El Norte de Castilla

Venancio Blanco inunda el Casino de Salamanca con ‘Toros y Caballos’

Venancio Blanco, con la obra cedida al Casino.
Venancio Blanco, con la obra cedida al Casino. / C. S.
  • El escultor salmantino ha cedido a la entidad la primera ampliación de su obra ‘Vaquero charro’

No resulta fácil explicar que un artista como Venancio Blanco nunca haya expuesto en el Casino de Salamanca, una de las entidades que más ha contribuido a dinamizar la vida artística, literaria, musical y cultural de la ciudad. Venancio, asentado en Madrid, nunca expuso en el Casino a pesar de que por la entidad pasaron todos los artistas destacados de Salamanca de la segunda mitad del siglo XX. El escultor no tuvo en Salamanca una exposición acorde con su categoría hasta 1992 en que, con motivo de la Feria Universal Ganadera, la Diputación Provincial promovió una antológica que comisariamos con triple escenario expositivo – la Salina, Garcigrande y Patio Escuelas-. A partir de esta muestra dio la impresión de que Salamanca empezó a tomar conciencia de la importancia de la obra de Venancio.

El Casino de Salamanca ha acertado organizando esta exposición del artista de Matilla, a tono con las fechas feriales en que se inauguró, y con un tema tan sugerente y tan rico, en la amplia iconografía del artista, como el de toros y caballos.

El casino ha remozado su sala de exposiciones y un espacio aledaño de la galería, lo que supone la creación de un espacio expositivo del máximo interés dado lo céntrico de su ubicación. Hasta ahí ha llegado una muestra muy representativa del quehacer de Venancio. Sus toros y caballos recogidos en los relieves de su tauromaquia, en los dibujos y en las obras de bulto redondo, van a estar al alcance de todos los visitantes que quieran gustar del arte consolidado de este salmantino universal, que siempre mira por el retrovisor a Salamanca y se siente profundamente unido y vinculado a su tierra

En la exposición en la que junto a piezas de los años 60, cuando empieza a ser reconocido a nivel nacional e internacional, vemos algunas obras de los años 2000, así como del periodo intermedio, y dibujos de diferentes épocas en los que es posible comprobar la firmeza de sus conocimientos técnicos y la exquisita sensibilidad con la que el artista trata al toro y al caballo. ‘Caballo de picador’, ‘Caballo ritmo’, ‘Gaonera’, ‘Torero en el estribo’, ‘La muerte del toro bravo’, son piezas de museo, aunque para Venancio tenga por encima de todas una especial valoración su ‘Molinete’, una escultura homenaje a Belmonte en la que aglutina con singular acierto el arte de la conjunción toro-torero, mientras interpreta con maestría el vuelo de la mariposa del toreo más exquisito. Estas obras ponen de manifiesto la capacidad y categoría de un artista que ha sabido aunar el academicismo y las corrientes vanguardistas, y sin abandonar la figuración es capaz de expresarse en una sutil abstracción.

Los relieves de la suerte varas son dibujos en bronce. Es sin duda alguna el momento de la tauromaquia que más veces ha repetido Venancio. Cientos o quizá miles de veces, el artista ha repetido el gesto en el que esas dos fuerzas de la naturaleza que son el toro y el caballo se unen bajo la mirada del picador, que al tiempo que establece un equilibrio, trata de ahormar el burel para la faena de muleta. Las varas de Venancio no son momentos fotográficos, son obras vivas de arte en las que se ha cuidado al máximo la composición y en las que se pretende inmortalizar el encuentro final en el que se funden el toro y el caballo. Y si sus relieves de la suerte de varas son un alarde de perfección, cuando la idea la traslada a la obra de bulto redondo nos presenta una pieza como la que luce en esta exposición, formando una conjunción perfecta del trío picador-caballo-toro, con la pica como un eje compositivo sobre el que gravita la calidad estética de esta escultura.

