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Viernes, 28 de julio de 2006
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AUDIENCIA
OPINIÓN
EDITORIAL
Siniestros domésticos
DEsde el año 2000, han sido nueve los accidentes en domicilios producidos por gas en los que han resultado muertas tres o más personas, pero solo uno del año pasado alcanzó la misma cifra de cinco víctimas mortales registrada ayer en Laredo, en Cantabria. En la trágica explosión ocurrida en la madrugada pasada en el edificio de viviendas, con independencia de que una investigación judicial determine si se debió a algún tipo de negligencia responsable o fue un fatal accidente fruto del azar, hay no obstante aspectos que debe ser aclarados por las autoridades pertinentes con la mayor rapidez posible.

Aunque las compañías suministradoras de gas y las empresas instaladoras cumplan, teóricamente, los requisitos de seguridad e informen a los usuarios sobre las normas básicas para el uso del propano o butano, no está garantizado que esas recomendaciones se transmitan adecuadamente al conjunto de los consumidores. O que el grado de conocimiento sea igual en los propietarios que en los inquilinos de pisos o apartamentos que, sobre todo en verano, son alquilados después de varios meses vacíos y que pueden no haber hecho las revisiones necesarias o, simplemente, no contar con unas sencillas medidas de seguridad -detectores de humo o gases- que evitarían sucesos como el vivido en la localidad cántabra.

Las estadísticas hablan del elevado número de accidentes domésticos, pero hechos como el de la madrugada del jueves pertenecen a otra dimensión a la que no deben ser ajenos los poderes públicos en la parte que les corresponda de previsión. Lo sucedido en Laredo, aunque las autoridades cántabras se hayan mostrado rápidamente satisfechas por la respuesta de los servicios de socorro, debe servir como toque de atención a tantos municipios, sobre todo del litoral, que durante la época estival ven quintuplicada sus poblaciones, mientras que sus servicios públicos no lo hacen en la misma proporción. La avalancha de veraneantes hacia estas poblaciones no es algo que pueda calificarse de inesperado y, por lo tanto, es obligación de todos -responsables públicos y privados- el haber inspeccionado y preparando adecuadamente a lo largo del año viviendas y locales para que cuando llegue la temporada estival todo esté en perfecto estado de uso.

Gesta o ¿fraude?

La inmediata pregunta que muchos se hacen ahora es si el ciclismo como deporte de alta competición ha quedado ya definitivamente tocado de muerte tras el positivo dado por Floyd Landis. Hay que analizar el asunto con serenidad, incluso pese a la sucesión de escándalos. En primer término, lo anunciado ayer por la Unión Ciclista Internacional respecto al vencedor del reciente Tour es otra sacudida a los cimientos de ese deporte en su práctica profesional, pero no necesariamente su hundimiento, por cuanto hay que esperar a los resultados del contraanálisis para elevar a definitivas las conclusiones. Lo incuestionable es que hay un mal que ya está hecho, como se desprende de los términos -«cólera y tristeza»- utilizados ayer por la dirección del Tour al conocer la noticia.

En caso de confirmarse los datos del primer análisis al triunfador en los Campos Elíseos, este no pasaría a la historia por su poderío sobre el sillín, sino por haber sido el primer ciclista de la historia desposeído del maillot amarillo por tramposo; lo que implicaría proclamar campeón de la prueba recientemente finalizada a nuestro compatriota Óscar Pereiro, sin que para este suponga una gran ilusión. A la vista de lo que viene ocurriendo en los últimos años, de la reiteración de fraudes que se van descubriendo, cabe pensar que al ciclismo lo engrandecen la eficacia y severidad de los controles antidopaje, pero a la vez sorprende que las exigencias de competitividad económica, no puramente deportiva, lleve a tantos profesionales y a sus preparadores a seguir utilizando métodos ilícitos. De Floyd Landis se supo, bien avanzada la carrera francesa, que estaba autorizado a consumir corticoides contra los dolores por una necrosis de cadera de la que tenía previsto operarse en breve. Pero lo que le han detectado es un nivel anormal de testosterona, que nada tiene que ver con aquel tratamiento. Y detrás de todas estas circunstancias, unas confesadas, otras inconfesables, se advierte lo que puede haber de falso en algunas gestas deportivas, en unas hazañas que deberían servir de referencia educativa para la juventud pero que a la postre terminan transmitiendo justo el mensaje contrario: el de que lo único que importa es 'triunfar', como sea.



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