Saturnino Rodríguez, en la presentación del libro en Ciudad Rodrigo.
Saturnino Rodríguez, en la presentación del libro en Ciudad Rodrigo. / S.G.

«El libro recoge modos de vida que ya se han perdido para siempre»

  • Saturnino Rodríguez / escritor

  • Acaba de publicar, ‘Memorias de un hombre de la dehesa. Antonio Boyero’, de la mano del Instituto de las Identidades

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El polifacético Saturnino Rodríguez Miguel, conocido en la zona de Ciudad Rodrigo como Nino el de Sanctis, ha ido un paso más allá en su relación con la cultura tradicional y acaba de publicar, de la mano del Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca, un libro en el que recoge «modos de vida que ya se han perdido para siempre» y que lleva por título: ‘Memorias de un hombre de la dehesa. Antonio Boyero’.

En este trabajo se recoge la trayectoria de un reconocido mayoral, como era Antonio, y cada capítulo se hace coincidir con las fincas por las que pasó este hombre ya fallecido y que colaboró muy activamente con el autor a lo largo de tres años, en entrevistas semanales.

La historia se podría decir que arranca en Terrones, donde Antonio Boyero estuvo con su padre «y es una finca señera», sostiene Nino Rodríguez.

Tuvo un tiempo que «como diríamos ahora, fue de experimentación y trabajó en otros sitios pero vio que lo suyo era el campo, los toros y los caballos y decidió irse a Llen».

Según el relato, «de la mano de Vicente Charro aprende lo que es una ganadería brava, lo que es la selección, todo lo que tiene que saber un mayoral».

De ahí pasó a Iruelos, «que es un poco una transición», a pesar de que permaneció cuatro años. Como anécdota en el libro se cuenta que cuando se inaugura la plaza de toros de Santa Cruz de Ciudad Rodrigo, «la gente pensaba que era la esperanza de la comarca, que iba a resurgir esto; él traía una novillada pero si en la primera y en la segunda novillada a penas hubo público, en la tercera tuvieron que suspender por falta de espectadores».

La última etapa traslada al lector hasta Fuenterroble, donde está la mayor parte de su vida y donde se jubila. «Empieza con bravo y termina con morucha, y aunque a él le gustaba lo bravo, hizo una selección que era digna de ver, 300 vacas iguales, preciosas», dice el autor.

En el relato aparecen los nombres de Miguel Altares, Marqués de Bayamo, o Marino Zúmel, con los que estuvo con la garrocha en la época en la que surgió el acoso y derribo.

A pesar revivir una trayectoria en la que se cuentan modos de vida y de ver cómo fue esa evolución, «él nunca me habló de esos modos con acritud pero sí que se alegraba de que hubieran cambiado». Es lógico que «recordaba con añoranza esa época porque era más joven y hacía lo que le gustaba pero también me decía que había sido una vida muy dura, se mandaba a la gente a las fincas por la comida y y esto fue cambiando, de hecho, se jubiló teniendo vacaciones o sea que las cosas cambiaron mucho, pero él nunca habló con resentimiento de las épocas ni de nadie».

Nino Rodríguez recuerda que este libro se gestó porque uno de los hijos de Antonio le pasó un libro de memorias escrito por su padre. Nino planteó la posibilidad de hacer una cosa más extensa y tras comentárselo el hijo al padre, «un día, dos años después, me lo encuentro y me dice: oye, que de aquello, cuando quieras». De esas conversaciones de los lunes, a lo largo de tres años salvo los periodos vacaciones, surgieron 100 horas de grabación, «algunas tardes las echamos a perros», bromea el escritor.

Antonio Boyero «contaba con una memoria prodigiosa» y «a mí me dio una lección de vida porque un día me dijo: tenemos que acabar que me muero». El hombre que se dio cuenta de la cara que puso el joven le comentó: «Aver si te vas a arrugar tú ahora. He vivido muy bien, he hecho lo que me ha gustado, he tenido una familia muy buena y cuando llegue la hora, me voy».

A Antonio ya no le dio tiempo a ver el libro publicado pero sí a leer el prólogo de José Ramón Cid que «le encantó» o a hacer algunas correcciones, «tuvimos nuestros más y nuestros menos» pero finalmente entrevistado y entrevistador le cogieron el ritmo y el gusto.

Antonio Boyero contaba con «una memoria prodigiosa» y ahora, parte de su sabiduría también estará viva para siempre a través de este libro.