La ubicación de la antigua huerta de Villa Sandín ofrece unas impactantes vistas de la ciudad.
La ubicación de la antigua huerta de Villa Sandín ofrece unas impactantes vistas de la ciudad. / CECILIA HERNÁNDEZ

Un paseo por la historia de la ciudad a través de los rincones del camposanto

  • Dos siglos de existencia contemplan al cementerio salmantino de San Carlos Borromeo

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Quizá lo que más llama la atención del visitante neófito en el cementerio de Salamanca sean las espléndidas vistas que desde su interior se observan de la ciudad, más cuando el ambiente colabora y las catedrales aparecen a la vista envueltas en una ligera neblina otoñal. Más de dos siglos de historia contemplan a este camposanto, llamado de San Carlos Borromeo, de propiedad eclesiástica y gestión municipal. Dos siglos desde que la presencia de las tropas francesas en la ciudad, allá por el año 1811, y la alta mortandad que se produjo en aquellas fechas obligaron a la construcción de un cementerio alejado del centro de la ciudad en los terrenos llamados la huerta de Villa Sandín.

Ya hacía tiempo que en Salamanca se luchaba contra los entierros en las iglesias y sus alrededores, que no eran lo más adecuado, precisamente, para la salubridad pública y que tampoco ayudaban en los planes de expansión urbana. Así, y en la línea de lo dictaminado desde instancias superiores, en los primeros años del siglo XIX se creó un cementerio frente a la puerta de San Vicente, cerca de los actuales hospitales. Pero, de nuevo, la invasión francesa modificó los planes, derribó aquel camposanto y trasladó los enterramientos a la huerta de Villa Sandín, donde, no sin vicisitudes de todo tipo relacionadas directamente con el convulso siglo XIX español, se terminó creando el actual cementerio.

Un camposanto ampliado hasta en cuatro ocasiones desde entonces y que, ahora mismo está colapsado, sin sitio para nuevas tumbas, tal y como relata Victoriano Martín, gerente del lugar desde hace 35 años. No tiene problemas Salamanca, no obstante, para estas cuestiones, ya que cuenta con el cementerio Virgen de la Salud, en Tejares. En San Carlos Borromeo quedan, como testigos de su historia y de la historia misma de la ciudad, tumbas de hace más de un siglo. De muchas no se tiene constancia de nuevos enterramientos desde hace tiempo. «Según viene marcado por el Derecho Canónico las tumbas se vendían a perpetuidad, pero con la salvedad de que si pasan 99 años desde el último enterramiento, la autoridad puede levantarlas», señala Martín. De todos modos, tal circunstancia no se da en el camposanto salmantino, y la gerencia se limita a intervenir en los casos de mal estado de las sepulturas, que puedan suponer peligro para terceras personas, pero no elimina.

De esas cuatro ampliaciones que mencionábamos antes destaca, a ojos del paseante, la procedente de la República, creada a partir de una glorieta en la que se instaló, décadas atrás, el crucero de San Cebrián. Un elemento histórico cuyo mal estado de conservación levanta las alarmas de los patrimonialistas que reclaman su traslado a su lugar original. También requiere de una limpieza la escultura que Agustín Casillas creó para la tumba de su padre, que es uno de los elementos artísticos más destacados del camposanto.

Cerca de la glorieta está el cementerio civil, que tuvo incluso puerta independiente, y también el denominado cementerio de los niños. «Ahora es extraño afortunadamente que muera un niño, pero hubo épocas en las que morían cientos cada año, por eso tenían una parte especial para ellos», explica Martín. De aquellos tiempos oscuros de alta mortandad infantil habla ese rincón del camposanto, con sus pequeñas tumbas que sobrecogen a la vista. Poco más allá está el cementerio militar, donde se enterraban a los soldados que servían en el cuartel salmantino. Desde el acuartelamiento General Arroquia se cuida con mimo este pequeño lugar, de cruces de metal y túmulos blancos, y cada 1 de noviembre no faltan las coronas y las visitas.

Parte del camposanto es también la capilla en la que se puede venerar al Santísimo Cristo de la Liberación, de la hermandad de Amor y Paz. Las relaciones entre el cementerio y esta cofradía son profundas y estables, como lo demuestra la existencia del denominado grupo de exequias. Algunos hermanos de Amor y Paz que en festivos y fines de semana sustituyen a los sacerdotes en los entierros. «Prestan un gran servicio con esa labor, sobre todo ante la falta de sacerdotes», afirma Victoriano Martín.