Carrera en uno de los ilustres hipódromos de la ciudad.
Carrera en uno de los ilustres hipódromos de la ciudad. / Sandrine Boyer Engel

Deauville, 'glamour' francés a galope

  • Un viaje nostálgico a la ciudad normanda elegida por personajes millonarios y bohemios, que ha hecho de los hipódromos su sello de identidad

La luz, el mar y los caballos son el gran reclamo de la Parisian Riviera, que es en lo que se convirtió Deauville en el año 1864. Desde entonces, y hasta poco después de la II Guerra Mundial, esta localidad costera normanda repleta de antojos fue una especie de Ítaca para los artistas y despreocupados aficionados a los espectáculos musicales y, por supuesto, a las carreras de unos elegantísimos equinos purasangre, que tenían lugar durante los meses de verano.

El Duque de Morny, fundador de este reino de la elegancia, lo hizo en torno al hipódromo de La Touques. La iglesia de San Agustín tuvo que esperar su turno y conformarse con un segundo lugar. Hasta la fecha nadie le ha tachado de hereje. A continuación vendrían los hoteles –el Normandy y el Royal–, el casino, la estación de tren –por aquel entonces se tardaba seis horas en llegar desde París–, el puerto, el aeródromo, las villas, un nuevo hipódromo y su seña de identidad, el paseo marítimo de la playa de Les Planches.

Los 643 metros de largo de este bulevar sin árboles, pero con cabinas –con los nombres de actores franceses y de Hollywood más emblemáticos y que se pasan por el Festival de Cine Americano que se celebra todos los años en septiembre desde 1975–, están cubiertos por una exótica y resistente madera malgache, procedente de la isla africana de Madagascar.

Es una especie de alfombra verde por la que han desfilado los personajes que hicieron las delicias de los fotógrafos –los hermanos Séeberger, Robert Capa y Henri Cartier Bresson, entre otros– que retrataron aquella intensa y endogámica vida social a orillas del canal de la Mancha.

La pasarela y las cabinas forman parte de un conjunto arquitectónico ‘art déco’ diseñado por el parisino Charles Adda: los baños pompeyanos y que cuentan con pórticos, galerías y unas piscinas, así como tiendas, una peluquería y un bar americano.

Tomar un café en la terraza del Bar du Soleil es una de las mejores maneras de disfrutar de este paisaje hecho a base de hormigón y mosaicos. Además de recrearse con las carismáticas cabinas que apuntan al mar e imaginarse a ilustres escritores, excéntricos artistas y exitosos hombres de negocios ponerse su traje de baño allá por los años 20.

A primera hora de la mañana, con las coloridas y fotogénicas sombrillas plegadas, es posible contemplar a los caballos entrenar y mimar sus fuertes y nerviosas patas en la playa. Por estos lares hasta los caballos disfrutan de una sesión de spa. Antaño, se aprovechaba la marea baja para hacer carreras sobre aquella arena húmeda que la modista Coco legaría a la posteridad como el color beige Chanel. Gabrielle adoptó la función de una esponja y absorbió todo lo que vio y le sedujo en Deauville, como las rayas de las ropas de los pescadores. No es raro que en 1913 abriera aquí su primera ‘boutique’ en un local ubicado entre el Casino y el Hotel Normandy.

Típicas sombrillas de las playas de la localidad.

Típicas sombrillas de las playas de la localidad. / Sandrine Boyer Engel

Deauville es una localidad ecléctica a base de combinar con gusto el estilo normando, el ‘art déco’ y el ‘nouveau’, con otros más clásicos como el italiano y el flamenco, lo que la convierte en un museo al aire libre. Unas villas que la élite parisina y de otros lugares de Europa encontraron dignas para sus días de asueto. De entre tanta mansión destaca la encantadora y exagerada villa Strassburger (1907). Su estilo normando rezuma en los entramados de madera, la combinación de los ladrillos en escaques y la madera pintada, principalmente. Sin embargo, antes de ser lo que hoy se puede ver y visitar, fue la granja familiar de Gustave Flaubert.

Esa transición sin escalas es la que caracteriza a Deauville. Un buen día en la originaria yerma y pantanosa tierra que lustró el Duque de Morny empezaron a aterrizar aviones privados de ricos ingleses, a llegar rápidos deportivos descapotables que hoy solo se recuerdan gracias a las fotos en blanco y negro. Las mismas que captaron los instantes en que Deauville vivía con exquisita frivolidad las fiestas de sus pudientes huéspedes y sus queridas carreras de caballos.