El Norte de Castilla

«Siempre me he visto como un desterrado, y no me quejo»

Juan Manuel de Prada, en una imagen de archivo.
Juan Manuel de Prada, en una imagen de archivo. / Efe
  • Juan Manuel de Prada / Escritor, Considera «óptimo» el escenario en el que se ha instalado, «aborrecí al ‘establishment cultural’ porque era un nido de víboras»

Llueve sobre Madrid. Es un domingo entreverado de nubarrones, lluvia muy caída y, cuando escampa, una luz lavada y fresca. Juan Manuel de Prada (1970) habla, con voz firme pero pausada, de su nueva novela, ‘Mirlo blanco, cisne negro’, donde realiza una sátira del mundo literario y sus submundos, donde efectúa una mirada hacia atrás sin ira pero con ironía (incluida la autocrítica y la confesión personal). Y las sátiras producen escozores, también heridas, en los otros. Habla, con palabra clara, a veces revelatoria, de España y la situación social y política, de la democracia convertida en plutocracia, de la Iglesia y sus pastores, de la cultura y sus entendedores, de su situación en los márgenes y el malditismo. El escritor, de ejercicio zamorano, que puede ser conservador y revolucionario a la vez –depende de si habla de esto o de lo otro– presenta el jueves 17 de noviembre en Salamanca, en el Casino… Afuera llueve. Y la realidad nos empapa a todos.

–Un ajuste de cuentas, se dice. Los ajustes esos, frente a algunas gentes de colmillo retorcido, son peligrosos. ¿Está preparado para lo que pueda venir?

–En honor a la verdad, ésta es una novela en la que no se pretende atacar a nadie. A mí, de todas las maneras, ya me han atacado todos. Si lo hicieran, ya resultarían redundantes. No es un tema que me inquiete, porque son gentes con las que nada tengo que ver. De manera que este tema no me preocupa.

–Escribir este libro... ¿se lo pedía el corazón o también se lo pedía, en legítima defensa, el ajuste de cuentas?

–No, No. Era una necesidad de hacer una recapitulación sobre mi vida, sobre tantos años de dedicación a la literatura, formular una reflexión sobre la vocación literaria. No había ninguna intención revanchista. En modo alguno.

–¿Cómo fue su verdadera relación con Umbral?¿Recuerda algún buen consejo?

–Umbral fue un gran escritor, a quien yo tuve la suerte y la desgracia de conocer muy de cerca. Tuve la suerte y la desgracia porque, quizá, es preferible conocer a los escritores de lejos. Pero, sin duda alguna, se trataba de un grandísimo escritor, que tenía muchas cosas admirables. Las cosas que aprendí de él fueron… Para mí, fue un modelo de las cosas que un escritor no debe hacer. Umbral fue un hombre con un talento inmenso que, sin embargo, se desperdició en decenas de libros absurdos, libros absolutamente mercenarios. Esa fue una cosa que yo aprendí de él, pero la aprendía a la inversa. El magisterio a la inversa también es extraordinariamente fructífero.

–Ahora mismo, ni mirlo blanco ni cisne negro. Juan Manuel de Prada está en terreno de nadie.

–Yo me he visto siempre como un desterrado. Y no me quejo por ello. Es decir, considero que es una situación óptima. Yo aborrecí a lo que podríamos llamar ‘el establishment’ cultural, literario, español. Y, la verdad, no me arrepiento de haberme apartado de él. Creo que era un nido de víboras, y lo veo desde lejos con mucha tranquilidad de espíritu.

–En eso de la literatura, empezó pronto a ‘hacer amigos’. Y persiste en su empeño. ¿Es usted un valiente o un imprudente?

–Supongo que tendré algo de imprudente. Siempre lo tuve. Pero no hay ninguna intención, de verdad, en hacer aquí como un acto de temeridad, ni nada parecido, sino simplemente el contar, desde la propia experiencia, una historia ficticia, porque no debemos olvidar que esto es una novela. No debemos pensar, en ningún momento, que estemos hablando de otra cosa.

–En la vida, ¿usted es de los de pactar y transigir... o de los de no es no?

–Yo creo que se debe transigir en aquellas cosas que son transigibles. Pero uno no puede transigir ni mercadear con sus principios, con aquellas cosas en las que cree. En ese sentido, el consenso me parece algo fétido. Porque normalmente significa ser punto de encuentro de gente que no tiene principios, de la gente que es capaz de renunciar a una parte de sus principios por conveniencia. Y, en realidad, lo que se oculta muchas veces en los pactos es la conveniencia, los intereses compartidos. Yo creo que se puede pactar siempre y cuando no haya traición a los principios.

–Si nos atenemos a la novela, se desprende que no tiene muy buena opinión de los medios de comunicación, ¿qué le hemos hecho?

–No… No, no… En modo alguno. Pienso que los medios de comunicación pueden ser unos instrumentos maravillosos al servicio del desvelamiento de la verdad. Pero no cabe duda que hoy en día son instrumentos de control social para apacentar a las masas, para moldearlas, según las conveniencias del poder mundial, o mundialista. Entonces, en este sentido, yo creo que hay que acusarlos por la responsabilidad que tienen en la corrupción de lo que es su misión originaria y verdadera. Pero no tengo nada contra los medios en sí mismos. Yo creo que todo aquello que contribuya a propagar la verdad o la sabiduría es algo que debe ser visto con buenos ojos. Otra cosa es que luego esa finalidad se pervierta, como está ocurriendo en nuestros días.

–El académica catalán Gimferrer manifestaba recientemente que estamos «viviendo un deterioro generalizado de la lengua». ¿Hay culpables?

