Jueves, 21 de septiembre de 2006
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OPINIÓN

EDITORIAL
La soledad del PP
EL Partido Popular fue objeto ayer de un duro reproche en el Congreso de los Diputados a cargo de todos los demás grupos políticos por su empecinamiento en trasladar a la sede de la soberanía nacional y máxima institución democrática las conjeturas, insinuaciones y especulaciones sobre la autoría del atentado del 11-M y convertir informaciones erráticas de algún medio de comunicación en su principal argumento de oposición. El grupo del PP recogía así los frutos de su empeño en mezclar la investigación policial y judicial sobre la matanza de Atocha con el juego de poder-oposición, poniendo bajo sospecha a policías, jueces y Gobierno, e interfiriendo en su fundamental y decisiva misión que es el descubrimiento, juicio y castigo de los culpables.

El extravío de algunos líderes del PP, unido al oportunismo de ciertos medios de comunicación sin escrúpulos, han terminado urdiendo una descabalada y truculenta historia que, aunque desechada por la mayoría, está desorientando a personas de buena fe y sembrando una peligrosa semilla de discordia en el cuerpo social. Se entiende mal en todo caso que el líder del PP, Mariano Rajoy, que tiene acreditadas su moderación y su solvencia intelectual, se deje arrastrar por los artífices de esta estrategia, que está ofreciendo una negativa imagen de su partido, falto del necesario equilibrio y madurez para afrontar la tarea de controlar al Gobierno y conformar una alternativa solvente.

En nuestro Estado de Derecho, el esclarecimiento del 11-M es competencia de la Audiencia Nacional y corresponde a los jueces, cuya encomiable labor tampoco merece ser desacreditada. Los demás actores e instituciones, pues, han de asistir con respeto a la instrucción y a la vista pública que habrá de celebrarse en breve, de la que se desprenderá en última instancia, y agotada la vía de los recursos, la verdad judicial, que es la única que cabe políticamente en democracia. Por tanto, es deber del PP infundir en sus seguidores respeto por las instituciones y no al contrario. Además, las víctimas del 11-M, supervivientes heridos y familiares de los asesinados, merecen participar de este confianza en el funcionamiento institucional, lejos de una confusión que solo beneficia a los oportunistas sin escrúpulos.



Golpe en Tailandia

La tibia condena que ha merecido el golpe militar en Tailandia por parte de numerosos países, que se han limitado a desear un pronto restablecimiento de la vía democrática, revela la deriva política que había tomado el derrocado primer ministro, Thaksin Shinawatra. Sin oposición social visible, el jefe del Ejército, general Sondhi Boonyaratglin, ha tomado el poder para, según sus palabras, «garantizar la unidad nacional». Shinawatra, una de las mayores fortunas del país, era ya abiertamente acusado de corrupción por buena parte de la sociedad tailandesa a raíz de la venta de su gran imperio de telecomunicaciones. Tampoco ayudaban a la cohesión los enfrentamientos del primer ministro con la casa real, algo incomprensible en una nación que venera a su monarca, o el islamismo insurreccional cada día más evidente en las provincias meridionales. De hecho, la situación era ya tan insostenible que tras ganar las últimas elecciones, boicoteadas primero por la oposición y anuladas después al ser calificadas por el rey de inconstitucionales, las manifestaciones populares en su contra auguraban algo parecido a lo que ha terminado ocurriendo.

Pero la inestabilidad de Tailandia no implica que sean los militares quienes deben decidir la suerte del Gobierno; menos aún cuando estaba previsto convocar a los tailandeses a las urnas entre octubre y noviembre de este año. Ahora, el consejo militar que liderado el general Boonyaratglin afirma que preparará una Constitución provisional, una nueva Asamblea Nacional y un primer ministro interino para conducir al país hasta unas elecciones en otoño del 2007. Shinawatra era ya un político contra las cuerdas cuando los militares decidieron sacar los tanques a la calle. Pero si en democracia el fin no justifica los medios, mucho menos en ausencia de ella, porque entonces las posibilidades de que en el camino se pierda el horizonte de lo que se decía querer salvaguardar son demasiado tentadoras.



 
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