«Antes te daban con la porra, ahora psicológicamente te van anulando»

El expresidiario, de espaldas, cuenta su experiencia al periodista en un momento de la entrevista.
El expresidiario, de espaldas, cuenta su experiencia al periodista en un momento de la entrevista. / Laya
  • Un expresidiario relata su experiencia durante tres décadas en distintas cárceles. Reclama el abuso de burocracia exigido a las personas que tras salir de cárcel pretenden poner en práctica su reinserción en la sociedad

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El artículo 2, del capítulo I del Reglamento Penitenciario dice que «la actividad penitenciaria tiene como fin primordial la reeducación y reinserción social de los sentenciados a penas y medidas de seguridad privativas de libertad, así como la retención y custodia de los detenidos, presos y penados y la asistencia social de los internos, liberados y de sus familiares».

Las prisiones albergan a parte de la ciudadanía y tienen el fundamento anteriormente expuesto, no obstante, tampoco están exentas de esos hábitos corrompidos que contaminan el ambiente social y que ensombrecen el panorama político actual. Que mejor forma de conocer las prisiones que adentrarnos en ellas a través de un expresidiario, una persona que ha vivido en ellas durante tres décadas. Estuvo en aquellas cárceles del franquismo, en las de la transición y ha estado hasta hace no mucho tiempo en las prisiones que hoy guardan bajo vigilancia a las personas de la sociedad tenidas por delincuentes, los criminales y otra serie de condenados. Aunque «la justicia es más para unos que para otros», manifiesta el testigo que trae a estas líneas algunas de las cosas vistas por sus ojos tantos años entre rejas.

Recuerda haber estado en prisiones sin colchones, con colchones de paja de maíz. También ha vivido todos los motines, aquellos que dice «eran promovidos por cambios sociales, no como los de ahora». Algunas de las mejoras conseguidas con el paso de los tiempos fue la de poder recibir visitas en cabinas privadas, antes era todo en común.

De momento este caballero entrevistado por quien escribe estas líneas en la plaza de la Libertad, curiosamente se enfrenta a ella, o mejor dicho, pasó de estar limitado por los robustos muros penitenciarios a tener que vivir bajo la limitación de las normas del sistema que rige en la actualidad. Recuerda que salió de la cárcel con 20 euros en el bolsillo, con los cuales tuvo que sobrevivir 50 días, hasta recibir el RAI, que es la Renta Activa de Inserción, para la cual tuvo que rellenar papeles y papeles. Para este empeño acudió a una entidad caritativa, de donde dice que se fue porque «no me dejaban terminar las frases». Considera que es difícil la reinserción social, porque se dificulta desde todos los ámbitos. Un ejemplo de ese temor a caer en la tentación de volver a delinquir, fue cuando se acercó al barrio de Pizarrales, donde le ofrecieron herramienta para reincidir.

El expresidiario que relata estos pequeños detalles de su vivencia también tiene palabras para uno de los albergues de otra organización humanitaria habilitados para acoger a personas, donde las instalaciones considera que son insuficientes para el cometido.

Pone un porcentaje a la reinserción cumplida desde el sistema establecido, y considera que en un 85 por ciento no se cumple, y «cuando se cumple es por sí mismo, no por los servicios sociales», argumenta en su opinión. En su caso dice, la primera vez, «salí con más rabia de la que entré».

La reincidencia es muy fácil, a él mismo le sucedió en una ocasión, por eso ahora, «me aparto de la gente porque no quiero ir ni con delincuentes ni con gente normal, porque todo el mundo está a ver si te engaña, hasta el que te contrata para pagarte menos». Como ejemplo pone a un amigo que trabaja desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde por 600 euros, en una de las empresas de economía social de la ciudad y termina «ya le dije yo, para mí eso es ser un abusón». Reclama la escasa ayuda que prestan las entidades caritativas y de ayuda social, pues en su opinión reciben grandes subvenciones que no llegan a los necesitados. Un ejemplo es la no disposición de pisos o ayuda para que quienes salen de prisión puedan vivir dignamente al menos los primeros días que salen en libertad, hasta que son capaces de ser autosuficientes en la nueva forma de vida.

En cuanto a las cárceles se refiere, recuerda que entre las españolas, las que mejor funcionan son las valencianas, las catalanas y las vascas, «las demás están todas al mismo nivel». Pues las primeras cuentan incluso con pisos para cumplir los terceros grados. No obstante, argumenta que desde que se pusieron en marcha los módulos no notas diferencia, pues ahora agrupan a los presos de cien en cien.

En cuanto a Topas se refiere, en donde estuvo hace tiempo, señala que no era de las mejores, «funcionaba fatal», recuerda.

En cuanto a la vida en las prisiones se refiere, anota que «hay cosas que no se pueden contar». No obstante reconoce que «el cambio ha sido abismal para mejor», pero se queja de que «para el trabajador, porque si tenemos equipos de tratamiento pero te tiras meses sin verlos (una vez cada seis meses)». En su opinión la metodología actual funciona «a base de ceder mucho los internos, antes te daban con la porra, ahora te van anulando».

«Adaptarse a esto es más difícil que adaptarse a la vida allí dentro». Recuerda su primera etapa en prisión que salió pensando en volver a cometer algún atraco, sin embargo en esta ocasión lo tiene bien claro, que no va hacer nada, aunque el entorno social no le facilite las cosas.

Al salir a la calle, tras tantos años sin ver la calle, recuerda que en la primera ocasión le llamaron la atención los vehículos, que cuando entró «eran muy lentos». Ahora, «la sociedad es lo que más he visto cambiada, una indiferencia hacia los demás, aunque luego den y donen, yo noto un gran cambio». En cuanto a lo que más le ha extrañado manifiesta que es el «ver a la gente con el chateo, constantemente mirando el teléfono móvil», señala, contrariado porque, según explica, «yo para hablar a la gente necesito mirar a la cara».