El Norte de Castilla

El valle de los mil miradores

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/ Agapito Ojosnegros Lázaro

  • En la comarca de Peñafiel, las aguas del Arroyo del Cuco dejan a su paso un espectacular paisaje sobre el que se asientan bodegas incluidas en la Denominación de Origen del Duero

Una de las catedrales de nuestra región es conocida –ironías de la vida- como 'la bella desconocida' -la de Palencia-, algo que sucede con otros tantos lugares de nuestro vasto territorio, tan rico en patrimonio cultural, natural y gastronómico; por citar algunos de los recursos que hacen de esta tierra un cuasi infinito y suculento menú de posibilidades por descubrir, y, que están ahí mismo, a la vuelta de cada esquina.

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  • El Valle del Cuco, un paisaje por descubrir

En uno de esos recodos se encuentra el valle del Cuco –comarca de Peñafiel-, esculpido entre páramos a golpe de paciente cincel por el arroyo que le da nombre y que en su descenso hila, como las cuentas de un rosario: a San Llorente, Corrales de Duero, Valdearcos de la Vega y Bocos de Duero, donde desagua. Pero el valle se estira un poquito más que el regato hasta alcanzar la señorial villa de Curiel de Duero. Es aquí donde, así de entrada, nos encontramos con dos castillos. Uno, desde el que contemplar el contorno a vista de halcón, renació de sus escombros con el siglo para convertirse en la Posada Real Castillo de Curiel. Está en lo alto de un cerro –horadado por bodegas tradicionales- a cuyos pies está la localidad. Es un establecimiento que combina el encanto de una fortaleza medieval con una oferta de ocio atractiva, y original, como es la gran maqueta ferroviaria -de 200 metros cuadrados- construida en la cuesta de acceso, por la que circulan al aire libre auténticas joyas de coleccionista.

No menos atrayente resulta el dormitorio de barricas de la bodega que pertenece al hotel, la cual, curiosamente, se llama Castillo de Peñafiel. Su vino reposa entre los muros de la iglesia de San Martín, renacida también de la ruina. Otra restauración hace que la otra iglesia de Curiel, la de Santa María, sea paso ineludible para admirar la bella armadura mudéjar de madera policromada que la cubre. Y qué decir de los sólidos muros del castillo palacio que aún se sustentan con señorío en la Plaza Mayor. Esta residencia noble fue levantada por la familia Estúñiga –Zúñiga- en el siglo XIV, contando entre sus propietarios con el famoso duque de Béjar –señor de Curiel-, quien aparece en la dedicatoria de Cervantes en la primera edición de El Quijote como benefactor del universal libro.

Además del castillo, en el entramado urbano de reminiscencias medievales, hay cuatro alojamientos rurales: Casa Marina, Las Tercias, Alameda I y II, y Casa del Medio.

Incluidas en la Denominación de Origen Ribera del Duero son varias las bodegas asentadas en el valle, que, además de buenos vinos, disponen de oferta enoturística. En Curiel destacan bodegas como Entrecastillos (Grupo Yllera) y Comenge, las cuales ofrecen dos miradores que son un auténtico espectáculo visual del valle del Duero. Lo mismo se puede decir de otra elaboradora pueblo arriba, Señorío de Bocos –en Bocos de Duero, una estratégica balconada situada a media ladera. Y entre ambas localidades, Legaris (grupo Codorniú) dispone, a ras de Duero, de otra excelente panorámica de viñas, pinos y del castillo de Peñafiel. De interior es el paisaje de Dominio del Cuco, que cría sus vinos en una bodega excavada hace 3 siglos en el cerro del castillo curielano. De esta filosofía tradicional para la crianza del vino bebe Entrecastillos, pues literalmente entierra sus dependencias dando lugar a una colina que se mimetiza con el entorno.

Además de buenas vistas, estas elaboradoras ofrecen catas guiadas, visitas a sus instalaciones y a su viñedo. Es más, Comenge pasea en coche de caballos a sus visitantes por sus viñas y por el pueblo. Dispone de salón de eventos y reuniones como Señorío de Bocos, o Legaris, donde además abren a los turistas su `Wine Bar´ y una terraza con evocadoras vistas en la que disfrutar sus vinos en vendimias y en primavera. En Legaris también realizan cursos de catas y se puede degustar el vino directamente de la barrica, como en Apalaz Vigneron, bodega de Valdearcos de la Vega. Aquí, incluso se puede ejercer de viticultor y apadrinar una cepa para seguir su proceso vegetativo. Apadrinamiento extensible a uno de sus toneles para estar al día de la evolución del vino en él durmiente. Así de despiertas están estas bodegas a la propulsión de un motor económico relevante en la zona como es el enoturismo, del que también participa otra de las productoras ribereñas de Curiel: 41Norte Boutique Winery & Vineyards. En esta localidad se asientan también: Arco de Curiel, y, Altogrande, de capital ruso.

Pero en el Cuco no es vino todo lo que reluce. Refulgen igualmente otros atractivos como…, cómo no, otra majestuosa balconada situada en Bocos: el conocido como Pico de Bocos o Gurugú. Se trata de un elevado corte que se produce en la finalización -o principio- de uno de los páramos donde se encaja el valle. Desde él se otea un amplio panorama del Duero que fluye bajo la vía férrea de la antigua línea Valladolid-Ariza, merced a un monumento de la ingeniería ferroviaria como es un puente de hierro de la escuela de Eiffel. Aquí, en el Gurugú, el propio naturalista Félix Rodríguez de la Fuente estudió a especies rapaces. Un antiguo molino batán y una amplia zona de recreo junto al río están a sus pies. Y entre el caserío, la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, una joyita del siglo XIII.

Cuco arriba la carretera cruza Valdearcos de la Vega, municipio donde desembocan dos de las tres rutas diseñadas para disfrute de caminantes, campistas y ciclistas. Estos caminos se identifican con hitos significativos de su trazado. Así que tenemos la ruta de las Pinzas, la del Valle y la de las Fuentes. Esta última conecta San Llorente con Corrales de Duero donde, precisamente, abundan los surtidores, destacando una fuente del siglo XVII, realizada en piedra y blasonada. Está junto a la iglesia, que surge románica y adopta estilos posteriores. Entre otros tesoros, en ella se custodian varias pinturas sobre tabla –siglo XVI- del Maestro de Osma.

En San Llorente se alcanza la cota máxima, abriéndose de par en par al páramo. Su iglesia es el edificio más representativo, robusto, de buena cantería; y su Ayuntamiento es un inmueble peculiar dotado de un pasaje por el que se accede a la Plaza Mayor. A escasa distancia del casco urbano, se hace imprescindible un paseo al despoblado de Jarrubia (Iglesia Rubia) pues allí comienza su andadura alguien que fluye sobre el valle del Cuco: el arroyo que le da nombre.