El Norte de Castilla

Salamanca ‘olvida’ el lugar en el que Franco fue proclamado Generalísimo

    Varias personas pasan por delante del Palacio Episcopal de Salamanca, primer cuartel general de Franco.
    Varias personas pasan por delante del Palacio Episcopal de Salamanca, primer cuartel general de Franco. / Manuel Laya
    • El Gobierno no se plantea trasladar al Centro de la Memoria el célebre barracón que acogió hace ochenta años aquel nombramiento y que aún permanece en el Museo del Aire de Madrid

    Fue hace 80 años, exactamente el 21 de septiembre de 1936 y es historia. No es esa historia que permite grandes acontecimientos conmemorativos, discursos y celebraciones. Pero es la historia que fue y aunque oscura no debe olvidarse. Salamanca tiene un lugar relevante en la trágica Guerra Civil española y, particularmente, en sus inicios. Es muy sabido que la ciudad fue cuartel general de los golpistas. El obispo Plá y Deniel (cuya memoria en el callejero parece tener los días contados) no dudó en ceder su palacio a Franco para que se sirviese de él como sede durante la Guerra Civil. Pero viene pasando más desapercibido justamente el hecho que antecede este simbólico traspaso que se produjo el 1 de octubre de 1936. Fue unos días antes, en un rincón de la provincia, a pocos kilómetros de la ciudad, donde se produjo el nombramiento como ‘Generalísimo’ a Francisco Franco. Un rincón hoy víctima del abandono, del olvido e incluso de la segregación patrimonial por parte del propio Estado. Una historia curiosa que merece una reflexión.

    El decreto número 138 de la Junta de Defensa Nacional firmado el 29 de septiembre de 1936 y publicado el 1 de octubre en la zona dominada por los militares sublevados nombraba a Francisco Franco jefe del Gobierno del Estado Español. En la práctica, este decreto suponía la extinción precisamente del organismo que la emitía y que había encabezado las tareas de preparación del golpe contra la República, y la aparición de un único hombre, omnipotente, al frente de ese ‘nuevo’ país. Franco a partir de ese momento lo era todo, jefe del Gobierno, del Estado, cabeza del ejército de tierra, mar y aire y como tal mando supremo de las operaciones militares contra el Gobierno legítimo que acabaría derrocando por la fuerza.

    Y si hay un punto de partida de lo que sería la dictadura personalista que duró hasta cuarenta años después, puede fijarse precisamente en una fecha y en un lugar de la provincia de Salamanca. Fue el 21 de septiembre de 1936 en Matilla de los Caños. Allí se había producido la reunión definitiva de los generales y coroneles golpistas que a fin de unificar el mando en busca de una mayor eficacia en la guerra y en ausencia del en inicio líder indiscutible del levantamiento, el general Sanjurjo (ya fallecido en accidente de aviación), eligieron a Franco como jefe supremo.

    Fue en un barracón perfectamente camuflado en medio de un campo de encinas que la aviación alemana enviada por Hitler en apoyo a los golpistas había convertido en pista de despegue, el conocido como aeródromo de San Fernando.

    Un lugar profundamente desconocido y completamente ignorado hoy, en el 80 aniversario de ese momento crucial para el trágico devenir de la historia de España. Olvidadas fueron también esas tierras del aeródromo cuando, tras constatar las dificultades técnicas que suponía para la aviación, los militares decidieron trasladar poco después su base hacia el recién creado Matacán (que se convertiría en el año 1937, de hecho, en la primera sede de la compañía Iberia).

    Hasta el final de la guerra, el aeródromo de San Fernando ya sería usado en muy contadas ocasiones y, después del triunfo franquista, finalmente revertido el uso de la finca a su propietario, Antonio Pérez Tabernero. Sólo en 1946 volverían a recordarse los hechos, cuando la Diputación de Salamanca decidía erigir un monolito y una capilla en homenaje a Franco.

    Así lo recoge en una profunda investigación, publicada en el Boletín del Museo de Aeronáutica y Astronáutica, la historiadora Pilar Alguacil Ratón, que señala que la Diputación decidió dedicar la capilla a Santiago Peregrino «por expreso deseo de Franco».

    Se encarga la capilla al arquitecto Eduardo Lozano Lardet, con una importante obra «racionalista» en ciudades como Madrid o Valladolid, además de la propia Salamanca donde trabajó en la construcción del Hospital de la Trinidad y como urbanista en el diseño del ensanche.

    La capilla se acabó en 1949 pero no fue inaugurada hasta siete años después, concretamente hasta que en septiembre de 1956 el propio Franco regresó al antiguo aeródromo de San Fernando para conmemorar sus 20 años como jefe de Estado. ¿Y qué había pasado con el famoso barracón? Pues según Pilar Alguacil aquella construcción desprotegida y efímera en la que se acordó el nombramiento del ‘Generalísimo’ fue directamente recreada para la visita de Franco ante las cámaras del No-Do, creando un nuevo falso histórico a los que tan aficionado era el régimen.

    «La caseta original desapareció en algún momento entre 1936 y 1946», señala la historiadora basándose en el análisis de las fotografías aéreas disponibles en los archivos del Ejército del Aire, concluyendo que la caseta que tan embargado por la emoción y los recuerdos visitó Franco en Matilla en 1956 «fue construida expresamente para la ceremonia».

    En todo caso, esta falsa caseta todavía existe y de hecho está bajo custodia del Ejército. Fue trasladada desde Salamanca a Madrid en el año 1981 para formar parte del Museo del Aire, actual Museo de Aeronáutica y Astronáutica.

    La presencia de esta caseta en un museo del Aire es en sí misma cuestionable al tratarse, como expone la investigación de Alguacil Ratón, de un falso histórico. No obstante, dado que el barracón está acompañado además de una inscripción conmemorativa («Aquí fue designado Generalísimo de los ejércitos y jefe del Estado el Excelentísimo Señor don Francisco Franco Bahamonde»), parece que el «monumento» pudiera estar afectado por lo establecido en el artículo 15 de la Ley de la Memoria Histórica del año 2007, que establece la retirada «de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura». A pesar de ello, el valor testimonial, tanto de los hechos históricos ocurridos en Salamanca como de la manipulación propagandística del régimen franquista, parecen señalar lo adecuado de su conservación, si bien en un lugar en el que se contextualice de manera adecuada, por ejemplo el Centro Documental de la Memoria, que aspira a convertirse precisamente en el gran punto de estudio sobre todo lo acaecido durante la Guerra Civil y la dictadura.

    Por el momento, el Ministerio no se ha planteado realizar el traslado de regreso del barracón para su conservación en el Centro de la Memoria, eso a pesar que al fin y al cabo se trata de la propia historia de Salamanca.