Tierra de estudiantes

Tierra de estudiantes
/ Manu Laya
  • A punto de comenzar las celebraciones por el 800 aniversario de su Universidad, Salamanca ofrece al visitante arte y un ambiente de eterna fiesta juvenil

El escritor Luciano G. Egido suele decir que los personajes más famosos de su ciudad, Salamanca, habían nacido lejos de ella. Se refiere, por orden cronológico, a Antonio de Nebrija (Lebrija, Sevilla, 1441; Alcalá de Henares, 1522); Francisco de Vitoria (Burgos, 1483; Salamanca, 1546); Fray Luis de León (Belmonte, Cuenca, 1527; Madrigal de las Altas Torres, 1591) y Miguel de Unamuno (Bilbao, 1864; Salamanca, 1936). Se trata de figuras esenciales para la cultura española y europea: Nebrija fue el autor de la primera gramática del castellano; Vitoria sentó las bases del Derecho Internacional; fray Luis, un gran humanista, dejó un excepcional legado poético; y Unamuno agitó conciencias, reflexionó sobre la esencia del ser humano y a nadie resultó indiferente. Todos ellos tienen otro vínculo en común, además de haber vivido en la misma ciudad: fueron profesores en su Universidad, que se prepara para conmemorar el 800 aniversario de su fundación. No hacen falta disculpas para visitar una ciudad tan hermosa y con tan extraordinario ambiente como Salamanca, pero la celebración de una de las primeras universidades europeas aumenta el atractivo.

Porque la Universidad -estrictamente, las universidades, puesto que también está la Pontificia- lo domina todo en esta ciudad. Las cifras lo dicen claramente: ambos centros académicos suman más de 42.000 personas entre estudiantes, profesores y administrativos, sin contar los numerosos docentes o alumnos que están unas semanas para cursos muy breves, seminarios o intercambios. La población de la ciudad no llega a los 150.000 habitantes, de manera que casi tres de cada diez personas que el visitante se cruza por la calle están ahora mismo en la Universidad en un papel u otro.

Con una proporción así no es extraño que la ciudad entera gire en torno al mundo estudiantil. El turismo es la otra gran actividad, gracias a un conjunto monumental de iglesias, palacios y casas de fachadas de piedra de Villamayor, que parecen doradas cuando las ilumina la luz del sol. Salamanca tiene muchas visitas, pero una de las más atractivas es recorrer los lugares relacionados con la Universidad. Y esa es la propuesta.

La fachada plateresca es el punto de partida ineludible de un ‘tour universitario’. Recién sometida a un proceso de limpieza para que luzca impecable durante las celebraciones del 800 aniversario, es junto a la plaza Mayor y la Casa de las Conchas el símbolo por excelencia de la ciudad. Y dentro de esa fachada, nada hay más conocido que la célebre rana que todos los turistas se detienen a buscar. Ya comentaba Unamuno que el problema no es hacerlo, sino quedarse sin contemplar la fachada por tratar de hallar el batracio. La entrada para la visita a la Universidad se hace en ese mismo punto, en el Patio de Escuelas, uno de los rincones más bellos Salamanca.

Desde el claustro de la Universidad se accede a la biblioteca –se puede ver desde una especie de cápsula de cristal porque las visitas alterarían las condiciones de humedad y dañarían los libros allí conservados– y las aulas de Fray Luis de León y Miguel de Unamuno. La galerías permite una magnífica perspectiva de la torre de la catedral nueva. En este edificio ya no hay actividad académica regular y está reservado solo para actos solemnes. Contiguo al mismo está la antigua casa rectoral, convertida ahora en el Museo Unamuno.

Caminando por la calle Libreros se llega en tres minutos a la Pontificia, cuya sede central se levanta en un costado del edificio barroco de la Clerecía, justo frente a la Casa de las Conchas. La iglesia es bella, pero palidece si se la compara con el claustro, de elevadas paredes y piedra rojiza, que comunica con aulas y dependencias administrativas de la Universidad de la Iglesia.

Hoy, buena parte de la actividad académica de ambas universidades está en edificios situados en la periferia de la ciudad. Para los visitantes carecen de interés. Lo tiene, y mucho, el palacio de Anaya, frente a la catedral. Se trata de un edificio neoclásico -un estilo arquitectónico que apenas tiene presencia en la ciudad- en el que aún se imparten las clases del grado de Filología.

Siguiendo la Rúa (Mayor), se llega a la plaza Mayor, desde siempre punto de reunión y tertulia de profesores, estudiantes y artistas. Unamuno asistía cada tarde –presidía, sería mejor decir– la del café Novelty, situado en la fachada principal, bajo el Ayuntamiento. Es el punto de encuentro de toda la ciudad y está muy animada a cualquier hora del día y hasta bien avanzada la noche.

En torno a la plaza, en la zona delimitada por la Casa de las Conchas, la calles Compañía, Correhuela y Gran Vía está la mayor concentración de bares y discotecas preferidos de los estudiantes. También los hay más allá de la fachada plateresca, hacia el río, como el bar La Latina, que ha visto pasar por su barra y sus mesas a varias generaciones de universitarios. Este bar está situado en la calle del mismo nombre, que homenajea a Beatriz Galindo, escritora y humanista que fue preceptora de los hijos de los Reyes Católicos y cuya fama de mujer de enorme sabiduría se extendió por todo el reino. Beatriz Galindo, a diferencia de los personajes citados por Luciano G. Egido, sí nació en la capital charra, recuerda El Correo.

La visita turística a las rutas estudiantiles debe terminar cruzando el puente romano para llegar al otro lado del Tormes. Hay que retroceder hasta los tiempos de Felipe II para explicarlo. Cuentan las crónicas que, siendo muy joven, llegó a Salamanca para contraer matrimonio con María Manuela de Portugal. El joven príncipe quedó perplejo ante el ambiente de una ciudad que respiraba saber y carnalidad. Tanto había de esto último que promulgó un edicto para que las prostitutas que en gran número vivían atendiendo la demanda de profesores, estudiantes y clérigos fuesen evacuadas al otro lado del Tormes durante la Cuaresma y la Semana Santa.

Y así se hizo durante mucho tiempo. Ocho días después del Domingo de Pascua, el llamado Lunes de Aguas –sigue siendo festivo en la ciudad– los estudiantes acudían con gran alborozo al rescate de las mujeres, con las que no habían tenido contacto en mes y medio. Antes de emprender juntos el camino de regreso, comían algunas viandas que los hombres llevaban consigo. Ahí está el origen delhornazo, una empanada rellena de huevo cocido, embutidos y lomo. Cruzar hasta el otro lado del Tormes tiene premio para el visitante: desde allí se consigue la mejor vista de la ciudad. Justo la que tenían durante siete semanas las mujeres expulsadas por aquel rey tan estricto en cuestiones de moralidad.