El Norte de Castilla

Fragmento de la obra de Domingo Sánchez Blanco presentado a la bienal.
Fragmento de la obra de Domingo Sánchez Blanco presentado a la bienal. / WORD

El salmantino Domingo Sánchez Blanco lleva su obra a una Bienal de Bolivia

  • Arturo Cariceo, el co-curador de la sección de videoarte del festival, elige a este artista por su trayectoria

La obra de Domingo Sánchez Blanco, artista salmantino transgresor y que ha apostado por el mundo rural en el último año con intervenciones muy destacadas en pueblos como Morille con el Cementerio de Arte u Hondura de Huebra donde esta llevando a cabo una escultura habitable, ha saltado una vez más al otro lado del ‘charco’ y forma parte de la XX Bienal de Artes de Santa Cruz de Bolivia, a la que ha llegado gracias a Arturo Cariceo, co-curador de la sección videoarte, y responsable –tras ser invitado por Hernán Pacurucu, uno de los comisarios de la bienal– de exhibir la obra de tres artistas con destacada trayectoria y reconocimiento internacional. Para ello Cariceo eligió a Nury González (Chile), a Osvaldo Salerno (Paraguay) y al salmantino Domingo Sánchez Blanco como artista español.

Según cuenta Cariceo, «consideré que el perfil de estos artistas era el adecuado para una bienal organizada en esta ocasión en torno al concepto ‘limítrofe’, y sobre todo porque las obras no eran piezas de vídeo al uso, ya que todas conforman parte de instalaciones y, en el caso particular de Domingo Sánchez Blanco, una obra formalmente abierta a muchas versiones».

De esta forma, la obra elegida del salmantino para ser expuesta en Bolivia fue la que lleva por título ‘Un año, una obra cada día: cuando bailo hago música con los zapatos’, que ya había sido exhibida por el artista salmantino en varios museos, mientras que Cariceo la había presentado «un par de veces en el circuito chileno tratando de ser riguroso por la compleja puesta en escena que la película acarrea, sin desconsiderar la sensibilidad cultural de los países sudamericanos ante obras artísticas audiovisuales con alusiones sexuales. En todo caso, eso nunca fue mi preocupación, ya que conocía directamente los montajes de obras tan provocadoras como las de Cosi Fanny Tutti en el ámbito de los grandes museos. Conversando al respecto, con el comisario que me invitó le expresé que el riesgo de exhibir este tipo de obras es, habitualmente, el silencio mediático».

Ante este riesgo y este tipo de obras tan transgresoras y que no dejan a nadie indiferente, el co-curador de la sección de videoarte de la bienal explica que hay que conocer cuál es el contexto en el que él sitúa la obra de Domingo Sánchez Blanco y, así, explica que lo hace bajo una experiencia bienal realizada en un país sudamericano. «Cada dos años, como todas las bienales, el gobierno boliviano apoya a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra para que organice una exhibición internacional, una muestra que fomenta la identidad geopolítica, haciendo eco de la tradición deudora de las ferias mundiales y los salones académicos e inaugurada en Venecia a finales del siglo diecinueve y perfeccionada, en su sentido contemporáneo, por las bienales de Sao Paulo o Kassel, a mediados del pasado. La bienal de Santa Cruz, que celebra su vigésima edición, se realiza en la ciudad más próspera de Bolivia, siendo su puerta al mundo. Es, en este escenario, donde exhibo la película del artista salmantino».

A la vez que añade que «como toda bienal, el evento intenta capturar el momento artístico global y consideré que la película del artista salmantino respondía a esa expectativa. Su obra es una pregunta sobre los límites del arte español, siempre concitando una que otra polémica por lo mismo, pero coincidía con la convocatoria del evento boliviano: ‘limítrofe’, una palabra que apela tanto al cuerpo –social y político– como a la psique. Entendí este concepto propuesto por los comisarios como un desafío al canon y, en ese sentido, la obra de Domingo se distingue y no se desdibuja ante las eventualidades. De hecho, creo que su obra, donde quiera se que exponga, introduce un poco de inestabilidad ante ‘las comodidades seguras’ como diría el poeta chileno Vicente Huidobro. Obviamente que al seleccionarlo, no eludo los riesgos».

Por otro lado, Cariceo explica también otros conceptos y características de ‘Un año, una obra cada día: cuando bailo hago música con los zapatos’, de la que señala que se trata de «un trabajo colaborativo, realizado junto a la artista, también salmantina, Rosa Hernández Fraile, con quien realiza una serie de eventos performáticos, de la más diversa índole, y todas caracterizadas por un culto hedonista al cuerpo y un embeleso rabelasiano con su representación. Ambos, empáticos en sus papeles, son registrados por Manuela Zarza cuyos encuadres y manejos atmósfericos del medio, logran crear en la mente del espectador la intensidad del imaginario construido por Sánchez Blanco y Hernández Fraile».

De esta forma, lo que se ha llevado a Bolivia es «sólo una posibilidad de la obra en sí, ya que ha sido conceptualizada como una película inacabada, ya que su lógica fragmentaria y no lineal, permite que pueda ser editada de maneras muy distintas, abriendo un umbral de incertidumbre respecto a lo que realmente estamos viendo».

Por último, Arturo Cariceo quiere destacar respecto al trabajo elegido de Domingo Sánchez Blanco que «su temática y estética, que mira irónicamente la espectacularidad, y por lo tanto la inmediatez, en estos tiempos tan nostálgicamente conservadores, abre una serie de preguntas que considero necesarias sobre el tipo de arte que es mediado por ferias y bienales, cuando enarbolan conceptos deudores de las inquietudes vanguardistas».