El Norte de Castilla

Hasta que sonó el despertador no pasó nada

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Final feliz. El torero madrileño dejó buen sabor de boca en la afición salmantina. Misión cumplida. / Laya

  • Tres toros insulsos y tres encastados llevaron en volandas a un López Simón siempre firme, entregado y valiente

Nada, nada, no. Algo pasó porque el hierático y blanquecino López Simón cortó una oreja a cada uno de sus dos primeros toros, pero fueron orejas de tomboleo, baratillas. Y buena culpa la tuvieron los sosos bureles que estoqueó, buena presencia pero tontainas o ovegiles a más no poder. Él es torero de buena fibra y excelente concepto pero tiene un punto filipino de timidez que llama un poco al bostezo. Con lo cual si no tiene enemigo al que plantar guerra, al que vencer, pues la cosa no fluye. Eso pasó en los dos primeros toros y el tercero, similar, el torillo acabó no valiendo paná. Arrimones del de Barajas, bien situado siempre en cercanía, con sitio; lo que se dice un torero envenado. Cuajó con buen cimbreo los toros de salida a la verónica y dejó bosquejos muy luminosos para los cartelistas taurinos dejando el percal muerto y taimado en los remates.

Fotos

  • Encerrona de López Simón con seis toros en La Glorieta

  • Público asistente a la primera corrida de la Feria Taurina

La solvencia muleteril de López Simón está fuera de dudas, pero faltaba por salir un toro que le comprometiera porque un chico listo se define de verdad cuando le crean problemas y ayer, para abrir feria, los tres que fueron por delante no tenían misterio bravo y si mucho viaje borreguil.

Pero el cuarto, de nombre 'Despertador', de García Jiménez, castaño oscuro, de cuerna 'espabilaera' y pidiendo trapo fue otro cantar. Un cantar al que Simón respondió, blancucho de cara él, con una gama de colores torera presidida por el asiento, la firmeza, el valor, la profundidad y un aire que evidenciaba sin ninguna duda que él era dueño y señor de aquella historia. Menos mal porque si no aún andamos por allí dormidos con toretes de muy buenas intenciones y más suaves que el jabón Heno de Pravia. Tanto es así que ya andaba yo apuntando en la libreta el titular: '¿Dónde está la emoción del toreo?'. Y luego el 'Molinero' de Garcigrande, que midió con una guasa preocupante a los banderilleros, que se jugaron el tipo, dicho sea de paso, para meterle las manos arriba. El burel hacía justo lo que me decía un veterano sastre: "primero medir dos veces y luego cortar". Justo lo que hacía el toro. Y en la muleta tres cuartos de lo mismo. Simón volvió a dar medida de torero sólido, inteligente y comprometido. Solvencia por encima de todo. Con el sexto tiró de oficio y la cosa quedó bastante irrelevante.

Total: la casta de los toros es lo que emociona, despierta y la razón última por la que esta fiesta pone los vellos de punta. Lo demás son milongas.