–Estamos viviendo un tiempo en el que hay un interés en degradar la transmisión cultural a través de la educación y de los medios de comunicación. Es decir, estableciendo una educación que degrade a los pueblos -en lugar de cultivarlos- cada vez más, y los medios de comunicación abyectos lo convierten en un entrenamiento plebeyo y casposo. En este sentido, la culpa es, en gran medida, de nuestros gobernantes. Pero no hay que olvidar que esto es un proceso mundialista, y que los gobernantes nacionales no son más que lacayos de este proceso. El Plan de Bolonia, por ejemplo, es una cosa que no se decide a instancias nacionales, sino internacionales. No olvides este detalle.

–Pasa por conservador y, sin embargo, defiende tesis cercanas a Podemos en algunos aspectos. Qué paradojas tiene la vida, ¿o no?

- Estas comparaciones solo se pueden establecer desde la modernidad. Los antimodernos somos totalmente contrarios a todas las ideologías modernas. De modo alguno yo puedo defender estas tesis (ni unas ni otras). Defiendo tesis antimodernas. Ocurre que las ideologías modernas, para engañar a la gente… El sentido común de la gente, si no estuviera contaminada y destruida por las ideologías, le dictaría que todas ellas son igualmente nefastas. Es verdad que las ideologías, para engañar a la gente, les tienden -a modo de reclamos- verdades parciales, propias del pensamiento antimoderno. Puede parecer que, a veces, determinadas tesis puedan resultar conservadoras o progresistas. Pero es porque son tesis recuperadas del pensamiento antimoderno. Nada más.

–Alguien señaló (Gramsci) que «decir la verdad es siempre revolucionario». Es un pensamiento marxista que parece evangélico.

–Indudablemente, la verdad es la que nos hace libres, leemos en el Evangelio. Y yo creo que hoy en día proclamar la verdad, en un mundo en el que la mentira tiene toda la fuerza propagandística y todo el prestigio añadido de la corrección política, se convierte en algo no solo revolucionario, sino algo altamente arriesgado.

–Usted es cristiano militante. Sin embargo, con frecuencia, no le hacen gracia las palabras del Papa Francisco. A Juan Manuel de Prada, este Pontífice ¿ni fu ni fa?

–No, no. Yo no diría esto. Hay cosas de él que me resultan muy interesantes. Creo que muchas veces ha puesto el dedo en la llaga y ha introducido cuestiones sociales y económicas que otros predecesores suyos habían desdeñado de forma errónea., a mi modo de ver, centrándose mucho en aspectos morales. En ese sentido, yo le reconozco cosas valiosas. Pero es verdad que en lo doctrinal es confuso, y tiene un componente chusco, chabacano, que me produce rechazo. Ferlosio dijo en cierta ocasión que era un señor un poquito ordinario. Y digamos que es verdad. Hay veces que en sus declaraciones o en sus actitudes resulta un poco cargante. Pero, al mismo tiempo, creo que tiene aspectos sumamente interesantes. Por otra parte, solamente los memos se piensan que el Papa es la cuarta persona de la Santísima Trinidad. Decía Chesterton que Cristo, cuando eligió a Pedro, eligió al más pillastre, al más fanfarrón y al más cobarde de sus discípulos. Y no le faltaba razón. Quiero decir con esto que los sucesores de Pedro, al igual que el hombre a quien Cristo le confió la misión de fundar la Iglesia, también pueden ser, en determinados momentos, hombres con defectos.

–En estos tiempos, ¿quién defiende de verdad a los obreros?

–Bueno. Hubo un Papa que dijo una vez que quien verdaderamente defendía a los pobres eran los tradicionalistas. Yo pienso que a los pobres verdaderamente solo les defiende aquel que defiende el bien común. Solamente sobre el bien común puede existir justicia social. Y la realidad es que, hoy, ninguno de los partidos políticos en liza lo defienden.

–Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura. ¿Una cantada?

–(risas) Bueno, como mínimo, un gallo, ¿no? O desafinación. Pero es una prueba, también, de que la literatura ha dejado de tener relevancia social. Estos mangantes del Premio Nobel, que buscan la repercusión mediática, han tenido que recurrir a otra cosa que ya no es un escritor, sino un señor que, en todo caso, utiliza artísticamente las palabras.

–Tertulias y demás saraos. ¿Autos de fe televisivos?

–Es la entronización de la vulgaridad y de la más absoluta ignorancia. La opinión es variable frente a la verdad, que es única e inmutable. Yo creo que nuestra época, que ha consagrado la confusión en todas sus formas, necesita consagrar la opinión como un sucedáneo o sustitutivo de la verdad.

–Cuando estudiaba y vivía en Salamanca, ¿tenía muchos sueños de grandeza literaria?

–Mi único sueño fue vivir de mi oficio. Nunca tuve sueños de grandeza. Entre otras razones, porque sé que vivimos en una época en que la mediocridad puede ser encumbrada. Tenía la aspiración de poder vivir de mi oficio; aspiración que, con el paso del tiempo, veo cada vez más irrealizable, aunque seguimos en la lucha.

–Zamora, Salamanca,.. Su personaje Alex dice que ‘la parda meseta imprime carácter’.

–Indudablemente. Yo creo que una de las grandezas del pueblo español es que convivimos en él personas de muy diverso temperamento y carácter, en gran medida marcado por nuestros orígenes. Y creo que las gentes de lo que se ha dado en denominar Castilla tenemos una serie de rasgos que tienen que ver con la austeridad, la capacidad de sacrificio, que imprimen carácter.