El Norte de Castilla

El toro, el caballo y la encina, los tres monarcas de la dehesa

Algunas de las piezas expuestas con el vaquero en el centro.
Algunas de las piezas expuestas con el vaquero en el centro. / C. S.
  • Venancio Blanco lleva al Casino de Salamanca una selección de su obra taurina en la muestra ‘Vaquero charro’

En sus dilatadas jornadas de trabajo en el taller, en sus horas de tarea en solitario, Venancio rememora y se recrea con sus evocaciones infantiles. Para el artista el mundo de los niños tiene especial importancia. Convencido de la necesidad de la educación y de la formación, recuerda con precisión todas sus primeras vivencias y las ha colocado en el frontispicio de su trayectoria artística.

Los primeros recuerdos se remontan al mundo rural que le rodeaba y a aquellas imágenes relacionadas con la casa familiar en el campo charro: el toro, el caballo, la encina… auténticos monarcas de la dehesa salmantina. Además estamos hablando de tres símbolos de profundo significado que se debaten a lomos de la mitología, la leyenda y la historia de la humanidad.

No es posible olvidar la condición del Toro Sagrado de los egipcios (Apis), la trascendencia del Toro de Creta o del minotauro. Incluso Zeus se disfrazó de Toro para raptar a Europa. Por su parte Pegaso era precisamente el caballo de Zeus, dios del cielo y de la tierra. Y para caballo legendario Bicéfalo la montura de Alejandro Magno el militar más grande de la historia. Hesiado y Pausanias señalan a la encina como la primera divinidad. En Roma se conocía como quercus a las encinas y a los robles, se consagraban a Júpiter y de ahí el carácter sagrado de los bosques. Incluso a través de la encina se hacían los vaticinios del oráculo de Dodona.

El toro

En Altamira ya aparece dibujado un pariente lejano del toro del campo charro. La imagen de un toro levantando la cabeza, cuando cualquier ruido interrumpe su silencioso pastar en el cercado, es un monumento a la bravura y a la belleza contenida en su naturaleza animal. Imponente, el toro crece como un señor feudal en el territorio de la dehesa, majestuoso, digno, impresionante. Tal como lo vio Venancio, lo grabo y se lo llevo en la retina para dibujarlo posteriormente una y mil veces. Para modelarlo en todas las versiones posibles: en el campo, con los mansos, con las vacas, en el ruedo o en el abrazo plástico de la suerte de varas. Toro de bronce o de trazos de carboncillo, preludio de un monumento.

El caballo

Desde los caballos de Fidias en el Partenón hasta nuestros días el noble bruto mediterráneo apenas ha evolucionado en su morfología. Los caballos de Venancio son herederos del de Marco Aurelio en el Campidoglio o los renacentistas del Verrocchio y Donatello. No se trata de caballos de picadero de alta escuela, ni cultivados en la equitación académica.

Se trata de los compañeros de trabajo del vaquero y del mayoral, con los que comparten diariamente la tarea de la brega con utreros, toros y cabestros. Son la herramienta de trabajo que tanto por sus virtudes y valores, como por su estética, forman parte de la estirpe monárquica de la dehesa. En corbeta o al paso son un posado que espera la mano del artista que inmortalice la escena.

La encina

Aunque no esté en la exposición hacemos referencia a este icono que completa la imagen del campo charro; la encina, ese árbol milagroso «no existe en el arte contemporáneo ninguna pieza que pueda igualar la belleza de una encina seca en el campo», asegura Venancio- que brinda sombra en el ferragosto, cobijo de las heladas en invierno y mantiene el fuego y el calor en la chimenea de la cocina.

Por si todo fuera poco la silueta de la encina es un milagro de sobriedad natural, a veces de composición geométrica y un cántico agradecido a la luz que buscan las ramas más altas de su copa. Comparte con toro y caballo los derechos dinásticos al inacabable reino de nuestras dehesas. Y con la naturaleza la magia de ser la caja de resonancia del arrullo grave y gutural de un macho torcaz.

Toro, caballo y encina, tres pilares temáticos imprescindibles y sin los que sería imposible considerar y entender, en su justa medida, la obra del gran escultor salmantino y universal como es Venancio Blanco.