¿No hemos vivido acontecimientos históricos cuya celebración pueda atraer visitantes que no sean terribles derrotas? Villalar, arrimada por los pelos al patrimonio de los progresistas, más por torpeza de las derechas que por fidelidad a la historia, es un conocido ejemplo. Pero quizá resulte más curioso el caso de la Batalla de Moclín. Bien es cierto que, como ha manifestado recientemente el alcalde de Medina de Rioseco, el nombre de la población figura en una de las paredes del Arco del Triunfo de París; pero que el recuerdo de aquel triste acontecimiento sea celebrado en este lugar resulta paradójico. Tanto como si Polonia, salvando las distancias, celebrara la inauguración de Austwich. En la hoy famosa batalla, amén de una enorme pérdida de vidas de soldados españoles, que fueron aniquilados, la población civil de Medina de Rioseco resultó diezmada. Mujeres, niños, ancianos, incluso los residentes de los conventos, saciaron la sed de sangre de los soldados napoleónicos. Resulta evidente que la 'celebración' en el 2008 del 200 aniversario de los hechos puede ser motivo de alegría, pero solo para los descendientes de los que sobrevivieron a la masacre.