Domingo, 14 de enero de 2007
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CASTILLA Y LEÓN

CONCEPCIÓN GONZÁLEZ CUÉLLAR OBSERVADORA DE LA UE Y EX OBSERVADORA DE LA ONU
«Los habitantes del mundo somos los únicos capaces de cambiarlo»
La observadora de la UE vallisoletana apela a la ayuda de los países desarrollados para «un mañana mejor»
«Los habitantes del mundo somos los únicos capaces de cambiarlo»
La observadora de la UE Concepción González. / R. RUANO
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Un viaje cambió su vida. Concepción González nació en Valladolid, en enero de 1964, y creció en el seno de una familia de clase media en Vallelado, un pequeño municipio de Segovia. Es periodista. Fueron precisamente sus inquietudes profesionales las que la llevaron a trasladarse a Sudamérica como corresponsal de la Cadena Ser. El hecho de «estar en el momento justo en el lugar indicado» quiso que se convirtiera en Observadora de las Naciones Unidas (ONU) en Guatemala, una labor que desempeñó durante ocho años. De su experiencia guarda muy buenos recuerdos, un optimismo imperecedero y el mejor regalo, el amor de sus hijos guatemaltecos, Silvana y Omar.

-La palabra 'observador' aparece habitualmente en los medios de comunicación. ¿En qué consiste exactamente su trabajo?

-Consiste, como su propio nombre indica, en observar. Es un concepto complejo. Nuestra función es la de profundizar en una sociedad desestructurada, mediar en conflictos o verificar casos donde pueden estar produciéndose violaciones de los derechos humanos. Efectivamente es un trabajo complejo que se resume en una palabra, 'observador'.

-Usted es periodista, ha viajado por todo el mundo y llegó a Sudamérica como corresponsal. ¿Cómo llegó a ocupar ese puesto en la ONU?

-Fue un proceso simple. Efectivamente yo estaba allí, tenía información sobre la situación. Cuando se instaló la Misión de Paz de la ONU presenté una instancia y me incluyeron en el equipo. Fue el 1 de enero de 1995 cuando comenzó mi trabajo en este país.

-¿Cómo era Guatemala cuando puso por primera vez los pies allí?

-A mi llegada encontré un país política y socialmente roto, que lo podía tener todo pero estaba sumido en la miseria. La mayoría de la población es indígena pero vivían marginados, dominados por los 'ladinos', que es como ellos llaman a los blancos. Llevaban más de 36 años en guerra, aunque cuando llegué se estaban dando los primeros pasos para el proceso de paz, habían prosperado las negociaciones para la firma de un acuerdo sobre derechos humanos que llevó a instalar la Misión de Paz de la ONU. Todo esto para la población no era más que teoría, ellos no tenían esperanza. Vivían con miedo a la guerrilla y al ejército. Los observadores teníamos una función complicada: la de trasmitirles confianza, hablarles del fin de la guerra y de la existencia de derechos humanos. No fue fácil, pero sin duda fue muy satisfactorio participar en este proceso.

-¿Cómo reaccionaba la población ante vuestra visita a los poblados?

-Era difícil explicar a personas que solo conocían el sufrimiento que tenían unos derechos como seres humanos y que podían exigir su cumplimiento. Pero los indígenas guatemaltecos son gente acogedora y, poco a poco, fueron conscientes del cambio. No fue tarea fácil, había que empezar de cero, pero los observadores no éramos los únicos allí. Las oenegés habían avanzado mucho y fue importante la ayuda de los Teólogos de Liberación, que nos abrieron la puerta de las comunidades.

-¿Cómo era un día cualquiera para un observador de la ONU?

-Cada día era una aventura, no existía la rutina. Se me ocurre una jornada laboral que fue absolutamente intrépida por los muchos peligros que nos acecharon. Nosotros siempre íbamos a los poblados con un intérprete y un soldado. Pero aquel día decidimos salir solos el traductor de lenguas maya y yo para dar una charla en una aldea muy adentrada en la selva. Recuerdo que cuando nos dirigíamos al poblado, el intérprete, José Pop, me salvó la vida del ataque de una serpiente. Y a nuestro regreso recuerdo que el todoterreno se encalló en un barrizal, pasó un autobús atestado de gente, nos ayudaron a sacarlo y al retomar el rumbo escuchamos muy cerca unos disparos y, efectivamente, alguien nos estaba intentando alcanzar a tiros. Ahora lo recuerdo y me da la risa, parece increíble que todo eso ocurriera en un mismo día.

«Felices con nada»

-¿Han marcado su vida esos años en Guatemala?

-Por supuesto. Me di cuenta de que muchas veces quienes vivimos en países desarrollados no somos conscientes de lo mucho que tenemos. Allí nadie tenía nada más que el cariño de quienes le rodeaban y sin embargo eran felices. Ahora soy consciente de que lo material es insuficiente y de que depende de los hombres y mujeres que el mundo sea un lugar mejor.

-Usted fue la primera periodista en entrevistar a Rigoberta Menchú tras concedérsele el Nobel de la Paz. ¿Cómo es ella?

-Es una persona sencilla que ha sacado partido a todo el dolor que ha conocido para ayudar a los demás. La entrevisté en 1992 pero no fue difícil, porque ya nos conocíamos. Mi entrevista se publicó incluso en japonés, aunque no entiendo nada de lo que dice.

-Ahora trabaja como observadora electoral de la Unión Europea.

-En este caso nos encargamos de velar por el cumplimiento de los derechos legislativos y del correcto desarrollo de las elecciones en un sistema democrático. Estuve en Venezuela y me sorprendió lo bien que salió todo. A veces tenemos una idea preconcebida de lo que vamos a encontrar y la realidad nos sorprende favorablemente.

-¿Confía en un mañana mejor?

-Desde luego, aunque los cambios son lentos. Pero para ello es necesario que los políticos se empeñen y que los países desarrollados trabajan para sacar del hoyo al tercer mundo. El futuro depende de los seres humanos, los habitantes del mundo somos los que tenemos la posibilidad de cambiarlo.

 
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