Venancio ha dibujado con fruición el abrazo-choque del toro y del caballo, lo ha pasado a la plancha del grabado, al relieve y a la obra exenta. Siempre ha sabido encontrar un acento, un aire diferente en cada obra, de forma que no hay repeticiones ya que se trata de un instante en el que las perspectivas y los gestos son diferentes e infinitos. El artista es capaz de captar el movimiento de cada encuentro sin congelarlo

El caballo, elemento indispensable e íntimamente unido a la vida del toro, desde la dehesa a la plaza, es uno de los temas más subyugantes para Venancio. Aparece en dibujos en el campo en solitario, en parejas, junto al toro, conduciendo los mansos, con el vaquero…Y desde la superficie plana del papel salta a la escultura en bronce para jugar a las mil y una formas que Venancio le da para recoger los pasos, los trotes, los escorzos… Son caballos clásicos, nacidos de la tradición escultórica griega y romana, a la que hay que añadir el cruce de los gestos de la doma y la brega diaria del trabajo en el campo.

Su toro colorao es otra de las piezas por las que Venancio siente devoción. Es un toro de verdad, con cabeza, con cara, con cuajo y con hechuras. Un toro que desde el bronce pide guerra. La guerra de la casta que lleva en sus genes. Los vacíos o huecos del bronce contribuyen a resaltar el poderío y la fortaleza de un ejemplar que por su calidad hubiera echado a sus vacas el ganadero más exigente o que hubiera elegido para triunfar en la feria cualquiera de las figuras del momento.

En el repertorio taurino de Venancio no podían faltar junto al caballo y el toro las alusiones personales al toreo sevillano, a Belmonte, a Andrés Vázquez o Antonio Bienvenida. De este último dos piezas, una de ellas un retrato de cuerpo entero. La cabeza de Belmonte es una de las obras más poderosas de la exposición, con un mentón que recuerda la proa de uno de esos barcos que desde el Guadalquivir apuntan a la Real Maestranza, como el monumento al torero en el Altozano de su barrio de Triana.

El primer artista que represento la tauromaquia de forma sistematizada fue el salmantino Antonio Carnicero, hijo del escultor Alejandro Carnicero. Entre 1787 y 1791 publico La Tauromaquia. La obra además de ser una crónica social y costumbrista de la época, fue copiada y reutilizada por numerosos artistas, en un momento en el que todavía no estaban regulados los derechos de autor y de la propiedad intelectual. La tauromaquia de Carnicero inspiro a numerosos artistas del momento y de periodos posteriores, entre ellos a Goya que entre 1915 y 1918 dibujo y grabo La Tauromaquia consistente en 33 aguafuertes a los que hay que añadir otras 11 estampas que se ordenaron con letras de la A a la G.

Cuenta Venancio que a final de los años 70 tuvo una extraña sensación. «Hubo un momento en el que me di cuenta que como consecuencia de haberme volcado en la escultura en bronce y la técnica de articular las obras en forma de piezas ensambladas de metal, había abandonado el modelado de los primeros retratos o el de la época del hormigón. Así que decidí volver a modelar y elegí como tema de inspiración la interpretación libre de los grabados de La Tauromaquia de Goya, en forma de relieves. La experiencia fue reconfortante, pues además culminamos la tarea mi hermano Juan y yo, realizando la fundición de forma artesanal».

El resultado del trabajo llevado a cabo en 1979, fue una serie de 22 relieves, en los que se recoge las acciones de una corrida de toros de la época, con las diferentes suertes de la lidia, muchas de ellas desaparecidas. Testimonio, movimiento y una nueva forma de interpretar ese mundo taurino, tan importante en la iconografía del artista de Matilla y que el escultor ha ejecutado como un dibujo en bronce en el que ha sido capaz de plasmar los mejores valores de su dilatada trayectoria.

Las piezas de La Tauromaquia de Venancio tienen un significado especial, son la culminación del proceso creativo, en relación con una temática, que, por un lado, el artista ha cultivado en la superficie plana del dibujo, por otro, en la visión exenta de bulto redondo y en contadas ocasiones, en esta intermedia del mediorrelieve. Y es que estos relieves tienen la frescura del dibujo y la consistencia de la obra en materia definitiva.

La experiencia de 1979 Venancio la retomo en 1996 con una serie de la ‘Suerte de Varas’ y posteriormente con otras obras sueltas como ‘El Alguacilillo’, plena de madurez, y en la que el artista se ha recreado y volcado todo su saber y conocimiento. En ella mantiene su lenguaje figurativo al que añadir aportaciones más contemporáneas como la simplificación y síntesis de las formas.