«Este es un corredor de verdad». La confidencia de un ciclista es anónima y reveladora. Hablaba durante el pasado Tour de Landis. Una fuerza de la naturaleza. De Pensilvania, de la América oculta, antigua. Crecido sin aditivos, sin electricidad siquiera. En el seno de una comunidad anclada en el siglo XVII. En un lugar donde la bicicleta es pecado por ser un artilugio mecánico. El padre de Landis siempre se opuso a ese vicio. Ayer, su madre, asumió el castigo: «Si ha tomado eso para su dolor de cadera lo entiendo, pero si es por algo peor, entonces no merece la victoria». Tajante.
A Landis, su triunfo le ha durado dos días. El miércoles ya le cercaron los rumores. Renunció a un criterium en Holanda y, ayer, a otro en Dinamarca. Alegó cuestiones monetarias. Su nómina se había elevado. Ya era un ganador del Tour. Pero su ausencia no se debía al bolsillo, sino a un fax enviado por la UCI.
Había quedado en entredicho la gesta del Tour. La noche anterior a su despliegue físico en Morzine, Landis se recluyó en la habitación. Derruido tras su debacle en la cima alpina de de La Toussuire: acababa de perder diez minutos. Desfalleció. Nadie pudo rescatarle del silencio durante un par de horas. Hasta que le convencieron para bajar a cenar. Le acunaron con bromas. Sin referencias a la etapa. Landis, con su eterna gorra al revés, dio entonces un golpe en la mesa. «Mañana iré a por el Tour». Lo dijo rotundo. Con su fe. Y todos le creyeron. Agarró una cerveza y se sumó a la fiesta. Apenas doce horas después, ya estaba en fuga. Arrojándose un diluvio de botellines. Rompiendo pronósticos. Emocionando el Tour. Salvándolo de la 'operación Puerto'.
Un ciclista autodidacta, sin la polución del nuevo mundo. Un buen ejemplo que incluso obligó a su madre a pecar. Una tarde de 2004, Arlene Landis entró por primera vez en un supermercado. El establecimiento permaneció en silencio. Una menonita frente al escaparate de las televisiones. Quería pecar. Quería una pantalla. Para ver a Floyd, su hijo rebelde, el que andaba en eso del Tour. Ya se lo había advertido su marido: era un escaparate de venenos. De dopaje.