El Norte de Castilla

Una joya «escondida» de Salamanca

Imagen del interior de los restos del convento.
Imagen del interior de los restos del convento. / WORD
  • La historia quiso que el convento de San Francisco el Real no luciese com otros edificios

Los caprichos de la historia quisieron que el convento de San Francisco el Real no luciese tanto como otros monumentos de la ciudad, pues una explosión de un polvorín en tiempos de la guerra de la independencia se llevó gran parte de su estructura por delante y, posteriormente, una nueva iglesia le cerró el paso a la calle.

Aun así, y aunque también fue usado como carbonería, sus restos y sus cicatrices evocan la grandiosidad de lo que fue durante siglos, uno de los lugares de culto y de influencia social más importantes de la ciudad, el convento de San Francisco el Real.

Este lugar de recogimiento para fieles –especialmente su iglesia gótica– es uno de los lugares más desconocidos por salmantinos y visitantes, lo que no quita su valor artístico y también su peso en la historia de la ciudad.

Un ejemplo de ello es que en su interior se libró una de las grandes disputas de los comuneros salmantinos entre Pedro Maldonado y Francisco de Ribas, explica a Europa Press el presidente del Centro de Estudios Salmantinos (CES) y exalcalde de la ciudad, Jesús Málaga. El convento en sí es un templo, fundado por un discípulo de San Francisco de Asís, fray Bernardo Quintavalle en 1231. Esta obra, «una de las obras arquitectónicas más importantes de la orden» según recogen los Franciscanos en el propio enclave, fue acrecentada y embellecida por don Fadrique, hijo de Fernando III ‘el Santo’.

Para contextualizar lo que fue este lugar, el actual Campo de San Francisco –por el que siglos después pasease con asiduidad Miguel de Unamuno–, era el huerto que daba comida a todos los residentes que en él habitaban.

Además de su imponente templo gótico, el enclave también tuvo un claustro renacentista, del que apenas quedan vestigios en su interior. Muchas de sus piedras fueron trasladadas y colocadas de nuevo en un edificio de la calle Marquesa de Almarza, que acoge actualmente el colegio de Siervas de San José.

Explosión

Durante la ocupación francesa, el convento fue lesionado por la guerra pero su punto de inflexión llegó cuando, en tiempos de contienda, un polvorín próximo en la zona de la Vaguada de la Palma –donde se guardaba material explosivo– estalló y se llevó por delante gran parte de su estructura.

Y si eso fue definitivo, se le sumó posteriormente la desamortización de Mendizabal y que su interior se convirtió en una carbonería, de ahí que algunas de las paredes que aún siguen en pie estén negruzcas.

A pesar de todos estos episodios turbulentos, que marcaron para siempre su historia, la antigua construcción gótica, junto a la actual iglesia de los capuchinos, es un lugar digno de contemplación por los amantes del arte y de la historia. Las cicatrices de sus muros dan testimonio de su fortaleza y del esplendor que un día tuvo.