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Sábado, 29 de julio de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
CRÓNICA DEL MANICOMIO
Doscientos
ESTA crónica manicomial alcanza hoy su número doscientos. La cifra obliga al autor a reflexionar. No porque piense que ha batido un récord, o porque de repente, contraviniendo las normas elementales del estilo, se disponga a hablar de sí mismo. No se trata de hacer un ejercicio de sinceridad, gesto falso e indecente que conviene desterrar o al menos reprimir, sino de preguntarse qué demonios hace aquí y qué sentido puede tener el seguir acudiendo regularmente a esta cita semanal.

En casos como el mío esto no se hace por placer, así que descarto la posibilidad más dulce y epicúrea, pues ni soy escritor profesional ni tengo ninguna facilidad para escribir. Las frases me salen siempre torcidas y artificiales, necesitando ordenarlas con mucho tiempo por delante para que reflejen la idea, siempre algo tensa y forzada, respeten la gramática, hasta donde consiga domar mis localismos, y adquieran cierta naturalidad. Aunque tampoco me gustaría, ni creo que se ajuste con exactitud a lo cierto, que se me acuse de masoquismo y de haber sustituido los placeres sensuales por los gozos del dolor intelectual.

Si me atengo a los ingresos, tampoco me parece la motivación económica la principal. No sé lo que cobrarán por sus colaboraciones los escritores de mérito y firma reconocida, pues estas cosas la empresa no las divulga y se muestra especialmente discreta, incluso refunfuña con reticencia si le sacas el tema, pero este aficionado a la escritura, alienista del Pisuerga y simple perito en locuras -que no en lunas como el poeta-, recibe poco más de doscientos euros mensuales como premio por su sacrificio. Doscientos euros por apartarse de su tarea principal y dedicar unas horas a transcribir para los demás sus paseos embelesados por las riberas del desvarío.

Podría pensarse entonces en otro de los grandes motores que alientan la escritura, la de fijar las ideas para concederlas cierta perennidad, que en el mejor de los casos acompaña luego al autor bajo la figura prolongada de la fama. Sin embargo, la expresión periodística es la menos generosa con esta añorada intemporalidad. El artículo de prensa es efímero. Está destinado a su desaparición y a ser sustituido en veinticuatro horas por otro que pronto caerá también en el olvido. Por eso no hay mayor trampa para un autor vivo que recopilar sus artículos periodísticos. Máxime si lo programa él mismo. Es una falta tan grave como la de negarle a alguien la sepultura o la de traicionar la memoria del fallecido. Lo destinado a perecer en el acto mismo de su publicación no puede amortajarse vanamente, como si se tratara de un texto singular, entre las páginas inmortales de un libro.

En cualquier caso, quizá los verdaderos motivos provengan de las satisfacciones propias de un ejercicio intelectual confuso y provocador. Pues lo que se muestra en esta columna suele ser una idea, las más de las veces contradictoria si no descabellada, que se ha pasado por el corazón y la inteligencia de uno hasta que, bien manoseada, se ofrece ya con la suficiente consistencia como para que cada lector haga con ella lo que le venga en gana. Y durante los últimos años no he encontrado nada más entretenido, ni estímulo más avieso para permanecer alerta ante el mundo, que escuchar la indiferencia, el silencio o los comentarios erráticos de los demás ante esta crónica del sinsentido, donde es absurdo preguntarse siquiera si se ha entendido cuando ni el autor tiene una idea forjada y cabal sobre lo que ha escrito.

Total, y a lo que iba al principio, que doscientos no son nada y que mientras no me echen por inútil o imprudente a lo mejor sigo. Más que nada porque en secreto lo tengo prometido.



Vocento