HAY algo peor que el silencio de los intelectuales: su traición, el sometimiento voluntario o consentido que les transforma en voceros del poder y de los medios que difunden su propaganda, inevitablemente sesgada, a menudo infecta e inconfesable. Esa traición es particularmente perceptible en nuestro país, y sus consecuencias, aunque comunes a todo Occidente, son también aquí muy llamativas. De todos los países de la Unión Europea es difícil encontrar uno solo que en tan poco tiempo haya decaído y degenerado tanto como la España (o lo que va quedando de su deconstrucción) de los últimos cuatro años. Fiel a sí mismo, es decir, siempre a la vanguardia del esperpento, la chapuza, el 'como sea' y el reconocimiento y premio públicos a la insensatez, la impostura y la demagogia, nuestro país abandona aceleradamente un cuarto de siglo más que razonable y homologable con la trayectoria de los países más civilizados, para volver al camino de sus peores demonios, el que ha venido jalonando de pobreza, miseria moral y de sangre su historia contemporánea. Solo nuestra pertenencia al primer mundo, la seguridad, el bienestar y riqueza de su órbita, han impedido que nuestra grave crisis política actual haya degenerado hace tiempo en conflicto con consecuencias sociales. Los otros males parecen resucitar frescos y pujantes como zombis decididos e inexorables. El asunto es especialmente grave por dos factores fundamentales: la falta de reacción ciudadana, anestesiada, apática y degenerada por el consumismo y su corolario para la cultura en forma de productos-basura, y la ausencia de una opinión pública alimentada y galvanizada por unos medios de comunicación no ya independientes, sino libres al menos de las directrices y ucases del poder político, sea estatal o autonómico. No es ningún secreto en España que desde hace ya mucho tiempo, la prensa, la radio y las televisiones no solo no informan, sino que más bien desinforman y entontecen con una frivolidad y un mirar para otro lado que verdaderamente espantan.
Por eso resultan imprescindibles las pocas voces libres que además se atreven a expresarse en público. Por ejemplo, el filósofo Eduardo Subirats. Asqueado de su propio país, viene de vez en cuando por aquí para decir algunas verdades a quienes han hecho de la verdad, como de casi todo lo que merece la pena en la vida humana, algo esencialmente relativo, esa relatividad siniestra que caracteriza a los postmodernos y últimamente, por ridículo que parezca, a la llamada izquierda, que también se ha hecho postmoderna. Les ha dicho, digo, lo que es la modernidad, ese concepto que tan frecuente, ignorante y ligeramente usan todos nuestros paniaguados de la cultura y listos de diseño, amén de políticos y fauna periodística adyacente. Y de paso, además de otras perlas, les ha recordado que la exigencia fundamental del intelectual es la independencia, la voluntad de la inteligencia y la fuerza moral capaces de enfrentarse al poder y los poderosos, sabiendo lo que uno se juega en ese terreno, siempre tan lleno de peligros: «Si por Modernidad entendemos la cultura del Berlín del XVIII -ha dicho Subirats en la Universidad de Verano de Santander-, la Revolución Francesa, la independencia de América o el clasicismo de Goethe, lo que vivimos es decadencia, descomposición y angustia como punto y final de ese sueño civilizatorio".
En efecto, la modernidad es una idea que tiene por esencia a la razón. Son los ilustrados los que zanjan la polémica entre 'antiguos' y 'modernos' a favor de estos últimos. La modernidad es la ciencia y su tecnología, el liberalismo y la democracia que invocan y establecen la primacía del progreso frente al providencialismo y la religión, principios vertebradores de la sociedad tradicional en su ámbito propio: el mundo rural. El nuevo espacio y la sociedad de la modernidad son esencialmente urbanos y su organización social gira en torno a la producción racionalizada y calculadora del capitalismo, que se convierte en fuerza dominadora, en poder económico y social. Esa modernidad, con el germen de su propia destrucción, el nihilismo, muy pronto detectado por Nietzsche, tiene una referencia temporal indicativa: 1789-1989. Porque es verdad, y en esto tienen razón los postmodernos, que en las dos últimas décadas del siglo XX aparecen en Occidente los síntomas claros de lo que constituye una profunda transformación de la estructura y mentalidad de nuestra sociedad. Es lo que se ha llamado postmodernidad, postindustrialismo o sociedad de la información, un nuevo mundo que cuestiona de raíz los principios ilustrados y se rige por el intercambio mundial de las nuevas tecnologías de la comunicación, sustituyendo la idea de progreso por el consumismo. Ya no es el capital ni el trabajo, sino la información la que mueve los mercados mundiales y su economía, la que determina la misma vida de los seres humanos, con frecuencia desde centros muy alejados de su propia existencia. La razón y la legislación van siendo sustituidas por un término omnipresente: la gestión. Todo se gestiona. Esta nueva sociedad tecnológica, cibernética y consumista, adora la eficacia, el rendimiento, la competencia despiadada de índole exclusivamente práctica. No le interesa la razón liberadora, reflexiva, emancipadora del espíritu y el yo de la conciencia individual, y aun desprecia la vieja jerarquía de valores, la verdad, el pensamiento, la cultura como legado y memoria de la Historia. Todo es reducible a la venta como artículo de consumo. Los pensadores postmodernos han visto la liberación en la torre de Babel. En la dispersión de las lenguas, el pluralismo y la diversidad de las características grupales o de tribu. No ven la belleza y proporción en el mosaico entero, sino en cada una de sus teselas, en el particularismo y comunitarismo frente al común universal.
La nueva sociedad ha irrumpido ya con un contorno difuso y los síntomas de ruina y desintegración que acompañan a los cambios históricos profundos. No es extraño que se apodere de nosotros la incertidumbre, la inestabilidad, el malestar y la preocupación inevitables que genera toda decadencia. Nosotros, los ilustrados apocalípticos, hemos venido predicando en el desierto. Ahora parece, sin embargo, que nos toca representar el papel de Casandra.