  • Antonio Colinas / Poeta

  • El autor afincado en Salamanca recibe en el Palacio Real de Madrid el premio Reina Sofía de Poesía

La concesión del premio Iberoamericano Reina Sofía de Poesía ha cogido a Antonio Colinas (La Bañeza, 1946) en plena resaca de la publicación de sus memorias, un repaso en prosa a su biografía, que adquiere por momentos el tono de un dietario. El galardón se suma a muchos otros –los Nacionales de la Crítica y la Literatura, el de Castilla-León, el de Traducción en Italia– ganados por este autor que quiere devolver la poesía a la calle para que llegue a todo el mundo y porque el poeta toma inspiración en la vida y cuanto la rodea. Quizá por eso, no deja ni un día de pasear por Salamanca, la ciudad en la que reside desde hace casi veinte años, siempre a la hora del atardecer. Lo hace para observar e impregnarse de sensaciones, como antes recorría Ibiza y aún antes Milán, las otras urbes que han dejado una huella profunda en él. ‘Memorias del estanque’ (Ed. Siruela) arranca el día en que, con muy pocos meses, una lluvia torrencial lo salvó de morir a consecuencia de una fiebre descontrolada. A partir de ahí, están las imágenes, los amigos y las lecturas, las penas y los gozos, la naturaleza y el lento callejeo que prolonga la tertulia.

– Publica sus memorias y unos días después gana un premio muy importante. ¿Qué supone para un autor que ha conseguido tantos seguir recibiendo galardones?

– No sé si la publicación de las memorias ha llevado al premio... A veces sucede. Creo que es una distinción no solo a mi obra, sino también a mi vida, a mi vocación y mi apuesta por la poesía. Estoy muy emocionado y me produce una gran satisfacción.

– ¿Qué diferencia hay entre recibir un premio en la juventud, cuando un escritor necesita reafirmarse, o en la madurez, cuando es consciente de su trabajo y el valor del mismo?

– Cuando se es joven, un premio es un aliciente enorme, un estímulo para seguir trabajando. A mí este me llega cuando soy un ‘jubilado’ que está en una etapa de plenitud pero a la vez en una frontera.

– Sus poemas recogen muchas cosas de su vida y de lo sucedido en el mundo en esos años, igual que las memorias. ¿Hay otro planteamiento literario cuando se escribe sobre lo mismo pero en prosa?

– Escribí este libro con cierto automatismo, me hablaba mi psique. En todos mis libros hay un sustrato poético y aquí se ve de forma especial. Pero luego hay momentos de mi vida en que para contarlos me faltan palabras en prosa y por eso recurro a poemas.

– ‘Memorias del estanque’ arranca con una imagen muy poderosa: la del niño enfebrecido al que salva el agua.

– Es un texto muy real. Soy un niño de postguerra, cuando la medicina ignoraba que el agua salvaba. Era usual cuando alguien tenía fiebre que le mojaran los labios con agua y lo abrigaran mucho. Cuando llegó la tormenta que en León se conoce como la de San Roque, al final del verano, sucedió así. Yo estaba moribundo por la fiebre y con la humedad derivada de la lluvia torrencial, el niño se levantó y sanó.Mi madre siempre me recordaba que me salvó la tormenta en un tiempo en que raro era el día que no se oían doblar las campanas por la muerte de un niño.

– Las imágenes de su infancia y adolescencia están ahí:la estación de tren, la biblioteca, la bicicleta, el río... ¿Cuando se llega a cierta edad recordar es un consuelo o genera dolor por quienes ya no están?

– La sensación es de consuelo porque todo eso sana y salva. De la memoria surgen momentos que no morirán. Aunque en ocasiones idealizamos la infancia. La Bañeza estaba llena de huertas, tenía otro ritmo de vida, con un río unido para mí a las lecturas de Salgari o Defoe. Todo eso ya pasó, pero fue cierto.

– Habla mucho de Italia, donde vivió cuatro años justo antes de que el país enlazara un trauma tras otro, con bombas, asesinatos y secuestros.

– En realidad, los años de plomo empezaron justo a los pocos días de llegar nosotros. Fue un tiempo muy convulso, con un terrorismo intenso. Pero esa etapa resultó muy buena para nosotros, porque Italia es un país en que cada pequeña ciudad es un museo y quien ha residido allí no sale indemne de tanta belleza. Incluso una ciudad tan compleja como Milán, donde vivíamos, es de una riqueza cultural enorme. También fueron magníficos los primeros años en Ibiza.

