El arte del encaje de bolillos sorprende en la plaza de Anaya

    Niños y mayores contemplaron las obras de arte creadas por las encajeras.
    Niños y mayores contemplaron las obras de arte creadas por las encajeras. / Manuel Laya
    • El III Encuentro Nacional de Encajeras rinde homenaje a Tina Martín, la concejala de Ciudadanos fallecida la pasada primavera

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    El arte del encaje de bolillos se desplegó ayer en la plaza de Anaya, en el III Encuentro Nacional de Bolilleras, organizado dentro del programa Ciudad Abierta, las iniciativas privadas sumadas a las Ferias y Fiestas de Salamanca. Una reunión de un centenar de expertas en este minucioso arte que sirvió además para rendir homenaje a la concejala Tina Martín que falleció repentinamente la pasada primavera. Su familia y sus compañeros del Grupo Municipal Ciudadanos recibieron el cariño de la asociación salmantina de bolilleras a la que pertenecía y en la que se empleaba, como en todo lo demás, con toneladas de ahínco e ilusión.

    Cientos de personas, por otro lado, disfrutaron y curiosearon entre las mesas instaladas en Anaya, para observar con admiración como las bolilleras crean auténticas obras de arte. Algunas de las expertas, que llevan muchos años de práctica, explicaban las ventajas que tiene esta labor. «Es relajante, te concentras y no piensas en nada más, y también ayuda a mantener la agilidad de las manos».

    De los bolillos salen sombrillas, abanicos, chales, tocados para el pelo... Y también encajes que adornan altares de iglesias, como los que realiza en estos momentos Paquita Muñoz, de Navalmoral de la Sierra, un pueblo de Ávila. Con 73 años es la más veterana de todas las bolilleras, mundo en el que lleva desde 1991 y al que llegó, cuenta, por intersección de Santa Teresa de Jesús, al escuchar que los bolillos eran una de las aficiones de la Doctora de la Iglesia.

    Porque, hay que señalarlo, durante muchos siglos aprender a tejer y bordar era tan habitual como hoy en día aprender a leer y escribir. El encaje de bolillos ha servido como pieza de trueque en algunas épocas, y cada familia tenía sus propios diseños, que se bordaban de generación en generación en los ajuares de las mujeres. Una tradición que se perdió con la industrialización y que asociaciones como las que ayer se reunieron en la plaza de Anaya se encargan de mantener a flote.

    «En España está menos extendido y es una pena, porque de aquí se exportó a todo el mundo durante la época del imperio, pero hay lugares como Flandes, en Bélgida, en los que el bordado es una asignatura universitaria», apuntaba otra de las esforzadas bolilleras.

    Junto a las mesas en las que se mezclaban bastidores como alfileres y piezas ya terminadas, se instalaron también puestos de mercerías especializadas, en las que los aficionados pudieron encontrar todo lo necesario para desarrollar esta noble y elegante artesanía.