El Norte de Castilla

El renacido y simpático Ponce

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    Enrique Ponce cruza en volandas la Puerta Grande de La Glorieta ante las felicitaciones de los aficionados. / Manuel Laya

    • El diestro valenciano gana la Puerta Grande, con una oreja para Garrido y Castaño

    La historia taurina de Enrique Ponce es para estudiarla en las escuelas. Un caso de longevidad profesional, en la cresta de la ola casi siempre, realmente admirable. ¿Quién no conoce a Ponce?, pero si ya es como el Cola Cao. Yo no sé los años que llevará este hombre al pie del cañón, pero cuando yo empezaba en esto ya venía a la feria en p figura, porque Ponce fue figura de novillero y ya de ahí para adelante. Sin bajarse del trono, en su sitio, su caché, su toreo elegante, alado, facilito, acompasado, sin grandes compromisos ante el toro, sobrado siempre de estética: un dulce, vamos y ¿a quién le amarga un dulce? A Ponce nunca le cogen los toros, ni volteretas ni ná. Bueno, es un decir. Le habrán cogido pero, por regla general es un torero muy limpito de sobresaltos de esa índole. Y después de tener medio vetada a La Glorieta, ayer lo vinos como más fresco, relamido y afectado un montón eso sí, pero como con un motor nuevo. El hombre daba la vuelta al ruedo con un sosiego, con un boato y una atención en las personas de los tendidos por los que pasaba que parecía una estrella del firmamento cinematográfico en jornada de estreno. Tiraba besos por todas partes, saludos enigmáticos a las señoritas y meneaba el cuerpo al andar con una tersura que parecía que se había comido un rastrillo. Señorial, empático con el respetable como nunca lo habíamos visto… En fin, y en el ruedo pues el Ponce de siempre pero con una desconocida dosis de ganas de currar. Oye que no paraba de dar pases el tío. Ya de por sí es un pelín pesado porque es el rey de los avisos de tan largas que hace las faenas. Ayer se ganó sobradamente el sueldo.

    Fotos

    • Tercera corrida de toros de la Feria de Salamanca

    • Ambiente en La Glorieta

    Hubo fases en su primero, Potrico de nombre, de fantasías carteleras, esas cosas que tiene este hombre que te hace preguntarte ¿pero se puede torear mejor? Hombre luego metemos el bisturí y vemos como cita con hasta frecuencia fuera de cacho o al hilo del pitón y se lleva la embestida habitualmente por la variante, que entre toro y cuerpo cabe una pelea perros. Pero los templa, no molesta a los toros, van y vienen y él pone su pinturería y experimentado oficio. Todo bien batido, se sirve calentito y, oye, que sabe tan rico. Ponce en estado puro. Y en el cuarto, como que la gente se sorprendió de que le diera por trabajar a destajo. Incansable con el capote, brindó al público con relamida prosopopeya. Al natural y con la diestra logró momentos de auténtica inspiración ponciana. Y después de muchos años volvimos a subir a Ponce a los altares. Es como el ‘vintage’, parece antiguo pero queda monísimo.

    Emoción de Castaño

    Lo de Javier Castaño es un sentimiento que emociona. Su lucha contra el cáncer, solventada a Dios gracias, a favor del torero, ha calado en la colectividad de tal forma que es de lágrima ver el cariño con que tratan al torero ahora en Salamanca, su tierra. No así la empresa que ni siquiera le pone en su Feria y tiene que recoger la limosna de una sustitución. Javier no es torero artista, es un fajador, un torero de valor, un hombre sincero delante del toro que, un día sí y otro también, ha pechado con lo más duro del mercado. Ayer debían haber pintado mejor las cosas pero su lote fue muy deslucido, midiendo siempre, difícil de estar delante porque sus toros pidieron siempre una actitud de alerta en el torero. Tampoco parece verlo muy claro con la espada. Su primero pudo darle un disgusto cuando le hizo hilo y le golpeó el pecho.

    Javier se quedó sin aire y tuvo que pasar a la enfermería después de acabar con el toro de una estocada. El quinto le hizo sudar, el animal huía de todos y fue una labor trabajosa llevarlo al caballo, él mismo tomó el mando y sufrió la incertidumbre en el cite de un animal que medía siempre con peligro la embestida. Pero el de Topas se fue creciendo, consiguió que el toro metiera la cara en la muleta y se desplazara con limpieza en línea recta por ambos pitones y cosechó una oreja, premio a su entereza, disposición y valor. Siempre empujado anímicamente por el público.

    Y José Garrido. Yo, después de verlo este año en Guijuelo ya me he hecho ‘garridista’. Un torerazo este joven diestro que se nos ha aparecido por La Glorieta en sustitución de Talavante. El quite por chicuelinas (y mira que yo las veo ya cansinas) que le enhebró a Resistente, su primer toro, eso pasará a la historia en la memoria de quienes estábamos allí. Yo apunté: «tres chicuelinas de embrujo y media encantadora». Y el recibo por verónicas al sexto, inenarrable. Nunca había oído unos olés tan roncos, unánimes y sorprendentes en la plaza como en ese momento. Fue espectacular. Fueron un ramillete de verónicas iniciadas en el tercio y seguidas hasta la boca de riego, arqueando la cintura a compás de la circular embestida del toro, que era un tren. ¡Virgen Santa! Dentro de unos años diré a mis nietos: cuando José Garrido toreó así, yo lo vi, estuve allí. La conmoción en la plaza fue extraordinaria.. Su primero no sirvió para estructurar faena que mereciera cantar. Al sexto le encontró pronto el acople, aun siendo muy blando. Colocación, temple, suavidad, oficio, estética… ¡Este torero es un prodigio!

    Hay que hablar de Mariano de la Viña, de José Luis López, Antonio Chacón y Fernando Sánchez. Ellos pusieron en valor muy alto a los hombres de plata.

    Una corrida que estuvo suspendida por la mañana -no se sabe por qué argucias truculentas- resultó muy interesante a pesar del demonio que vino a visitarnos en forma de frío.

    Veremos hoy...