– Y ahora está en Salamanca, lo que lo une aún más a Unamuno.

– De esta ciudad destaco su universalidad, la apertura que siempre ha mostrado, los intelectuales que la habitan, la urbe como laberinto. Es la ciudad más literaria de España. Yen cuanto a Unamuno, mi vinculación fue muy temprana.

– ¿Cuándo comenzó?

– He confirmado que muy pronto. Cuando mis padres murieron y estuve en casa haciendo un repaso de cosas que allí había, encontré una caja en cuyo interior estaban todos los libros de Unamuno editados en la colección Austral, que había leído de joven. También me siento muy unido a Blas de Otero, a quien conocí. Recuerdo un día que salimos de una tertulia de la revista ‘Ínsula’ y paramos un taxi que compartimos porque íbamos en la misma dirección. Nunca más volví a verlo porque murió poco después.

– En ‘Memorias del estanque’ habla de muchos escritores, pero casi dedica tanto espacio a los músicos.

– El escritor no se forma solo con los libros; también lo hace con la vida misma y con otras formas de arte. En mi caso, sobre todo la música y la pintura. Mis años de Italia fueron muy importantes. En La Scala asistí a una función de ‘La bohème’ de Zefirelli que ahora se tiene por la más importante que ha habido nunca. Me habría gustado ser músico, o compositor, porque llega un momento en que sentimos la llamada del silencio.

– ¿Por eso da recitales poéticos acompañado por la violinista Lina Tur Bonet?

– La propuesta me la hizo ella y me encantó. En su origen, se trataba de hacer algo para los amigos, en una pequeña iglesia de Ibiza, pero terminó por ser un recital en una sala. Luego lo hemos hecho en muchos sitios, Bilbao entre ellos, sobre todo como homenaje a Bach.

– ¿Vivimos una época en que la poesía necesita algún acompañamiento para que le prestemos atención?

– Siempre ayuda, pero la fusión es delicada. No deben estorbarse. De todas modos, poesía y música se deben mucho mutuamente. Cantautores como Amancio Prada o Serrat nos han dado otra visión de la poesía.

– Pusieron de moda a los poetas, pero quizá muchos se acostumbraron a escuchar la poesía cantada y no a leer los versos.

– Por eso le digo que es delicado, porque a veces uno se detiene más en la música que en el texto. La palabra se entrega desnuda. Hemos perdido el sentido de la poesía en la calle, que es algo que en América Latina y en algunos países de Oriente aún perdura. Nosotros tenemos una visión más intelectual de la poesía y hay que sacarla a la calle.

– Usted la ha llevado también a las cárceles. ¿Qué le dicen los presos cuando acaba de recitar sus poemas?

– Las primeras veces que lo hice fue en el contexto de una semana cultural en la cárcel de Ibiza. Los presos mostraron su sensibilidad, incluso algunos me dijeron que escribían. Lo hacían como algo que remite a la esperanza y a la vida interior. En otro recital, en la cárcel de mujeres de Ávila, vivimos momentos de mucha emoción. Hay que llevar la poesía a las cárceles, los monasterios, los parques, la calle...

Desnudarse en el texto

– ¿Cuando se escriben unas memorias se está asumiendo que está próxima la última vuelta del camino, como decía Baroja?

– Mientras escribía, pensaba sobre todo en explicar algunas cosas de mi vida:por qué me fui a Italia, o a Ibiza, por ejemplo. Me he desnudado por momentos, tocando temas que pocas veces trato en mi poesía. Aunque no son memorias de chismorreo, ni tienen ningún sentido sociológico.

– Si la vida se puede abordar como un poema, ¿la muerte es el último verso, el final lógico y por tanto no merece la pena dramatizar sobre ello?

– La vida es un poema en el mejor sentido de la expresión. El poeta la ve a través de su mirada particular. El poeta piensa que no puede existir un mundo sin poesía, porque esta nos remite al humanismo y somos seres humanos. Dentro de la trayectoria de cada uno está el momento de madurez que a la vez lo es de plenitud. Para mí, la poesía es más que un género literario. Creación poética y vida van unidas. Ylo van con todas sus consecuencias.